La Luna De Los Asesinos
- Автор: Уэстлейк Дональд Эдвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
– Lozini no estaba seguro -respondió Parker- si el tipo que estaba actuando a sus espaldas era Buenadella o usted. Fue a preguntárselo a Harold Calesian, y Calesian lo mató.
– ¿Ese policía?
– El cuerpo está en el apartamento de Calesian -dijo Parker-. Calesian y Buenadella van a decir que fui yo quien lo mató.
Dulare lo miró atentamente.
– ¿Qué propósitos tiene? -le preguntó-. ¿Qué es lo que quiere?
– Mi socio y yo -dijo Parker- fuimos a hacer un trato con Buenadella. Cuando salíamos, hirieron a Green. Me enviaron un mensaje comunicándome que todavía estaba vivo y que podía ir a buscarlo. Me enviaron un dedo para probar que no estaba muerto.
– ¿Buenadella? -Dulare sacudió la cabeza-. Dutch no haría una cosa así. Ni siquiera se le ocurriría.
– Pero sí a Calesian -respondió Parker-. Desde que las cosas se pusieron difíciles, Buenadella se asustó. Ahora es Calesian quien dirige.
– Calesian no puede dirigir nada -repuso Dulare.
– Pero, Ernie -dijo Faran-, eso parece de su estilo. Un dedo por día, eso sí se le ocurriría a Harold.
– Puede ser -contestó Dulare. Se volvió hacia Parker y le preguntó-: Y bien, ¿qué es lo que quiere?
– Setenta y tres mil dólares y a mi compañero. Ustedes tienen gente. Quiero que me faciliten hombres para ir a casa de Buenadella. Rescato a Green, exijo mi dinero y me voy.
Dulare negó con la cabeza:
– Imposible.
– ¿Por qué no? De todos modos, usted y Buenadella ya están en guerra.
– No, no estamos en guerra. Ahora mismo llamaré a Dutch y le diré que todo seguirá igual, él en su zona y yo en la mía. -Dulare sonrió, y añadió-: No intentará nada contra mí. Soy tan viejo como Al y tengo tanto poder como él.
Parker repuso:
– Usted no va a dejar a mi compañero allí, ni va a impedir que me devuelvan mis setenta y tres mil.
– No pienso mover ni un dedo -contestó Dulare-. Si Al está muerto, no habrá más problemas. Me importa un comino Wain y me alegro de que Farrell ya esté comprado de antemano. Todo lo que usted me trae son buenas noticias.
– Está cometiendo un error -comentó Parker.
Faran, con gesto preocupado, dijo:
– Ernie, quizás debiéramos…
– No haremos nada -respondió Dulare. Y volviéndose a Parker con expresión pétrea, agregó-: Sus problemas son sólo suyos. Y si sigue mi consejo, váyase de Tyler en el primer vuelo. No importa a dónde.
– Acaba de perder un hogar -dijo Parker, y se fue.
XXXIV
El estado de ánimo de Calesian era óptimo. No recordaba cuánto tiempo hacía que no se sentía tan vivo, tan seguro, tan ilusionado, tan al control de cuanto pasaba: ni con las mujeres, ni con el trabajo, ni con cualquier otra cosa. No le hubiera sorprendido que sus dedos o sus ojos empezaran a irradiar luz.
De pie en el recibidor de la casa de Dutch Buenadella, mirando bajar lentamente los escalones al doctor Beiny, Calesian sonreía como si contemplase su futuro, súbitamente engrandecido. Dutch estaba en el segundo piso, ayudando a su familia a hacer las maletas con la mayor celeridad posible; en la actitud típica de una vieja asustada, mandaba a todos los suyos fuera de la ciudad ante el temor de algo innombrable que caería sobre todos ellos. «Nos vamos a los colchones», le había dicho poco antes, y le había llevado un minuto a Calesian darse cuenta de lo que quería decir. Hasta que se acordó: era una frase de la película El Padrino, y significaba que iba a haber una guerra de bandas. Nunca en la historia de Tyler se había producido una guerra de bandas.
Y no la habría tampoco ahora. ¿Quién iba a combatir? Al Lozini estaba muerto. Frank Schroder era demasiado viejo y, además, estaba satisfecho con el control del tráfico de narcóticos. Ernie Dulare también estaba satisfecho con lo que tenía, y en todo caso era lo suficientemente listo como para no ir a una guerra por un problema que se podría solucionar fácilmente con negociaciones; Dutch no pensaba quitarle nada a Ernie, así que ¿por qué se iba a crear problemas Ernie? ¿Y quién más quedaba para ir a los famosos colchones? Nadie.
El doctor Beiny bajó y saludó secamente a Calesian.
– Volveré esta noche -dijo.
Un hombre alto de casi cincuenta años y aspecto melancólicos; el doctor Beiny había cometido todos y cada uno de los errores que podía cometer un respetable médico de la clase media. Había realizado abortos ilegales y una chica había muerto en su consulta. Había pasado unas vacaciones en Las Vegas y había perdido mucho más de lo que podía pagar. Se había liado con mujeres que lo habían desangrado totalmente. Aunque no era bebedor, había bebido demasiado la noche que tuvo el accidente de coche, ocasión en la que se le habría considerado culpable de negligencia como conductor y como médico si el caso hubiera llegado a los tribunales. Había recetado ilegalmente narcóticos, se había equivocado con enfermedades serias, e incluso había logrado que Hacienda lo multara por no haber declarado. La organización de Lozini lo mantenía como una especie de médico a domicilio y apenas había logrado no causar más problemas de los que la organización hubiera podido soportar. Aparentemente, aceptaba hacer absolutamente todo lo que le pidieran y nada en el mundo le importaba.
– ¿Duerme nuestro paciente? -preguntó Calesian, señalando hacia el segundo piso.
– Está vivo -respondió el doctor Beiny-. Pero no puedo asegurar que por mucho tiempo.
– Nadie va a vivir eternamente -repuso Calesian, sonriendo-. Y éste sólo tiene que vivir hasta que matemos a su socio.
– Cortarle los dedos no va a ser ninguna ayuda -dijo el doctor-. Por mucha delicadeza que ponga al hacerlo, siempre afecta al corazón.
– Apenas uno por día -contestó Calesian muy alegre-. Le daremos bastante tiempo de descanso entre uno y otro.
– ¿Y si se muere?
Calesian le dirigió una sonrisa sugestiva:
– Entonces tendremos que quitarle los dedos a algún otro, ¿no le parece?
La expresión seca y distante del médico se acentuó aún más:
– Volveré esta noche -dijo.
– Lo esperamos.
Calesian miró al doctor salir de la casa, luego miró hacia arriba, pensando otra vez en Dutch Buenadella. No estaba a la vista, así que cruzó la casa en dirección al despacho y se sentó tras el escritorio de Dutch. Hizo girar la silla para poder contemplar el jardín.
Con todos esos árboles y arbustos, no se podía ver muy lejos, pero Calesian sabía que no había posibilidad de que Parker se estuviese ocultando allí, como él mismo había hecho hoy. Las ventanas del segundo piso estaban ahora ocupadas por hombres armados que observaban todo lo que se acercaba a la casa. Cuando oscureciera se encenderían los reflectores. Parker podía venir en cualquier momento, pero su llegada no sería imprevista.
Era agradable sentarse allí frente a los ventanales abiertos, mirando el césped bajo la última luz de la tarde. Las cosas estaban organizadas, bajo control. Dos de los hombres de Dutch se ocupaban en ese momento del cuerpo de Al Lozini, Parker había sido frenado, su compañero Green sólo viviría mientras les fuera útil y Calesian estaba en el umbral de una vida que nunca había soñado. Dutch Buenadella, un hombre de negocios tan inteligente y tan frío y tan insensible como se suponía que era, se había derrumbado por completo nada más aparecer en juego las pistolas. Ahora dependía de Calesian, y seguiría dependiendo. Dutch Buenadella sería aparentemente el jefe de Tyler tras la muerte de Al Lozini, pero Harold Calesian sería el poder detrás del trono. El verdadero poder.
Hasta hoy, Calesian se había sentido contento con el poder que ya poseía, el poder implícito a su trabajo de policía y el poder que le venía como efecto lateral de su asociación con Adolf Lozini. Pero cuando se había abierto esta nueva puerta, esta posibilidad inesperada de saltar a un nivel de vida completamente diferente, no había dudado un segundo.