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Sherlock Holmes y la boca del infierno

Электронная книга - «Sherlock Holmes y la boca del infierno». Краткое содержание книги:

Dos detectives. Un mago. Y todas las legiones del Infierno. Sus caminos se han cruzado en el pasado, y volverán a cruzarse. Por un lado, Sherlock Holmes, el famoso detective, que parece haberse retirado para dedicarse a la cría de abejas. Por otro, Aleister Crowley, brujo y profeta autoproclamado como el hombre más perverso de su época. Una oscura noche tormentosa, en algún lugar de la costa de Portugal, Crowley pondrá en práctica un ritual que amenazará con derribar las barreras entre los mundos, y Holmes estará allí para impedírselo. Pero, ¿podrá Holmes soportar el dolor de la pérdida que será el precio de su triunfo? ¿Cómo seguir siendo la implacable máquina de razonar cuando la misma realidad escapa a la razón?
En esta nueva pieza de su obra holmesiana, iniciada con La sabiduría de los muertos y Las huellas del poeta, Rodolfo Martínez entrelaza las ficciones de Arthur Conan Doyle y H.P. Lovecraft para crear un universo particularísimo donde tienen cabida algunos de los personajes más entrañables de la literatura popular.
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Pasaron varios días. Ella lo dejaba al sol unos minutos y luego volvía a tapar su rostro. Poco a poco, en los breves periodos de consciencia de los que disponía, fue dándose cuenta de que estaba encima de un vehículo, y de que se dirigían hacia el este. Hacia la costa, seguramente, donde los esperaría el mismo barco que los había traído hasta allí.

Pensar era una tortura, pero sabía que no podía permitirse el lujo de dejarse llevar. Ahora que su cuerpo estaba indefenso, su mente era todo lo que tenía; y si había alguna forma de salir de aquello, era con su mente como tendría que encontrarla.

Aquella especie de armazón que lo aprisionaba debía de tener una eficacia limitada, se dijo. De no ser así, habrían caído sobre él en San Francisco, o en el mismo Kansas. No. Habían tenido que atraerlo hacia un lugar saturado de aquel material, un sitio en el que todo, quizá hasta el mismo aire, fuera un veneno para él y lo dejara debilitado después de dar un par de pasos. Sólo entonces, sin fuerzas por la rápida pérdida de energía, podrían meterlo dentro de aquel ataúd verdoso. En cualquier otra parte del mundo, la trampa no habría funcionado.

Sólo necesitaba un momento. Una distracción. Unos minutos más al sol.

Pero Anni no parecía de las que cometían errores.

Ahora soy una cosa para ella. Seguramente siempre lo había sido. Ella misma lo había dicho: era un motor, un acumulador. Lo único que le interesaba de él era su cuerpo, y las energías que éste podía almacenar y manejar. No sabía cómo planeaba usarle, pero estaba seguro de que no le iba a gustar.

Sólo un momento. Una distracción.

Pero no hubo ninguna. Llegaron a la costa. Lo subieron al barco y permaneció en la bodega durante casi todo el viaje. De vez en cuando, dejaban su rostro al descubierto y, mediante espejos, permitían que la luz del sol llegara a él. ¿Es el fin?, se preguntaba.

Y la respuesta era siempre que no. Que el fin no llegaría mientras él no se rindiera. Anni y los suyos planeaban usarlo como una especie de generador eléctrico. Un esclavo, una máquina en forma humana. Y mientras lo encontrasen útil, lo mantendrían con vida. Seguía sin saber lo que era, pero empezaba a pensar que quizá eso no tuviera demasiada importancia. Humano o extraterrestre, qué más daba. Era él; era lo que sus padres adoptivos habían metido en su cabeza desde que lo acogieron como si fuera suyo; era la suma de todo lo que había hecho a lo largo de su vida, de todo lo que había pensado, decidido, temido, esperado, ansiado.

Atrapado en aquella prisión construida con material de su mundo natal, había tenido tiempo suficiente para pensar. En realidad, no había tenido tiempo para otra cosa. Y sabía que Sherlock Holmes tenía razón, que la había tenido aquella mañana en que le dijo que era humano, más allá de lo que su origen dijera, que era humano allí donde importaba, en el modo de sentir, de ver, de contemplar el mundo que lo rodeaba.

Y los humanos no se rinden. Eso lo sabía bien, era una de las cosas que Pa le había enseñado y que Holmes le había mostrado con su ejemplo. Los humanos no se rinden. Luchan hasta su último aliento. Siguen con vida pese a que ésta sea una tortura y continúan empeñándose en desafiar a fuerzas contra las que, quizá, nadie puede ganar.

Mientras estuviera vivo, el fin no llegaría. Aguantaría. Aguardaría. La batalla no había terminado aún. No terminaría mientras él no se rindiera. Y él no se rendiría jamás.

Capítulo VIII. San Francisco

El cadáver de Longbottom había sido retirado hacía tiempo y, en apariencia, la casa no parecía haber cambiado gran cosa. Sin embargo, había algo distinto en ella. No se llegaba a percibir del todo, permanecía siempre al borde de lo visible, pero estaba allí. Una sensación de decrepitud, de desmoronamiento lento y sin prisas que sólo se podía atisbar por el rabillo del ojo; murmullos de cansancio que casi se oían pero no llegaban jamás a materializarse.

No es que fuera una sorpresa. Anni sabía bien que un nexo de las características de aquél no se había mantenido tanto tiempo de un modo natural y que, una vez desaparecida la fuerza que lo sustentaba y amplificaba, su destino era ir desvaneciéndose lentamente. La naturaleza volvía a reclamar lo que era suyo y, con paciencia, suavizaba las aristas de aquella excrecencia que le había salido e iba limando sus esquinas hasta que encajase con el resto del mundo. No del todo, porque al fin y al cabo la casa había sido un nexo natural desde el principio, pero sí lo bastante para no llamar la atención, para ser un agujero más en las paredes del universo, ni más llamativo ni menos que otros muchos.

Sin embargo, un proceso como aquél no sería cosa de un día ni de dos, y aún tendrían tiempo suficiente para lo que planeaban.

Aunque desde fuera seguía siendo un edificio medio abandonado en un callejón mugriento y poco transitado, por dentro la casa bullía de actividad. Anni ordenó que llevaran al superhombre al sótano e instruyó a sus vigilantes sobre lo que debían hacer.

Luego, en el mismo salón en el que había yacido el cadáver de Longbottom, recibió el informe de lo que había ocurrido en su ausencia mientras rebuscaba con más curiosidad que ansia entre las reservas de licor del antiguo ocupante de la casa.

– ¿Habéis encontrado el rubí?

Su informante negó con la cabeza, temeroso.

– Quienquiera que matase al gran Swami se lo llevó con él -dijo.

Anni asintió. Sí, era lógico. Al fin y al cabo, Longbottom no había sido otra cosa que un vehículo entre el nexo que era la casa y la fuente de energía del rubí. Ellos eran los elementos esenciales, los que permitían abrir las puertas a otros mundos: el poseedor de ambos no había sido más que un hombre con demasiada fortuna y pocas ambiciones.

Estaba bien donde estaba.

Aunque la desaparición del rubí… De acuerdo, podía tener muchas explicaciones. Cualquier secta ocultista rival podía haber matado a Longbottom y haberse apropiado de la piedra. Nadie podía haberlo hecho. Pero el momento elegido para hacerlo resultaba demasiado conveniente, o inconveniente, según se mirara.

No importaba. Ahora no tenían tiempo para aquello. La pérdida del rubí era un contratiempo menor. Había pensado en usarlo, pero se las apañarían sin él. En el sótano tenía toda la energía que necesitarían para abrir la puerta adecuada. Cierto que estaba sin refinar, que carecía del foco preciso que poseía el rubí, pero sería suficiente para sus propósitos. Y ya encontrarían el modo de refinarla.

– Un enviado de Nadie llegó esta mañana -siguió diciendo su informante-. Lo matamos, de acuerdo con tus instrucciones.

– Espero que no antes de que montara la maquinaria y os enseñara a usarla -dijo ella en tono sardónico, un nuevo rastro de la humana que llevaba dentro aletargada-. O tendremos un problema.

– Claro, domina -respondió el hombre, sin comprender la broma.

Ah, hombres. Tan centrados y tan poco sutiles: Pero útiles, ¿verdad, hermana?

Fue a la sala donde lo estaban preparando todo y contempló la máquina que los hombres de Nadie habían construido. Era una cosa fea y algo grotesca, pero estaba segura de que cumpliría con su cometido, como todo lo que Nadie hacía.

Había resultado útil a lo largo del proceso, sin duda.

No mientas. Sin él no habríais llegado tan lejos, dijo una voz altiva dentro de su cabeza.

Sí, tenía razón. La Anni Jaeger humana que aún vivía dentro de ella estaba en lo cierto. Sin la ayuda que los hombres de Nadie les habían prestado, habría sido mucho más difícil tenderle la trampa a Kent. El armazón que lo drenaba de energía había sido construido por ellos, y ellos lo habían depositado en el lugar adecuado.

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