La chica de sus sueños
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:
El maresciallo asintió.
– Ya había oído decir que esconden cosas ahí, pero nunca nos habíamos topado con uno de esos casos. -Meneó la cabeza varias veces, como tratando de ensanchar el campo de su comprensión de la conducta humana-. Una niña de once años que se esconde joyas en la vagina. -Guardó silencio un momento y murmuró-: Dio mio.
La lancha pasaba por debajo de Rialto, pero ninguno de los hombres que viajaban en la cabina se apercibió de ello.
– La asistente social se llama Cristina Pitteri. Hace unos diez años que trata con gitanos -dijo Steiner con voz átona, lo que hizo que Brunetti y Vianello intercambiaran una rápida mirada.
– ¿En qué consiste su trabajo? -preguntó Vianello.
– Tiene el título de asistente social psiquiátrica -explicó Steiner-. Trabajaba en el frenopático del palazzo Boldù, pero pidió el traslado y acabó en la oficina que se encarga de los distintos grupos nómadas.
– ¿Hay otros? -preguntó Vianello.
– Sí. Están los sinti. No son tan asociales como los gitanos, pero proceden de los mismos lugares y viven poco más o menos de la misma forma.
– ¿Ella qué hace, concretamente? -preguntó Brunetti.
Steiner meditó la respuesta hasta que la lancha dejó atrás el Ponte degli Scalzi y la estación.
– Se encarga de lo que llaman liaison interétnica dijo haciendo hincapié en la palabra extranjera.
– ¿Qué significa eso?
La expresión de Steiner se suavizó con una sonrisa, pero sólo momentáneamente.
– A mi modo de ver, eso significa que trata de conseguir que nosotros los entendamos y que ellos nos entiendan.
– ¿Eso es posible? -preguntó Vianello.
Steiner se levantó y empujó la puerta que conducía a la escalera.
– Vale más que se lo pregunte a ella -dijo por encima del hombro, subiendo a cubierta.
El piloto acercó la lancha a uno de los muelles de taxis situados a la derecha del imbarcadero del 82. Los tres hombres saltaron a tierra. Brunetti y Vianello siguieron a Steiner hacia un sedán oscuro que esperaba con el motor en marcha. Una mujer robusta de pelo castaño y corto que aparentaba unos cuarenta años estaba en la acera, al lado del coche, fumando. Vestía falda, jersey y chaqueta con cuello a caja y calzaba zapatos planos, color marrón oscuro, con lustre de piel cara. La mujer tenía la cara redonda con unas facciones que parecían haber sido comprimidas: los ojos, muy juntos, y el labio superior, mucho más abultado que el inferior, contribuían a dar la impresión de que el conjunto iba emigrando lentamente hacia la nariz, en una especie de deriva continental.
Steiner se acercó a la mujer y le tendió la mano. Ella tardó un momento en corresponder al saludo, lo justo para que se notara.
– Dottoressa -dijo él con formal deferencia-, le presento al dottor Brunetti y al ispettor Vianello, su ayudante. Ellos encontraron a la niña.
Ella tiró el cigarrillo, examinó un instante la cara de Brunetti y, después, la de Vianello antes de tender la mano al comisario. El contacto fue tan rápido como flácido. A modo de saludo, intercambiaron títulos. Ella movió la cabeza de arriba abajo mirando a Vianello, dio media vuelta y subió al asiento trasero del coche. Un silencioso Steiner se instaló delante, al lado del conductor. Los otros dos pasajeros, en vista de que la dottoressa Pitteri no se movía, dieron la vuelta por detrás del vehículo, hacia la puerta del otro lado. Brunetti la abrió unos centímetros, tuvo que esperar un claro en el tráfico para entrar y se sentó en la incómoda plaza del centro, ladeando las rodillas hacia la izquierda para no rozar el muslo de la mujer. Vianello subió a su vez y, después de cerrar, se comprimió contra la puerta.
El uniformado conductor dijo a media voz unas palabras a Steiner, que respondió afirmativamente, y el coche se apartó del bordillo.
– La dottoressa Pitteri trabaja con los romaníes desde hace años, comisario -dijo Steiner-. Conoce a los padres de la niña y estoy seguro de que su presencia nos será de gran ayuda cuando les demos la noticia.
– Espero que ayude también a la familia de la niña interrumpió la dottoressa Pitteri con mal reprimida acritud-. Que me parece lo más importante.
– Eso, por supuesto, dottoressa -respondió Steiner plácidamente. Hablaba sin desviar la mirada de la calzada, como si se creyera responsable de advertir al conductor de cualquier peligro que pudiera surgir.
Enfilaron el puente, y Brunetti volvió la mirada hacia la izquierda, donde se levantaban las chimeneas y los depósitos de Marghera. Aquella mañana, los periódicos decían que hoy sólo podían circular los coches con matrícula par; los impares circularían mañana. Llevaban un mes sin apenas lluvias, sólo lloviznas, y sabía Dios lo que estaría flotando en el aire que respiraban. «Micropolvo» lo llamaban, y Brunetti no podía leer este nombre sin imaginar cómo las partículas de sustancias tóxicas que Marghera había estado lanzando a la atmósfera durante tres generaciones, iban penetrando en los tejidos de su cuerpo y le impregnaban los pulmones.
Vianello, cuya preocupación por la ecología había sido tema de chanza en la questura -ya no lo era-, miraba en la misma dirección.
– Trata de cerrar eso -dijo sin preámbulos señalando con la barbilla las chimeneas de la zona industrial-, y al día siguiente están todos en la calle gritando: «Salvemos nuestros puestos de trabajo.» -El inspector levantó una mano hacia las emblemáticas chimeneas y la dejó caer golpeándose el muslo con lo que a Brunetti le pareció un melodramático gesto de frustración y abatimiento.
Nadie habló durante un rato, hasta que la dottoressa Pitteri preguntó:
– ¿Cree preferible que los trabajadores se mueran de hambre, ispettore? ¿Y también sus hijos? -Había en su voz una combinación de ironía y condescendencia, y hablaba articulando las palabras con claridad, como si temiera que un hombre tan zafio como un inspector de policía no pudiera entender una pregunta más compleja.
– No, dottoressa -dijo Vianello-. Sólo deseo que dejen de emitir cloruro vinílico monómero al aire que respiran nuestros hijos.
– Hace años que dejaron de emitirlo -dijo ella.
– Eso dicen -respondió Vianello, y agregó-: Si usted prefiere creerlo así…
En el silencio que siguió a estas palabras, sonó con extraña fuerza el ruido de un camión que pasó junto a ellos.
Brunetti observaba por el retrovisor la expresión de la dottoressa, y la vio fruncir los labios y apartar la vista de las ofensivas chimeneas.
Aunque el comisario tenía interés en saber todo lo que aquella mujer pudiera decirle acerca de los gitanos, la evidente antipatía que existía entre ella y Steiner le dificultaba abordar el tema en presencia de éste.
– ¿Ha estado ya en el campamento, maresciallo? -preguntó Brunetti en tono formal.
– Dos veces.
– ¿En relación con los Rocich?
– Una vez. La otra fue para acompañar a una mujer que había tratado de robarle la cartera a un turista en el vaporetto. -La voz de Steiner era un dechado de neutralidad.
– ¿Qué hizo con ella?
– Meterla en el coche y traerla. -Brunetti pensó que Steiner había terminado, pero entonces continuó-: La historia de siempre: ella dijo que estaba embarazada. Aquel día estábamos escasos de efectivos y no podía perder tiempo en llevarla al hospital para comprobar si era cierto lo del embarazo, tomar declaración al turista y a los testigos, llamar a los servicios sociales… -Aquí dejó que su voz se apagara un momento-. De manera que decidí llevarla al lugar en el que dijo que vivía, y asunto concluido.