Medicina para asesinos
- Автор: Lenormand Frederic
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Medicina para asesinos». Краткое содержание книги:
– ¡Paren de una vez! -rugió-. ¡Se cansan para nada! ¡Ya no hay nadie!
– ¿Pero es ésta la casa de Wu Liang? -preguntó Di.
– Era. Todos han muerto. La casa ya ha sido vendida.
Di presentó su condición de mandarín y le ordenó que bajara a explicarles todo eso de cerca. Cuando el hombre vio a las claras el atuendo oficial de funcionario y su palanquín ministerial, su altanería se esfumó. Di lo detuvo cuando se disponía a prosternarse en el polvo.
– ¿Así que han vendido la casa? ¿Sabes quién la ha comprado?
– Yo mismo, noble señor -respondió el vecino-. Se la he comprado a su heredera. Así podré ampliar la mía.
– ¿Han abierto alguna investigación sobre ese fallecimiento?
El nuevo propietario no pudo reprimir un gesto que significaba: «¿Y a quién le preocupa?».
– No había por qué, noble señor. Es una fiebre maligna la que acabó con la familia: padre, madre y dos hijos. Haré que lo exorcicen todo antes de instalarme.
Acompañó sus palabras con un gesto supuestamente capaz de ahuyentar a los demonios que propagaban enfermedades. Di preguntó quién era el médico que había tratado a los Wu.
– Bueno, en los últimos tiempos era el sanador del barrio. Antes, recibían sesiones de acupuntura, pero creo que no dio buen resultado…
Explicó que tuvieron un primer ataque de la enfermedad durante el viaje, el mes anterior. Seguramente fue entonces cuando contrajo esa cochinada. Consiguieron recuperarse pero, por desgracia, una recaída se los llevó al poco de regresar. Una de las parientes lejanas había acudido, pero ya demasiado tarde. Esta misma mujer lo había vendido todo antes de regresar al campo.
– ¿El acupuntor los trató antes o después del viaje?
– Antes y después, noble señor. Estaban muy contentos de poder pagarse sus servicios. Parece que es todo un experto. Si él fue incapaz de ahuyentar a los diablos de las fiebres, ¡es que su destino era sucumbir a ellas! El más sabio de los hombres no puede nada contra los designios del cielo, ¿no es cierto?
Di no respondió. No entendía mucho de decretos divinos. En cambio, había tenido ocasión de constatar muchas veces que en la tierra había asesinos tan resueltos como un dios.
14
El mandarín Di admira una espléndida colección de jades. Y Tsiao Tai ve cómo desaparecen.
Di consideró urgente interesarse por la única persona de su lista a la que había llegado a conocer. Subió al palanquín y ordenó a sus porteadores que los llevaran a Choi Ki-Moon y a él, a casa de la viuda Mo, con la mayor celeridad.
El lugar no se correspondía con la vivienda que uno esperaba para una modista. No era la humilde tiendecita de sombreros que había imaginado. Le dejaron delante de la casa más grande del barrio de los sastres. Una oriflama de la altura de un hombre proclamaba el orgullo de contar a la familia imperial entre su clientela. Di entró en el taller, que daba a la calle.
Era una especie de joyero lleno de complicados y lujosos objetos: plumas de pájaro de toda clase, lacas negras o rojas incrustadas en oro, perlas de las islas… La Dama Mo no era la costurera de la esquina, sino que suministraba adornos para el cabello a las damas elegantes de la capital y utilizaba materiales a menudo preciosos para sus creaciones, un auténtico alarde de originalidad.
Una vendedora muy acicalada salió a recibirlos. Di reconoció a la criada con la que Sun Simiao habló el día anterior.
– Seguro que te acuerdas de mí -dijo-: Yo me encontraba en la farmacia Wang cuando tu señora sufrió un desmayo. Vengo a interesarme por su estado.
Los ojos de la criada se llenaron de lágrimas, lo cual no auguraba nada bueno. Ahogó un sollozo y respondió que su señora había fallecido esa noche, pese al tratamiento prescrito por «ese viejecito encantador».
– Me acompaña otro gran médico -anunció Di señalando a Choi Ki-Moon, que se irguió con orgullo-. Haremos que eche un vistazo al cuerpo de tu señora. Acompáñanos.
El cadáver estaba ya instalado en su ataúd, que la Dama Mo se había ocupado de adquirir hallándose en vida, una precaución muy extendida entre todas las capas sociales. La mujer aparentaba rondar los cincuenta y cinco años.
– Averigüe si ha sido envenenada -susurró al oído del coreano, mientras la criada los contemplaba sollozando tras su abanico.
– ¡Qué curioso! -dijo Choi Ki-Moon, al cabo de un momento-. Podía esperar que una dama de esta edad sucumbiera a cierto tipo de enfermedades, pero desde luego no a ésta.
– Que afecta normalmente a los criadores de camellos en las llanuras del norte, supongo -añadió Di.
Choi le miró con ojos como platos.
– Ignoraba que Su Excelencia fuese un médico tan perspicaz. Había oído hablar de esta dolencia, pero nunca había tropezado con ella personalmente.
– Pocos serán los que tengan un camello en su casa en Chang'an, lo sé -dijo Di.
Se volvió a la criada para preguntar quién se ocupaba de su salud.
– Un hombre muy sabio llamado Hua Yan. Enviamos en su busca, ayer, al regresar a casa. Como no llegaba a nada, tuvo la honradez de recomendarnos a un amigo suyo, pero ninguno de los dos pudo salvar a mi desdichada señora, que era tan buena.
Volvió a esconder la nariz entre sus mangas. Di estaba perplejo. ¿Por qué el sanador titular de la Dama Mo había necesitado enviarla a un colega?
– Porque el señor Hua no es acupuntor, noble señor -explicó la criada.
Demasiada acupuntura había ya a estas alturas. Di le rogó que explicara qué relación había entre ese sabio y su señora.
La Dama Mo había simpatizado no hacía mucho con la hermana del señor Hua, un día en que ésta vino a encargar un sombrero. Al saber que la Dama Mo sufría de cólicos con cierta frecuencia, su clienta alabó el arte de su hermano, cuya fama había llegado ya a oídos de la modista. Hua Yan vino para tratarla en varias ocasiones y ella se sintió pronto muy restablecida.
Di la detuvo con un gesto.
– ¿Vino ayer, antes de que tu patrona sufriese el desmayo?
– Sí, noble señor. La pinchó, y luego tomaron el té. A continuación salimos a hacer nuestras compras. Mi señora no se quejó de nada hasta que se desmayó cerca de la farmacia Wang. ¡Y ya no recobró la conciencia!
Este recuerdo provocó una nueva crisis de lágrimas, que también cubrió el abanico. Di guardó silencio para darle tiempo a calmarse.
– ¿Guardaba tu señora grandes sumas en casa?
Sin decir una palabra, la criada fue a abrir un cofre de cuero lleno de bolsitas de seda. Ahí dentro había una espléndida colección de jades envueltos por separado. La luz del día atravesaba la piedra rosa, blanca o verde de las estatuillas, que representaban a animales míticos. Imposible decir cuál era más fina, rara y preciosa que las demás.
– ¿Solía enseñárselas a sus visitas? -preguntó Di.
– Estaba muy orgullosa de su colección. ¿No le parecen maravillosos? -dijo colocando una soberbia piedra roja delante de la ventana-. ¡Qué lástima tener que separarse de ellas!
– ¿Tu señora las había vendido?
– Oh, no, noble señor. ¡Ella jamás se separaría de sus estatuillas! Anoche, mientras estaba inconsciente, un empleado de albergue vino a avisarla de que su prima estaba en Chang'an. La dama quería venir a visitarla hoy. Cuando le anunciemos el desastre, seguramente querrá ocuparse de la herencia. ¡Qué impresión va a sufrir!
Al volver a entrar en la tienda para marcharse, encontraron a una joven tan emocionada que se había visto obligada a tomar asiento en un taburete. La costurera que había salido a recibirla acababa de anunciarle la catástrofe. Di presentó sus condolencias.
– Seguramente querrá llevarse cuanto antes los jades preciosos -supuso.