La chica de sus sueños
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La chica de sus sueños». Краткое содержание книги:
– Quizá -dijo Brunetti-. ¿Qué más?
– Pues que se descubrió el chanchullo porque alguien vio que las fotos de la feliz congregación de Antonin también aparecían en la página web de una escuela dirigida por un obispo de Kenia. Y no sólo eso sino que las piadosas reflexiones sobre la fe y la esperanza también eran las mismas. -Sonrió-. Debieron de suponer que no se haría un cruce de datos, digamos, eclesiástico. -Y, dejando ya traslucir su cinismo, preguntó-: Además, todos los negros parecen iguales, ¿no?
Desestimando el comentario, Brunetti preguntó:
– ¿Qué pasó?
– La persona que lo descubrió es un periodista que hacía un reportaje sobre las misiones.
– ¿Un periodista con o sin simpatías?
– Afortunadamente para Antonin, con.
– ¿Y?
– El periodista informó a alguien del Vaticano, que tuvo un discreto cambio de impresiones con el obispo de Antonin, y el padre Antonin se encontró en Abruzzo.
– ¿Y el dinero?
– Ah, ahora viene lo más interesante. Resulta que Antonin no tenía nada que ver con el dinero, que iba a una cuenta que su obispo había abierto en su propio nombre, junto con un porcentaje del dinero que recaudaba el obispo de Kenia, que usaba las fotos de Antonin. El padre Antonin nunca supo cuánto dinero recaudaban, eso no le interesaba, mientras pudiera mantener la escuela y alimentar a los niños. -Ella sonrió ante la ingenuidad del hombre-. Podríamos decir que era una especie de testaferro -prosiguió-. Era europeo, tenía contactos en Italia, conocía aquí a personas que podían diseñar una página web y sabía apelar a la generosidad de la gente. -Volvió a sonreír, ahora fríamente-. De no ser por el periodista, probablemente, seguiría en África, salvando almas para Jesús.
Indignado, tanto por la injusticia cometida con Antonin como por lo que su primera reacción revelaba de sus propios prejuicios, Brunetti dijo:
– ¿Y él no protestó? Era inocente.
– Pobreza. Castidad. Obediencia. -Ella marcó una pausa después de cada palabra-. Por lo visto, Antonin se toma en serio sus votos. De modo que obedeció la orden de Roma, regresó e hizo su trabajo en Abruzzo. Pero alguien debió de descubrir lo que había sucedido realmente. Quizá el periodista lo contó a alguien, y Antonin fue enviado a Venecia.
– ¿Él ha contado a alguien la verdad? -preguntó Brunetti.
La joven se encogió de hombros.
– Él hace su trabajo, visita a los enfermos, entierra a los muertos.
– ¿Y trata de impedir que sigan cometiéndose fraudes? -apuntó Brunetti.
– Eso parece -admitió ella mal de su grado, optando por mantener intacta su suspicacia sobre el clero, a pesar de la evidencia. Se inclinó hacia adelante, empezando a levantarse-. ¿Quiere que siga investigando a Leonardo Mutti?
A pesar de que el instinto le decía que no debía perder más tiempo con esto, Brunetti se sentía en deuda con Antonin y manifestó:
– Sí, por favor. Antonin dijo que Mutti es de Umbria. Quizá allí encuentre algo.
– Sí, comisario -afirmó ella acabando de ponerse en pie-. Vianello me dijo lo de esa niña. Qué horror.
¿Se refería a la muerte, a la enfermedad o a que probablemente había muerto mientras robaba o a que nadie la había reclamado? En lugar de preguntárselo, Brunetti respondió:
– No me la quito de la cabeza.
– Lo mismo dice Vianello. Quizá se mitigue la impresión cuando se resuelva el caso.
– Sí. Quizá -respondió Brunetti. En vista de que él no decía más, la joven volvió a su propio despacho.
Tres días después, pasaron a Brunetti una llamada del puesto de carabinieri de San Zaccaria.
– ¿Es usted el que pregunta por la gitana? -inquirió una voz de hombre.
– Sí.
– Me han dicho que le llame.
– ¿Usted es?
– Maresciallo Steiner -respondió el hombre, y al oír el nombre, Brunetti comprendió que el leve acento que vibraba en la voz era alemán.
– Muchas gracias por llamar, maresciallo -dijo Brunetti, optando por la cortesía, aunque tenía la impresión de que no serviría de mucho.
– Padrini me ha enseñado la foto que trajo su hombre. Dice que quiere información.
– Exactamente.
– Mis hombres la trajeron un par de veces. Se siguió el procedimiento habituaclass="underline" llamar a una agente femenina, esperar a que llegue y registrar a la niña. Registrar a las que han detenido con ella. Lo mismo cada vez. Luego llamar a los padres. -Una pausa y Steiner prosiguió-: O a los que dicen ser los padres. Esperar a que lleguen o, si no se presentan, llevar a los críos al campamento y entregarlos. Es el procedimiento. Ni comentarios, ni cargos, ni siquiera una palmada en la mano para que no vuelvan a hacerlo. -Las palabras de Steiner expresaban sarcasmo pero el tono era de fatiga y resignación.
– ¿Puede decirme, en concreto, quién la ha reconocido? -preguntó Brunetti.
– Como ya le he dicho, dos de mis hombres. Era muy bonita, no parecía una de ellos. Por eso la recuerdan.
– ¿Podría ir a hablar con ellos? -preguntó Brunetti.
– ¿Por qué? ¿Es que ustedes van a llevar el caso?
Inmediatamente, Brunetti se puso en guardia, decidido a evitar todo conato de conflicto de competencias que pudiera estar previendo el maresciallo y dijo amigablemente:
– No creo que pueda hablarse de caso propiamente dicho, maresciallo. Sólo necesito de sus archivos un nombre y, si fuera posible, una dirección, para obtener de los padres una identificación positiva. -Brunetti hizo una pausa y agregó en tono de cómplice camaradería-: De los padres o de los que se digan sus padres. -Lo único que Brunetti oyó de Steiner fue un gruñido ahogado, que tanto podía ser de asentimiento como de aprobación, y prosiguió-: Cuando lo tengamos, podremos entregarles el cadáver y cerrar el caso.
– ¿Cómo murió? -preguntó el carabiniere.
– Ahogada, como decían los periódicos -respondió Brunetti, y añadió-: En esto, por lo menos, no se equivocaron. -Ahora el gruñido fue de inequívoca conformidad-. Sin señales de violencia. Debió de caer al canal. Probablemente, no sabía nadar -dijo, sin que se le ocurriera añadir: «la pobre».
– Sí; no deben de pasar mucho tiempo en la playa, ¿verdad? -dijo Steiner y esta vez tocó a Brunetti hacer sonido de asentimiento-. ¿Por qué va a molestarse en venir? Yo puedo darle la información por teléfono.
– No; quedará mejor en el informe poner que hablé personalmente con usted -dijo Brunetti en tono confidencial, como si hablara con un viejo amigo-. ¿Sería posible hablar también con sus hombres?
– Un momento, veré quiénes están aquí ahora. -Steiner dejó el teléfono y no volvió a levantarlo hasta al cabo de un buen rato-. No; los dos han terminado el servicio. Lo siento.
– ¿Podrá darme usted mismo la información, maresciallo?
– Aquí estaré.
Brunetti le dio las gracias, dijo que llegaría en veinte minutos y colgó.
Como tenía prisa, no se paró a decir a nadie adónde iba. Además, quizá fuera preferible ir solo, si más no, para dar a Steiner la impresión de que la policía no se tomaba mucho interés en la muerte de la niña sino que, simplemente, quería despachar el trámite. No es que Brunetti tuviera un motivo concreto para actuar con prevención frente a los carabinieri: su actitud obedecía a un instinto puramente atávico.
Camino del puesto de carabinieri, la imaginación de Brunetti pintaba a Steiner con los rasgos de un Übermensch tirolés: alto, rubio, ojos azules, mandíbula enérgica. El despacho al que fue introducido el comisario estaba ocupado por un hombre bajo y moreno que podía pasar perfectamente por sardo o siciliano. Tenía un pelo tan espeso y grueso que debía de costarle trabajo encontrar a un peluquero capaz de cortárselo. No obstante, los ojos eran gris claro y desentonaban de la tez oscura.