Tiempo de fuego [Fire Time - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-348-9
- Переводчик: Salvador Grino
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «Tiempo de fuego [Fire Time - es]». Краткое содержание книги:
La parte norte del planeta siempre era la más afectada. Sus habitantes, los bárbaros tassui, habían decidido no volver a ser las víctimas del Tiempo de Fuego y en consecuencia se lanzaron a la conquista de mejores territorios, amenazando acabar con la civilización.
Los miembros de la Asociación y sus legiones pidieron ayuda a los habitantes terrestres de la ciudad de Primavera. Pero la Federación Terrestre tenía su propia guerra en otro lugar y les prohibió que actuarán.
Dejerine, que se consideraba cristiano, se refrenó, y sólo dijo:
—¿Han habido conversiones entre los humanos?
—No. Ni las habrá. Estoy seguro. Aunque sólo sea porque nosotros no podemos soñar correctamente, perderíamos la mitad de la significación. Seríamos como un católico incapaz de atender a la Misa, o tomar la comunión. No, peor.
—¿Sueños? ¿Como los de los hombres primitivos?
—No exactamente. ¿No lo sabe? Bueno, es una idea tan sutil y difícil para los terrestres, que supongo que no está incluida en la reseña media de este planeta. Los ishtarianos duermen como nosotros, y aparentemente por la misma razón: el cerebro necesita reposar un tiempo, para asimilar datos. Pero el cerebro de un ishtariano no duerme tan profundamente como el nuestro. Tiene más consciencia. Hasta un cierto punto, puede dirigir el sueño.
—He tenido esa experiencia al comenzar a dormirme.
—La mayoría de humanos la han tenido. Pero, para nosotros, esto es rudimentario e inusual. En cambio, para el ishtariano es normal. Puede escoger lo que va a soñar. Llega a convertirse en una gran parte de su vida emocional… quizás sea la razón por la cual, a pesar de que consumen algunas drogas, los ishtarianos no se convierten nunca en adictos. Naturalmente, algunos tienen más talento que otros. Realmente hay soñadores profesionales.
Usan esa mezcla de consciencia y azar para experimentar visiones maravillosas, y un arte completo para comunicar el efecto después a una audiencia. Palabras, tono, gestos, expresión, música, danza, un conjunto enorme de antiguas convenciones, todo relacionado. —Sparling suspiró—. Nunca seremos capaces de alcanzar eso, ni usted ni yo. Así que la Tríada, no puede ser para mí más que un concepto filosófico.
Dejerine aspiró el humo.
—Sí —dijo lentamente—. Veo como los ishtarianos pueden tener… un impacto más fuerte. Pero no creo que sean necesariamente superiores, excepto en unos cuantos aspectos.
—Ni yo tampoco, ni ninguna persona consciente —respondió Sparling—. Por ejemplo, ellos parecen tener menos sentido para la geometría tridimensional que nosotros. ¿Quizás por no haber tenido antepasados arbóreos? Muchos de ellos se horrorizan ante la idea de volar, aunque saben que nuestros vehículos son seguros. Etc. No, está equivocado respecto al complejo de inferioridad. Sencillamente los consideramos como amigos, de los cuales podríamos aprender mucho, si los políticos de la Tierra nos apoyasen.
—¿Me creerá si le digo que yo también he sido amigo de no humanos?
Sparling asintió.
Dejerine pensó: Tiene mejor disposición hacia mu ¿Quizás le lleve mi rama de olivo a Jill?
¿Estoy enamorado de ella? ¿O es meramente la atracción que se produce después de un largo período de celibato? No lo sé. No lo sabré a menos que pueda volver a verla.
Dijo cuidadosamente:
—¿Piensa relatarle nuestro encuentro a la señorita Conway cuando la vea? Me temo que esté enfadada conmigo ya que no pude ayudarle en el asunto de su oficial nativo. No me dio oportunidad de explicarle cuánto lo sentía.
Abruptamente Sparling cambió de actitud, y dijo fríamente:
—¿Cómo puedo hacer eso?
Una mano tomó el corazón de Dejerine y lo paralizó.
—¿Le pasa algo malo a ella?
—No tengo más remedio que decírselo. Se ha ido al norte con Larreka. Y llevan días en camino.
—¿Por qué? ¡Eso es una locura!
—¿Cómo hubiera podido detenerla? Si ella decidió continuar con su investigación en Valennen antes de que esté cerrado para nosotros, ¿quién tiene el derecho de prohibírselo? Ella nos envió notas a sus padres y a mí mediante un mensajero que no nos las entregó hasta que ella estuvo en camino. Volé sobre la ruta, pero no vi nada. No esperaba hacerlo tampoco, un pequeño grupo en un terreno tan inmenso. La llamé, pero naturalmente había desconectado sus receptores cuando pasaron más allá del radio ordinario de relé.
—¿Por qué haría una locura como esa?
—Porque es Jill, y quiere ayudar. Sí, «intervención». Pero ella lo llama investigación, y tardaría un montón de tiempo en demostrar lo contrario, Dejerine. Telefoneará cuando llegue a Port Rua, y es muy probable que encuentre un proyecto de investigación para mí en ese lugar y tiempo. ¡Ahora cierre la boca! ¿No ha hecho ya bastante daño?
XIII
Jill finalizó los antiguos versos que ella había traducido a la lengua de Sehala, para los ishtarianos que no sabían inglés y estaban ansiosos de oír la música y las canciones de la Tierra. Mantuvo sonando su guitarra mientras silbaba a la manera del viento sobre los fríos mares.
El grupo de Larreka estaba acampado en la ladera norte de las Colinas Rojas. Un destacamento de ellos alcanzó las Tierras Malas, los Dalag, y el final la costa, donde tomarían un buque legionario. En aquel abierto país tropical, bajo dos soles la mayor parte del día, viajarían de noche tanto como pudieran. Pero mientras tanto tenían un bosque para refrescarse, y proporcionarse penumbra, así que descansaban hasta que la luz llegara solamente de las estrellas y lunas.
Un fuego de llamas bajas teñía las caras, las melenas y los cuartos delanteros de sus compañeros, que descansaban en círculo con los ojos fijos en ella. Entre las sombras brillaban las puntas de las lanzas de la guardia. Aunque sólo fuera por hambre, los leones árbol podían estar merodeando para atacarles. Más cerca, se hallaban los fardos de suministros, bajo una tienda levantada para su protección contra cualquier tormenta. No esperaba que hubiera ninguna. El bosque impedía la penetración de la luz en su tranquila oscuridad, las estrellas brillaban arriba, el aire era caliente y pleno de intensos olores. Ella planeaba cambiarse de ropa y dormir en el exterior, sobre su bolsa. Todavía nadie podía estar seguro del tiempo atmosférico que Anu podía provocar.
Sus tonos murieron. Durante un momento, los legionarios y porteadores quedaron pensativos; solamente giraron sus colas diciendo «Gracias», con este signo.
Finalmente un joven soldado preguntó:
—¿Qué es lo que hacían las hembras?
—¿Eh?
Jill volvió de su ensueño. Ah, ya, especulando sobre el significado de todas las cosas, la vida y la muerte, los soles y mundos, la clase de pregunta que tendría que ser contestada una y otra vez, pero supongo que nunca podrá obtener respuesta.
—¿Las hembras humanas en la canción? Se lamentaban.
—Sí, ¿pero, cómo?
—Oh, ya veo. Primero, cuando alguien a quien aman muere, la mayoría de humanos sollozan y, eh, vierten agua por sus ojos. Después continúan sus vidas de la mejor forma que son capaces.
—¿Quién les ayuda?
—Nosotros… Nosotros no tenemos instituciones como las vuestras para animar al afligido. Rezos y algunas ceremonias, es todo, y no todos las practican. La necesidad es menor —añadió rápidamente—. No creo que por esto pueda considerarse que nosotros nos preocupamos menos de los que sufren de lo que lo hacéis vosotros. ¿Cómo podríamos medirlo?
Se imaginó un dolorímetro, diestramente preparado para la venta masiva, calibrado con la Medida Internacional de la Desgracia, consiguiendo así la unidad de longitud de la aflicción.
—Además, cuando se compuso esta canción la gente creía que volverían a encontrarse en otra vida —continuó Jill, ampliando la información.
—Como los bárbaros de Valennen —observó un soldado—. Reconozco que esto es lo que les impulsa a seguir adelante. No parecen tener mucho más, excepto a sus muertos, para comérselos si pueden.