Las puertas del infierno
- Автор: Пайнкофер Михаель
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
– Gracias. Aprecio sus condolencias.
– Aunque durante mucho tiempo él y yo no estuvimos de acuerdo, fue un camarada fiel… y un buen amigo.
– Lo fue -confirmó Sarah, que no pudo evitar que una tristeza taciturna la embargara por un instante. Sin embargo, volvió a pensar en el presente y se concienció de que no estaba en absoluto sola-. Disculpen, soy una maleducada -dijo, y se dio la vuelta para dirigirse a Cranston que, educadamente, se había quedado unos pasos atrás y esperaba ser presentado-. Friedrich, el doctor Horace Cranston, del hospital Saint Mary of Bethlehem, que ha tenido la amabilidad de acompañarme en este viaje. Doctor, este es el señor Friedrich Hingis, doctor por la Universidad de Ginebra, un buen y estimado amigo.
– Encantado, señor Hingis.
– Es un placer conocerlo, doctor Cranston.
– El señor Hingis y mi padre fueron rivales acérrimos, enemigos en disputas académicas -explicó Sarah-. Pero luego…
– … llegué a la conclusión de que yo era un ignorante pagado de sí mismo -prosiguió Hingis en tono distendido-. Por desgracia, pagué ese conocimiento con la pérdida de la mano izquierda.
Lo dijo sin amargura, y Sarah no podía ni imaginar que tiempo atrás hubiera despreciado con toda su alma y más que a nadie al erudito que se había encontrado a sí mismo en las profundidades de Alejandría. En el primer telegrama que Sarah le había enviado desde Londres, solo le pedía que efectuara algunos preparativos para ella en el continente. El hecho de que Hingis se hubiera empeñado en ir a Praga para ayudarla in situ en su búsqueda demostraba una vez más cuánto había cambiado. La intrigante rata de biblioteca se había convertido en un hombre de honor…
– No sé cómo darle las gracias, Friedrich. Cuando leí en su telegrama de respuesta que vendría personalmente a Praga no podía creerlo.
– Para mí es un placer -aseguró el suizo-. Además, era una buena ocasión para escapar una vez más de los muros del campus.
– Increíble. -Sarah volvió a sonreír-. Esas palabras en su boca…
– Cuando me enteré del motivo de su viaje, ninguna fuerza terrenal podría haberme impedido venir aquí y ayudarla, querida amiga. Lamento mucho lo ocurrido y espero que encontremos la medicina.
– Yo también lo espero, Friedrich -convino Sarah-, pero sería una mala amiga si le ocultara que puede ser peligroso.
– ¿Peligroso? -Hingis arrugó la nariz, señal de que se había puesto nervioso.
– En efecto, porque tengo motivos más que suficientes para suponer que la gente que ordenó envenenar a Kamal es la misma que asesinó a mi padre…
– Bromea…
– No suelo bromear con esas cosas -aseguró Sarah con voz seria y firme-. Al parecer, aquel poder misterioso al que nos enfrentamos en Alejandría ha regresado.
– Bueno -replicó Hingis, que solo necesitó unos instantes para superar la sorpresa-, entonces es lógico que volvamos a encontrarnos, ¿no? Además -añadió en un tono más ligero-, será una buena ocasión para refrescar viejos recuerdos.
– Sí -contestó la joven sonriendo débilmente-. Viejos recuerdos…
Sarah volvió la cabeza hacia el vagón de tren, donde los portamaletas ya se ocupaban de descargar tanto su equipaje como el del doctor Cranston. A continuación, bajaron la litera en la que Kamal yacía inconsciente y atado. Sarah se cuidó de que los hombres procedieran con el máximo cuidado y no chocaran en ningún sitio.
– Delante de la estación nos espera un vehículo adecuado para transportarlo -explicó Hingis, esforzándose a todas lucespor no dejar que se le notara cuánto lo consternaba el estado de Kamal-. Me he permitido solicitar ayuda a los militares y les he pedido una ambulancia de campaña.
– ¿A los militares? -preguntó Sarah con asombro-. ¿Tiene contactos aquí?
– Personalmente, no -respondió el suizo con picardía-. A veces basta con conocer a gente con contactos.
Dejaron el andén y entraron en el amplio vestíbulo de la estación, plagado de puestos y quioscos de periódicos. Sarah no pudo evitar pensar en Londres, ya que los vendedores de pastelillos, las floristas y los limpiabotas no se diferenciaban en nada de los que andaban en busca de clientes por la estación de King's Cross. Y allí, igual que en Londres, también parecía haber personajes sospechosos que se agazapaban en rincones oscuros y se ganaban la vida despojando literalmente de sus bienes a los demás.
A Sarah le hizo gracia ver que, sin que fuera necesario, sus acompañantes masculinos asumían el papel de protectores y se apostaban a su lado como una Guardia de Corps. Protegida de esa manera, cruzó el vestíbulo y salió por unas enormes puertas de madera al exterior, donde había muchísimos carruajes y coches de plaza a la espera de clientes, y también la ambulancia de campaña.
El doctor Cranston controló que cargaran correctamente la litera e insistió en permanecer junto al paciente durante el viaje. Puesto que el carro no ofrecía sitio para nadie más, a Sarah no le quedó más remedio que subir al coche tirado por un solo caballo que Hingis había alquilado. El vehículo era parecido a un Hansom cab inglés, lo cual significaba que el pescante del cochero estaba detrás de los pasajeros y que estos tenían visión directa sobre las calles y el entorno.
Hingis indicó en alemán al cochero que fuera despacio para que la ambulancia de campaña pudiera seguir al carruaje, mucho más ágil y veloz. Este se puso en marcha y giró hacia la calle ancha que conducía hacia la ciudad.
– ¿Había estado alguna vez en Praga? -preguntó Hingis a Sarah.
– No, nunca.
– No sabe lo que se ha perdido. Es una de las ciudades más bellas del mundo.
– ¿Lo dice por experiencia?
– Ya lo creo. ¿Nunca le he explicado que estuve unos cuantos años en Praga estudiando Historia?
Sarah meneó la cabeza.
– No, que yo recuerde…
– No le habría ofrecido mi apoyo si no hubiera estado convencido de que realmente podía ayudarla, Sarah -aseguró Hingis, levantando su remedo de mano izquierda-. Al fin y al cabo, con esto suelo ser más un estorbo que una ayuda. Pero puedo afirmar que conozco esta ciudad mejor que algunos praguenses y me he permitido realizar algunos preparativos.
– Y yo le estoy muy agradecida por ello -afirmó Sarah-. ¿En qué hotel nos alojaremos?
– Nada de hoteles -rehusó el suizo-. Tendrá usted el honor de alojarse en la mansión de la condesa de Czerny como invitada.
– ¿La condesa de Czerny?
– Una mecenas de la cultura y la ciencia conocida en toda la ciudad, que me fue recomendada a través de uno de mis contactos -explicó el suizo-. Su marido, que murió hace unos años, fue profesor mío en la Universidad de Praga. Y, si me permite la observación, la condesa se parece a usted en algunos aspectos.
– ¿Se parece a mí? -Sarah enarcó las cejas-. ¿Cómo debo interpretarlo?
– Espere y verá, amiga mía. Espere y verá…
Capítulo 2
Diario de viaje de Sarah Kincaid, anotación posterior
Debo confesar que la observación de Friedrich Hingis despertó mi curiosidad. ¿A qué se refería nuestro amigo suizo cuando dijo que la condesa se parecía a mí en algunos aspectos?
¿La observación apuntaba a los rasgos físicos? ¿O tal vez, después de tantos años afirmándome en una disciplina científica dominada por los hombres, en ese viaje encontraría a una correligionaria? ¿A una mujer que, como yo, se había consagrado a la investigación del pasado y no se sometía a las limitaciones que la sociedad pretendía imponer a las personas de nuestro sexo?
Me sorprendí pensando que me gustaba la idea y confieso que le presté más atención de lo debido teniendo en cuenta la situación. Mi amor se encontraba en peligro de muerte y yo no tenía derecho a ensimismarme en mi propio bienestar ni en cosas que me resultaran gratas. Aun así, me sentía impaciente por conocer a nuestra anfitriona…