La Luna De Los Asesinos
- Автор: Уэстлейк Дональд Эдвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
– Todo lo que sabía es que querías verlos muertos. -Calesian se guardó la pistola procurando no llamar la atención del otro con su movimiento.
– Piensas que todos deberían estar muertos -dijo Buenadella disgustado-. Ese policía, O’Hara, ya fue bastante. Y ahora este tipo. ¿A quién más quieres matar?
Calesian se sintió terriblemente incómodo; en realidad, sintió que se ruborizaba.
– Escucha, Dutch… -contestó, pero no pudo seguir.
Buenadella lo miró incrédulo.
– ¡Dios mío! -exclamó-, entonces hay alguien más. ¿Quién?
– Al Lozini ha venido a verme -respondió Calesian-. A mi casa. Él…
– ¿Mataste a Al Lozini? ¿Sabes la cantidad de amigos que tiene Al en todo el país? ¿Te das cuenta…? -Buenadella se detuvo, abrió los brazos en cruz, miró al cielo-: Dame fuerzas.
– No tuve alternativa, Dutch. No quería hacerlo, te lo juro…
– ¿Que no querías? Nos has matado a todos, bastardo asesino. Karns, Culligan; hay docenas. Me permitían que hiciera retirar a Al, todo el mundo envejece, todos tienen que retirarse; hasta ahí todo va bien. ¿Pero matarlo? Conozco por lo menos tres tipos en lo más alto que son amigos de Al desde hace treinta años; mandarán un ejército cuando se enteren.
– No lo harán -dijo Calesian-. Nadie se toma tanta molestia por un muerto, no vale la pena.
– No van a querer negociar conmigo -respondió Buenadella-. Nunca más. Estoy terminado. Nadie querrá negociar conmigo. Incluso si les doy tu cabeza en una bandeja, si les digo que fue idea tuya y te castigo, no me creerán y no querrán negociar conmigo.
Todo eso era cierto y Calesian lo sabía. Se sintió desamparado, como si lo culparan injustamente por una serie de equívocos de los que en realidad no tuviera la culpa; miró a su alrededor, por el cuarto otra vez, y su mirada se posó de nuevo sobre el tipo yacente en el césped.
– Ellos -dijo-; podremos culparlos a ellos.
– ¿Qué?
– Esos dos tipos. Tu trato con ellos ya está arruinado de todos modos. Así que diremos que ellos mataron a Lozini al intentar recuperar su dinero.
– ¿Por qué iban a matar ellos a Lozini?
– Para negociar contigo. No estaban logrando nada con Lozini y sabían que tú eras, el sustituto, de modo que lo mataron y vinieron a verte para amenazarte con lo mismo y negociar con el siguiente. -Inclinándose, hablando con suavidad, Calesian dijo-: Funcionará, Dutch. Parecerá la verdad.
– ¡Dios -exclamó Buenadella, mirando a su alrededor y pensando en lo que acababa de oír-, qué maldito lío!
– Funcionará, Dutch.
– Pero se supone que Parker conoce a Walter Karns -repuso Buenadella-. ¿Qué pasa si es su palabra contra la nuestra?
– Tenemos que matarlo -afirmó Calesian. Viendo la expresión que se formaba en el rostro de Buenadella, agregó de inmediato-: No es que me haga feliz matar, Dutch, de verdad. Pero con ellos dos muertos se acaba el problema.
Buenadella echó una mirada al tipo sobre el césped.
– ¿Está muerto?
– Por supuesto.
– Échale una mirada.
Calesian se encogió de hombros, se acercó al cuerpo y le dio la vuelta. Manaba sangre del pecho, del lado izquierdo, en la parte superior. Demasiada sangre y demasiado arriba en el pecho. Con cara de disgusto, Calesian tocó al tipo en un lado del cuello y, ¡maldita sea!, había pulso. El pulso seguía haciendo fluir sangre por la herida.
Había sido culpa del segundo, que lo había distraído. La bala se había desviado cinco centímetros del lugar preciso.
Buenadella estaba al lado de Calesian, mirando con enfado.
– ¿Está muerto de verdad?
Sin mirarlo, con repugnancia, Calesian contestó:
– No.
El miedo en Buenadella volvió a transformarse en ira.
– ¡Maldito seas! Ni siquiera eso puedes hacer bien. Lo único que sabes hacer es matar y ni siquiera sabes hacerlo bien.
Calesian, después de todos estos insultos, sentía crecer dentro de sí una cólera sorda, pero no quería dejarse llevar. Podía defenderse, podía responder con gritos e incluso podía darle un puñetazo a Buenadella en la cara. Pero todo lo que hizo fue quedar con una rodilla en tierra junto al hombre agonizante y observar la sangre, mientras las frases de Buenadella proseguían.
XXIX
Parker se encontraba especialmente inquieto. Una especie de furia y frustración le estremecían. Ya habían transcurrido veinte largos minutos desde su llegada a la casa de Lozini cuando ordenó al mayordomo que llamara a Shevelly, a Faran, al gordo abogado Walters y al elegante contable Simms para preguntarles si sabían dónde había ido Lozini, pero ninguno de ellos supo darle una respuesta afirmativa. Sus paseos por la sala, consciente de la preocupación de la familia Lozini, que se encontraba en el piso superior, le producían un gran desasosiego. Decidió que no podía esperar más; él mismo cogió la guía de teléfonos y buscó el número de Harold Calesian.
Figuraba también una dirección, un lugar llamado Elm Way. Parker arrojó la guía sobre una silla y le dijo al mayordomo:
– Cuando vuelva el señor, dígale que permanezca aquí. Me pondré en contacto con él.
– Sí, señor.-El mayordomo tenía la cara pálida y los pómulos muy acentuados, como alguien que estuviera aterrorizado, aunque sin saber por qué. Se dio prisa para abrirle la puerta de la calle a Parker, luego pareció no querer cerrarla hasta que Parker se hubiera alejado, como si éste pudiera tomar esa actitud como un insulto.
Parker se dirigió en su coche hacia la estación de servicio más cercana y obtuvo información sobre Elm Way. Para llegar a la dirección que había logrado obtener era preciso cruzar por el centro de la ciudad, de ahí que el empleado le recomendase que era mejor coger la carretera Belt y entrar en la ciudad por el lado opuesto.
El aspecto de Elm Way parecía algo suburbano, con sus casas campestres emplazadas en verdes jardines y comunicados por pequeñas calles serpenteantes. Pero cuando llegó allí, Parker se encontró con algo diametralmente distinto: las calles eran rectas y flanqueadas por altos edificios de apartamentos, propios de la clase media alta, y con menos de diez años de antigüedad.
El edificio de Calesian era el más grande; ocupaba una manzana entera del lado derecho de la calle. Las plantas, en la entrada del edificio, parecían demasiado verdes, como si fueran artificiales, como si fueran a seguir allí durante el invierno, desafiando a la nieve.
En el sótano había un garaje para los vecinos del edificio. Parker bajó por la rampa iluminada con luz fluorescente y encontró vacíos casi todos los sitios; era domingo, y el domingo los coches salen. Estacionó el Impala en un lugar próximo a la salida y cogió el ascensor hasta el primer piso, donde los buzones le indicaron que el apartamento de Calesian era el 9-C, en el último piso. Fue hasta allí, llamó dos veces al timbre y, finalmente, abrió la puerta con una tarjeta de crédito.
El apartamento estaba frío, el aire helado y seco. Parker se movió en silencio por el recibidor, miró la sala y el paisaje de Tyler más allá de las puertas cerradas de la terraza. Vio un bulto envuelto en plástico sobre el suelo cerca de las puertas y fue a inspeccionar el resto del apartamento.
Estaba vacío. Ninguno de los cajones o armarios contenía nada que él quisiera conocer o examinar, Calesian no era el tipo de individuo que deja por ahí pruebas culpabilizadoras.
Por último volvió hacia la sala. Pensó que ya sabía lo que era el bulto envuelto en plástico sobre el suelo. Se arrodilló y estiró una punta del plástico brillante.
Sí. Lozini.
XXX
Mientras conducía por la ciudad, Ted Shevelly se sentía muy nervioso. En primer lugar no le agradaba ir a la casa de Dutch Buenadella, y mucho menos si era Harold Calesian quien le había ordenado ir. Y para empeorar las cosas, no pudo encontrar a Al Lozini para comentarle la situación y descubrir de qué se trataba.