Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
—Lo sé, señora Sadler.
—Una cosa es saberlo y otra asumirlo —miró por encima de su hombro, quizá a un reloj—.Tengo que arreglarme, pero me alegraría verle esta tarde.
—Gracias.
—Rezaré para que su historia tenga un buen final, señor Warden.
Volví a darle las gracias.
La reunión se celebró en el salón parroquial de la iglesia presbiteriana de un barrio que, antes de sumirse en la más absoluta pobreza, había sido obrero. Regina Lee Sadler, que llevaba un vestido de flores, se movía con elegancia por la tarima con un anticuado micrófono que se balanceaba delante de sus labios. Al natural, parecía más fuerte y unos diez kilos más pesada que en la pantalla de vídeo. Me pregunte si sería lo bastante presumida como para haber instalado un dispositivo de adelgazamiento en su interfaz.
No me presenté, sino que me deslicé silenciosamente hasta el fondo de la sala. Aunque no se trataba exactamente de una reunión de un grupo de terapia, lo parecía. Los cinco miembros nuevos se presentaron y contaron sus problemas. Cuatro de ellos llevaban un mes sin ver a sus hijos, que se habían unido a facciones kuinistas o habían realizado un haj. La última en hablar fue una mujer que nos explicó que su hija llevaba más de un año desaparecida y que lo único que deseaba era un lugar donde poder compartir su dolor. Repitió varias veces que no había perdido ¡a esperanza, pero que estaba muy, muy cansada y que sólo quería desahogarse para ser capaz de dormir, aunque sólo fuera por una noche. Hubo un enmudecido aplauso cargado de compasión. Entonces, Regina Lee se levantó y leyó una página impresa de noticias y actualizaciones: muchachos que habían sido rescatados, rumores sobre nuevos movimientos kuinistas en el sudoeste, un camión repleto de peregrinos menores de edad que había sido interceptado en la frontera mejicana. Tomé nota.
A continuación, los asistentes se dividieron en “grupos de trabajo” para debatir diferentes estrategias con las que hacer frente a la situación. Yo opté por deslízarme silenciosamente hacia la puerta.
Habría regresado al motel si no hubiera visto a la mujer que estaba sentada en los escalones de la iglesia, fumando un cigarrillo.
Por su aspecto, supuse que ambos teníamos la misma edad. Su expresión, aunque fatigada, parecía juiciosa y centrada, y su corto cabello brillaba bajo la luz de las farolas. Cuando me miró, vi que tenía los ojos Henos de lágrimas.
—Lo siento —dijo, apagando al instante el cigarrillo.
Le dije que no era necesario. Según un decreto reciente, estaba prohibido comprar productos de tabaco sin un certificado de adicción y una receta, pero yo me consideraba una persona liberal, porque había crecido en la época en la que el tabaco era legal.
—¿Ya ha tenido suficiente? —me preguntó, señalando con una mano la puerta de la iglesia.
—De momento —respondí.
Ella asintió.
—Regina Lee hace mucho bien a esas personas, y Dios sabe que su trabajo es importante. Sin embargo, yo no necesito lo que me está ofreciendo… por lo menos, no lo creo.
Nos presentamos. Se llamaba Ashlee Mills y su hijo era Adam, un muchacho de dieciocho años que estaba profundamente involucrado en la red kulnista local. Llevaba seis días desaparecido, los mismos que Kaitlin, así que comparamos nuestras notas. Adam se había afiliado a la rama juvenil de la asociación de Whit Delahunt y era miembro de una serie de organizaciones radicales. Era muy probable que ambos se conocieran.
—Es una coincidencia —dijo Ashlee.
Le dije que no, que no existían las coincidencias.
Seguíamos hablando cuando la reunión de Regina Lee finalizó y la gente empezó a amontonarse a nuestro alrededor, en las escaleras de la iglesia. Le propuse que fuéramos a tomar un café a algún lugar cercano… puesto que ella vivía en aquel barrio.
Me dedicó una mirada reflexiva, franca aunque algo intimidante. Tuve la impresión de que se sentía defraudada con los hombres.
—De acuerdo —respondió instantes después—. Cerca de la farmacia, justo a la vuelta de la esquina, hay una cafetería que está toda la noche abierta.
Fuimos hasta allí.
Era obvio que Ashlee no tenía mucho dinero. La falda y la blusa que llevaba parecían haber sido compradas en tiendas benéficas y, aunque estaban bien cuidadas, hacía tiempo que habían dejado de ser nuevas. De todas formas, lucía su ropa con una dignidad innata. En cuanto llegamos al restaurante, se puso a contar las monedas de dólar que llevaba encima para pagar el café, pero le dije que la idea había sido mía y que, por lo tanto, me tocaba pagar a mí. Cuando dejé mi tarjeta sobre el mostrador me dedicó otra larga mirada pero asintió. Encontramos una mesa en una esquina tranquila, lejos de los ruidosos paneles del vídeo.
—Supongo que querrá que le hable de mi hijo.
Asentí.
—Pero ahora no estamos en uno de los grupos de trabajo de Regina Lee. Lo único que quiero saber es cómo puedo ayudar a mi hija.
—No puedo prometerle nada, señor Warden.
—Todo el mundo me dice lo mismo.
—Y lamento decirle que tienen razón. Al menos, según mi experiencia.
Ashlee había nacido y crecido al sur de California, pero se había trasladado a Miniápoiis para trabajar como recepcionista médica en la consulta de su tío, un podólogo que había muerto de un aneurisma hacía algunos años. Un día apareció en la consulta Tucker Kellog, un programador informático con el que se casó a los veinte años. Tucker se había ido de casa cuando Adam tenía cinco años y, desde entonces, no había vuelto a verlo. Ashlee pidió el divorcio y, aunque podría haber reclamado la manutención de su hijo, prefirió no hacerlo. Según me dijo, se sentía mucho mejor teniendo a Tucker alejado de su vida. Hacía diez años que había recuperado su nombre de soltera.
Ashlee amaba a su hijo Adam, pero reconoció que criarlo había sido una dura experiencia.
—La verdad, señor Warden, es que en ocasiones me desesperaba. Incluso cuando era pequeño me costaba sudores conseguir que fuera al colegio. Supongo que a ningún niño le gusta ir a la escuela, pero así como los demás se sienten obligados a hacerlo, ya sea por su sentido del deber o por temor a las represalias, con Adam era imposible. No le importaba que le castigaran ni le avergonzaba que sus compañeros supieran más cosas que él.
Adam había acudido a la consulta de diversos psicólogos, había participado en varios programas de aprendizaje, había asistido a centros de enseñanza especial y había tenido que presentarse, en alguna ocasión, ante el Tribunal de Menores. Sin embargo, era un chico inteligente.
—Adam lee constantemente… y no sólo cuentos. Además, para sobrevivir en la calle se necesita cierta inteligencia. La verdad es que Adam es un muchacho muy listo.
Cuando Ashlee hablaba de su hijo, su expresión reflejaba una mezcla de orgullo, culpabilidad y aprensión… y en ocasiones, las tres cosas a la vez. Sus grandes ojos miraban de un lado a otro sin cesar, como si temiera que alguien escuchara nuestra conversación. Estuvo jugueteando con su servilleta, doblándola y desdoblándola una y otra vez hasta que la rompió en alargadas tiras que dejó sobre la mesa como si fueran malogradas obras de origami.
—Se escapó de casa cuando tenía doce años, pero eso no tuvo nada que ver con el tema de los Copperhead. No tengo ni idea de lo que piensa Adam sobre Kuin. Supongo que es consciente de que está destruyendo ciudades y arruinando nuestras vidas; sin embargo, se que le fascina. Cuando hablan de Kuin en las noticias, su mirada me espeluzna —inclinó la cabeza—. Me cuesta decir esto, pero creo que Adam está deslumbrado por su poder destructor. Creo que le encantaría ser él… poder levantar el pie y destruir todo aquello que odia. En mi opinión, todas eso que dicen sobre una nueva forma de gobierno mundial no son más que simples adornos.