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Tiempo de fuego [Fire Time - es]

Электронная книга - «Tiempo de fuego [Fire Time - es]». Краткое содержание книги:

Anu, la gigante roja, también llamada la Estrella Cruel, El Merodeador, el Sol Demonio, El Vagabundo...se estaba aproximando a Isthar. Como cada mil años, abrasaría la tierra, secaría los ríos, agostaría los cultivos, y mataría.
La parte norte del planeta siempre era la más afectada. Sus habitantes, los bárbaros tassui, habían decidido no volver a ser las víctimas del Tiempo de Fuego y en consecuencia se lanzaron a la conquista de mejores territorios, amenazando acabar con la civilización.
Los miembros de la Asociación y sus legiones pidieron ayuda a los habitantes terrestres de la ciudad de Primavera. Pero la Federación Terrestre tenía su propia guerra en otro lugar y les prohibió que actuarán.
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—¡Es una buenísima idea! —Larreka dio un manotazo sobre la joroba de su mujer tan ruidoso como los truenos que llegaban—. ¿Por qué no he pensado antes en eso?

—Quizá lo hiciste en el pasado, pero sin la urgencia de ahora —dijo uno de los parientes.

Larreka apenas le oyó. Su atención estaba puesta en Meroa. Por el Arbol, he conseguido una mujer soldado. Las sesenta y cuatro hembras que había montado siendo joven era como si nunca hubiesen existido. (Siempre había sido incidental, más un hábito que una necesidad.

Los suboficiales rara vez estaban casados. Meroa solía refunfuñar cuando mencionaba un encuentro y le decía cuánto ganaba ella en la comparación.) No podía expresarlo con palabras, pero, captando su mirada, golpeó su cola en señal de respeto.

—Jill puso a punto el aparato con la ayuda de un amigo y lo trajo aquí. Le tomará dos o tres días hacer un suministro amplio, dice. Pero ahorrarás más que eso en el viaje.

Y estaré contigo mientras tanto, decía su mirada. Esto era algo que los humanos no llegarían a saber nunca: lo que representa una persona con la que se ha convivido durante dos o trescientos años. Larreka y Meroa tendrían que despedirse, y aunque la radio traería las palabras desde Port Rua, no sabían cuándo podrían abrazarse de nuevo.

Bien, ella era la esposa de un soldado; y él era el marido de un soldado.

No era tan simple. Las legiones habían aprendido a hacer todo lo posible para disminuir la pena. No aceptaban alistamientos de parientes próximos en la misma legión; más aún, diversificaban salvajemente las compañías y regimientos, una práctica que como Hanshaw había expresado sería impensable para su raza. No apoyaban el matrimonio y, a través de su tradicional sentido de la hombría, animaban a la promiscuidad; pero los compañeros de campo que hacían amistad eran trasladados de tanto en tanto. Cambiaban de acantonamiento cada octada, y dos acantonamientos sucesivos estaban muy alejados uno del otro. E incluso así, habían rituales, costumbres, presentes, ayuda, venganza de un soldado después de que su hermano de espada hubiera muerto… Larreka rechazó el pensamiento de la muerte. El y Meroa tenían la Triada y su trabajo; el superviviente debería sobrevivir en plenitud.

Había decidido en los últimos años que el trabajo sería más provechoso para él que la Triada.

—Mejor será dejar que Jill cuente lo ocurrido —dijo Meroa, paseando la mirada por el grupo—. Lo que tú no sabes es que puedes ser considerado culpable de ocultación ante el jefe de Primavera. ¡Y Yakulen debe tener extrema necesidad de mantenerlo de su parte! Lo que podemos discutir abiertamente es lo de Rafik.

Los presentes asintieron.

—Quiere alistarse… en los Yissek, ya que tiene la idea de que el ataque al mar Fiero será pronto. Sospecho que también porque ha oído hablar de paraísos tropicales y de hembras bonitas.

—No lo hará. No si puedo hablar con él de este asunto. ¿No comprende que el mejor servicio que puede hacer es quedarse aquí? Si podemos mantener Valennen, unas pocas incursiones en el Mar Fiero no importarán. Si no podemos, perderemos el Mar Fiero también, y Beronnen será lo siguiente.

—Chu. Habla con él. Ten en cuenta de que probablemente no le guste la idea de que su madre sea su jefe militar.

—Tendría que preocuparse menos por esas islas. El Merodeador ya las ha convertido en lo contrario de paraísos tropicales. Los yisseks combaten a los tifones, inundaciones y hambrunas más a menudo que a los bárbaros. Las mujeres bonitas están demasiado atareadas en mantenerse vivas como para ser amables.

—He tratado de decirle eso, pero sólo he avivado su idealismo. Servir allá donde sea necesario, sin tomar en consideración el riesgo.

—Entonces le diré que un soldado que se arriesga voluntariamente es un soldado del cual la Legión puede prescindir… Háblale de espolones, y empezará a desfondar su propio bote.

El ruido de la entrada fue inmensamente aliviante.

Las pisadas de los sirvientes, los tonos profundos de la voz de Rafik y la claridad de la de Jill. Oyó a la chica decir:

—…pensábamos buscar refugio, pero ningún árbol era seguro con todos los rayos que estaban cayendo, así que me puso en su lomo y galopó como nunca…

Su hijo entró, le saludó y se derrumbó en un colchón. Debía haber sido muy dura la carrera. Bueno, Meroa le había dado a luz en un buque batido por las tormentas en los Estrechos Rocosos, y algo de eso debía haber quedado en él. Estoy orgulloso de ti, de ti y de todos los demás. No soy un Yakuyen, sólo me casé con una de ellos. No puedo ver a la familia como grupos de primos compartiendo la misma tierra. Soy un viejo haeleno para quien su tierra es el mundo, y su esposa e hijos su familia.

Jill lo siguió. Se había cambiado de ropas. Su cabello brillaba entre los pliegues de la toalla, y estaba tan mojado como el follaje de Rafik, que despedía destellos rojizos. No estaba cansada, ya que había cabalgado.

—¡Tío azúcar! ¡Hola!

Viéndola aproximarse, pensó en lo adorable que era. Una vez en su adolescencia, en una ocasión en que fueron a nadar, ella le había preguntado al respecto:

—Sé sincero conmigo, ¿quieres? ¿Te parezco muy horrible? Estoy segura. Tú me gustas, pero, ¿te gusto yo? De cuatro patas, con un torso, sin plumas, sin cola, sin joroba, sin plantas, excepto en escasas zonas, y…

—¿Cómo me ves tú a mí?

—Tú eres bello. De la forma en que un gato lo es.

—Está bien; tú me recuerdas a un saru en vuelo, o a un hoja espada al viento, o a algo similar. Ahora cállate y tomemos el desayuno.

Mientras ella avanzaba, la deseó. ¿Tenían los humanos tales pensamientos acerca de los ishtarianos? No lo creía; los humanos eran demasiado delicados. Aquel fue el momento en que se sintió más cerca de ella, en un pequeño momento de maldad.

¡Maldición! ¿Cuándo se buscaría un novio?

Ella se sentó rodeándose las rodillas con los brazos.

—Te he traído un kilo de tabaco.

—Me has traído más que eso, según he oído. Raciones deshidratadas… Eres grande.

—Ya conoces lo del edicto sobre el transporte, ¿no? En lugar de romperme la cabeza contra la pared, me callé y… fui por ahí recogiendo armas y municiones. Tú has conseguido muy poco en Valennen. No podía arriesgarme demasiado, por si ese bastardo de Dejerine se lo olía. Pero compré, pedí prestadas, incluso un par de veces las robé, cerca de veinte rifles y pistolas, más unos mil cartuchos para ellas.

—¡Jill, eres un laren!

—Es lo menos que podía hacer, tío. Seamos prácticos. Pensemos. Primero tendrás que arreglártelas para conseguir porteadores mientras estés aquí, para que os ayuden a llevar el cargamento a la costa norte.

—¿No podrías trasladarlo a Port Rua en un pequeño vehículo volador?

—Uh-uh. Demasiado obvio. Dejerine podría preguntarse por qué la señorita Conway tenía tanta urgencia por llegar a alguna parte. Podría desconfiar, seguirme y confiscar lo que encontrase. Mientras que si hacía el viaje por tierra y no se daban cuenta de que las armas faltaban durante unas semanas… ¿Comprendes? Otra cosa. Varios miles de cartuchos no son demasiados. Sabes que el noventa por ciento suelen fallar en acción, no importa lo bien entrenado que esté el tirador; y puede que tengas diez buenos tiradores en Valennen, ¿no? Así que, supongo, que te vendría bien un instructor que consiga gastar el mínimo de munición, logrando un entrenamiento máximo. Y sería bueno que, si llega el combate, ese instructor esté en primera línea, disparando balas dirigidas adonde tienen que ir.

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