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Un amor dulce y peligroso

Электронная книга - «Un amor dulce y peligroso». Краткое содержание книги:

Alice Loudon tiene veintitantos años, se lleva de maravilla con su pareja y comparten un grupo de amigos muy enrollados. Pero una mañana cualquiera, al cruzar la calle en pleno centro de Londres, su mirada se clava en la de Adam Tallis, un famoso escalador que salvó a varias personas en una accidentada expedición al Himalaya. A partir de ese instante, es como si Alice viviese en un sueño permanente. Convencida de haber encontrado el amor de su vida, se entrega a una aventura erótica que lo justifica todo. Sin embargo, a medida que el amor de Adam se vuelve una obsesión posesiva, Alice comienza a darse cuenta de lo poco que conoce de verdad a ese hombre que le ha hecho perder la cabeza y, sobre todo, de lo difícil que será romper esta extraña relación
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Al cabo de un rato apareció Michelle sin el bebé, y se sentó en el otro extremo del sofá.

– ¿Quieres un té, o alguna otra cosa?

– No, gracias.

Parecía más joven que yo. Tenía el cabello castaño y rizado, y unos labios carnosos y pálidos en una cara redonda y atenta. Toda ella era blanda: los brillantes rizos de su cabello, sus pequeñas y blancas manos, sus redondeados pechos, su vientre de parturienta. Parecía voluptuosa y cómoda, envuelta en su vieja rebeca de color crema, con unas zapatillas rojas y una mancha de leche en la camiseta negra. Por primera vez en la vida sentí un atisbo de instinto maternal. Saqué la libreta de espiral de mi bolso y me la puse en el regazo. Cogí el bolígrafo.

– ¿Por qué le escribiste aquella nota a Joanna?

– Me enseñaron la revista -contestó ella-. No sé qué pensaron. Que me había violado un famoso.

– ¿Te importaría contármelo?

– ¿Por qué no?

No aparté la mirada de la libreta, y de vez en cuando hacía un garabato que pudiera parecer taquigrafía. Michelle hablaba con la tediosa familiaridad de quien cuenta una anécdota que ya ha contado muchas veces. En el momento del incidente (utilizó esa extraña palabra, quizá debido al recuerdo de los trámites policiales y judiciales), ella tenía dieciocho años y estaba en una fiesta en el campo, en las afueras de Gloucester. La fiesta la había organizado un amigo de su novio («Entonces Tony era mi novio», explicó). Cuando iban a la fiesta se había peleado con Tony, y él la había dejado allí y se había marchado con un par de amigos suyos a un pub cercano. Ella estaba enfadada y se sentía incómoda, y se emborrachó rápidamente a base de sidra y vino tinto barato, porque tenía el estómago vacío. Cuando vio a Adam, ya le daba vueltas todo. Michelle hablaba con una amiga, de pie en un rincón, cuando entraron Adam y otro hombre.

– Era atractivo. Seguramente ya habrás visto su fotografía. -Asentí con la cabeza-. Aparecieron aquellos dos chicos, y recuerdo que le dije a Josie: «El rubio para ti, y el moreno para mí».

De momento, su historia coincidía con la de Adam. Dibujé una flor diminuta en la esquina de la hoja.

– ¿Qué ocurrió entonces? -pregunté.

Pero Michelle no necesitaba que le hicieran preguntas. Quería contar su historia. Quería hablar con una desconocida y que por fin la creyeran. Creía que yo estaba de su lado, la periodista-terapeuta.

– Me acerqué a él y le pregunté si quería bailar conmigo. Bailamos un rato y luego empezamos a besarnos. Mi novio todavía no había regresado. Pensé que le iba a dar una lección. -Me miró para comprobar si aquella confesión me había impresionado-. Y entonces me lancé. Lo besé y metí las manos por debajo de su camisa. Salimos al jardín. Fuera había otras parejas, besándose y eso. Él me llevó a los arbustos. Es muy fuerte. Bueno, es alpinista, ¿no? Cuando todavía estábamos en el jardín, delante de toda aquella gente, me desabrochó un poco el vestido. -Inspiró bruscamente, produciendo una especie de sollozo-. Ya sé que suena estúpido, no soy ninguna inocentona, pero yo no quería… -Se detuvo, y luego suspiró-. Sólo quería pasarlo bien un rato -dijo sin convicción.

Levantó las manos y se apartó el cabello de la cara. Parecía demasiado joven para haber tenido dieciocho años hacía ocho años.

– ¿Qué pasó, Michelle? -insistí.

– Nos alejamos de los demás y nos escondimos detrás de un árbol. Seguíamos besándonos, y a mí no me parecía mal. -Ahora hablaba en voz muy baja, y tuve que inclinarme hacia delante para oír lo que decía-. Entonces él me puso una mano entre las piernas, y al principio se lo permití. Luego le dije que ya tenía suficiente, que quería volver adentro. De pronto me sentí muy incómoda. Pensé que mi novio podía llegar en cualquier momento. Él era tan alto y tan fuerte… Y si abría los ojos lo veía mirándome fijamente, y si los cerraba me sentía muy mareada, y todo me daba vueltas. Estaba muy borracha.

Mientras Michelle me describía la escena, traté de concentrarme en las palabras, y no formarme imágenes a partir de ellas. Cuando levantaba la cabeza para hacer un gesto afirmativo y animarla a continuar, intentaba no enfocar del todo su cara, de modo que viera sólo una pálida y desdibujada extensión de piel. Me dijo que intentó separarse de él. Adam le quitó el vestido, lo arrojó a los arbustos y volvió a besarla. Esta vez le hizo un poco de daño al besarla, y también con la mano, que no retiraba de su entrepierna. Michelle empezó a asustarse. Intentó soltarse de sus brazos, pero él la asió con más fuerza. Intentó gritar, pero él le tapó la boca con la mano para que nadie la oyera. Michelle recordaba haber intentado decir «por favor», pero los dedos de él se lo impidieron. «Pensé que si me oía suplicarle pararía», dijo, y vi que estaba a punto de llorar. Dibujé un gran cuadrado en mi libreta, y otro más pequeño dentro. Escribí aquellas palabras dentro del cuadrado pequeño: «Por favor».

– No podía creer que aquello me estuviera pasando a mí. Seguía pensando que al final pararía. Las violaciones eran otra cosa: un hombre enmascarado saltaba sobre una en un callejón oscuro, o algo así. Me tumbó en el suelo. La hierba me pinchaba la espalda. Tenía una ortiga debajo de la pantorrilla. Él seguía tapándome la boca con una mano. La retiró un momento para besarme, pero ya no lo percibí como un beso, sino como otro tipo de mordaza. Luego volvió a taparme la boca con la mano. Creí que iba a vomitar. Me puso la otra mano entre las piernas e intentó estimularme. Y lo hizo con empeño. -Michelle me miró y añadió-: No pude evitar sentir cierto placer, y eso fue lo peor de todo, no sé si me entiendes. -Volví a asentir-. Si una quiere que la violen, no existe violación, ¿no? ¿No?

– No lo sé.

– Entonces lo hizo. No sabes la fuerza que tiene. Me dio la impresión de que disfrutaba haciéndome daño. Yo me quedé allí tumbada, inmóvil, esperando a que él terminara. Después de correrse, volvió a besarme, como si todo aquello lo hubiéramos hecho de mutuo acuerdo. Yo no podía hablar, no podía hacer nada. Él fue a buscar mi vestido y mis bragas. Yo estaba llorando, y él me miró con curiosidad. Entonces me dijo: «Es sólo sexo», o «No es más que sexo», o algo parecido, y se marchó. Me vestí y volví a la casa. Vi a Josie con el chico rubio, y ella me guiñó un ojo. Él estaba bailando con otra chica. Ni siquiera me miró.

Michelle parecía como atontada, casi indiferente. Había contado aquella historia demasiadas veces. Le pregunté, con un tono de voz neutro, cuándo había ido a la policía. Me dijo que había esperado una semana.

– ¿Por qué tardaste tanto?

– Me sentía culpable. Estaba borracha, lo había incitado, había engañado a mi novio.

– ¿Qué fue lo que finalmente te decidió a denunciarlo?

– Mi novio se enteró de lo que había pasado. Nos peleamos, y él me dejó. Estaba muy desorientada, y fui a la policía.

De pronto giró la cabeza, se levantó y salió de la habitación. Inspiré hondo varias veces para tranquilizarme antes de que Michelle regresara con su bebé. Volvió a sentarse, con el niño en los brazos. De vez en cuando le ponía el meñique en la boca, y él lo chupaba con fruición.

– La policía me trató muy bien. Todavía tenía algunos cardenales. Él… me hizo cosas, y el médico presentó un informe. Pero el juicio fue espantoso.

– ¿Qué pasó?

– Declaré, y entonces me di cuenta de que era a mí a quien estaban juzgando. El abogado me interrogó sobre mi pasado. Sobre mi pasado sexual, claro. Me preguntó con cuántos hombres me había acostado. Luego me hizo contar lo que había pasado en la fiesta. Tuve que explicar que me había peleado con mi novio, cómo iba vestida, cuánto había bebido, que yo lo había besado a él primero, que lo había incitado. Él, Adam, estaba sentado en el banquillo de los acusados, con expresión triste y seria. El juez suspendió el juicio. Yo quería morirme allí mismo: de pronto todo parecía horriblemente sucio. Mi vida entera. Jamás he odiado tanto a nadie como lo odié a él. -Hizo una pausa y concluyó-: ¿Me crees?

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