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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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– Usted se las da de listo, pero ya aprenderá… Aquí tendrá una buena escuela, se lo aseguro, tal vez en sus fauces. Un cuma es como un gato (y supongo que eso sí sabrá qué es), pero unas diez veces mayor. Y le gusta comer carne fresca y tierna de recién llegados del Este.

Yo ya tenía más que suficiente de aquel hombre.

– Me parece que se refiere usted a un puma. Si desea burlarse de la ignorancia de alguien, por lo menos debería pronunciar bien lo que le restriega por las narices.

– Llame a ese bicho como usted guste. Le arrancará las tetas igual…

– Ya basta. Se iba usted, ¿no? Pues hágalo -intervino Andrew y me rodeó los hombros con el brazo.

– Buena forma de dar las gracias a quienes los han traído a su casa -replicó Hendry.

Phineas me miró con rudeza.

– No importa -dijo-. Estarán muertos antes de que termine el invierno.

– No pueden dejarnos aquí… -Cuánto odié las lágrimas que se agolpaban en mis ojos, pero la perspectiva me resultaba insoportable-: ¿Habremos de dormir en el suelo como animales?

Andrew movió la cabeza.

– Claro que no. Sé construir un refugio y puedo resistir situaciones mucho peores que esta. Saldremos adelante, no te preocupes.

– No sé qué traen en el equipaje -dijo Hendry-, pero, por su aspecto, supongo que han venido sin nada y esperan que los espíritus del bosque les levanten una tienda de campaña. Bien, pues buena suerte, porque aquí se quedan ustedes solos.

De pronto, se oyó una voz a nuestra espalda:

– No dudo de que saldrán adelante pero, si no te importa, escoria, no lo harán solos.

Me volví y vi a dos docenas de hombres y casi el mismo número de mujeres, alguna de las cuales llevaba un niño agarrado a la falda o un bebé en brazos. También había animales, un cuarteto de robustos caballos, un par de mulas y media docena de perros retozones. Casi todos los hombres vestían indumentaria del Oeste, portaban armas de fuego y machetes, y llevaban un tomahawk colgado del cinto. Tenían el aspecto de blancos salvajes, envueltos en pieles de animales, pero a pesar de todo transmitían una profunda humanidad.

El que había hablado se adelantó al resto del grupo. Era un hombre alto, casi un gigante, y tenía todo el aspecto de un tipo de la frontera con ropas propias del Oeste y unas patillas rojizas que, si no largas, al menos eran floridas. Por lo que hacía a los bigotes, le caían del rostro con un curioso realce.

El hombre se quitó el gorro de piel de mapache e hizo una reverencia, dejando a la vista una cabeza completamente calva.

– Lorcan Dalton, a su servicio -dijo con una voz cargada de evocadoras reminiscencias irlandesas y, cubriéndose otra vez, añadió-: Enseguida volveremos a las presentaciones, pero antes devolvamos a estos villanos a su amo.

– No es necesario que nos insulte -dijo Phineas.

– Si queréis buen trato, dejad a Tindall -replicó Dalton.

Hendry volvió el caballo para quedar de frente al hombre.

– Hablas como si tuviéramos que temerte, irlandés.

Lorcan Dalton sonrió, mostrando una boca de dientes marrones uniformes.

– Antes, era Reynolds quien traía a los nuevos. ¿Ya no lo hace? Supongo que a esa bella esposa suya que se quedó en el Este no le gustará la cicatriz.

Hendry no dijo nada. El y Phineas ataron los caballos y las mulas y se alejaron sin volver la vista atrás.

– No lamento nunca verle la espalda a ese hombre -dijo Dalton-, y solo me gustaría su cara si tuviera una bala entre los ojos. Es peor que cualquier indio y solo lo compensa con su falta de astucia. Bien, dejemos que las mujeres empiecen a prepararnos algo de comer mientras los hombres trabajamos. Aquí viene mucha gente, señor Maycott, que nunca antes se había ensuciado mucho las manos, pero a usted no se lo ve de esos. Parece que está acostumbrado al trabajo duro.

– Supongo que sí -respondió Andrew-. Pero ¿qué trabajo es ese?

– Lo traen a uno aquí -dijo Dalton- y lo dejan que se las componga solo. ¿Por qué no habían de hacerlo? Tindall y Duer… A esos dos les da igual si vivimos o no; casi preferirían que muriésemos, pues recuperarían la tierra y podrían entregársela a otra víctima. Por eso no se molestan en hacer nada contra los pieles rojas. Pero, aquí, unos cuidamos de otros. Muchos tipos de la frontera se han vuelto salvajes, apenas mejores que un indio, pero aquí no dejamos que eso suceda. Los recién llegados reciben la ayuda que necesitan y lo único que pedimos a cambio es que echen una mano cuando llegue el siguiente.

– Por supuesto -asintió Andrew. Observé que estaba conmovido ante tamaña solidaridad. En el Este, tal vez habría dado rienda suelta a sus emociones, pero en la frontera del Oeste no había lugar para un hombre sensible.

– Ahora, necesitarán un sitio para dormir -continuó Dalton- y hemos venido a construirles uno. Y será mejor que nos pongamos manos a la obra antes de que se oculte el sol.

Y así sucedió que nuestro primer día en nuestra nueva tierra nos mostró tanto la más profunda bajeza de la codicia y la malicia humanas, como la gran generosidad del corazón humano.

Aquellos hombres demostraron una destreza asombrosa en talar árboles, cortarlos a medida y, con unas cuerdas que se pasaban por los hombros y los pies bien afirmados, como caballos de tiro, arrastrarlos hasta donde habían de emplearse. Mi inocencia, junto con su determinación en la labor, en la que más parecían abejas que seres humanos, me llevó a creer que construirían una cabaña entera allí mismo. Sin embargo, no habíamos de tener tal lujo. Lo que montaron fue, en cambio, una especie de cobertizo, un refugio hecho de troncos y compuesto de solo tres paredes, con un fuego en el lado abierto para dar calor a los habitantes y mantener a distancia a las fieras. El techo consistía en una combinación de travesaños y bálago que resultaría de limitado valor si llovía con intensidad, pero el abrigo era mucho mejor que pasar la noche al raso, como había llegado a creer que nos veríamos obligados a hacer.

Andrew traía consigo las herramientas de su oficio y los endurecidos hombres de la frontera quedaron complacidos e impresionados de su dominio de la carpintería. Parecía conocer una nueva manera de machihembrar los troncos y todos se alegraron de que el nuevo colono se sumara a la comunidad, si podía emplearse tal término en aquel remoto rincón.

Mientras los hombres trabajaban, las mujeres me aleccionaron sobre el mejor modo de hacer una fogata y de buscar agua, y me ofrecieron más información de la que podía asimilar sobre el hilado del lino, la preparación de la carne de oso, los usos de la grasa de este y mil cosas más que al día siguiente ya no recordaba.

Nuestro tosco refugio quedó terminado poco antes de que oscureciera y pensé que iban a dejarnos solos en nuestra primera noche en el bosque, pero dio la impresión de que prestar ayuda al recién llegado era, en parte, una excusa para reunirse. A la fogata que ardía ante nuestro refugio se unieron varias más y, muy pronto, las mujeres se dedicaron a asar carnes y a cocer gachas, y me enseñaron a elaborar una clase de pan del Oeste que llamaban torta de maíz, hecha solo de harina de este cereal y agua, y cocida en piezas planas, adecuadas para llevarlas en una mochila.

Aquellas mujeres eran serviciales, pero reservadas; recelaban, pensé, de lo que consideraban un refinamiento propio del Este: mi educación, mi manera de hablar, mi evidente temor al Oeste y a su entorno. Con todo, se portaron muy bien conmigo y me explicaron cosas de la colonia, una confederación inconcreta de cabañas, vinculadas por poco más que una cierta proximidad y unos cuantos puntos de contacto sociaclass="underline" la iglesia, que carecía de clérigo salvo cuando se aventuraba por allí alguno itinerante, una tosca imitación de taberna que llamaban La Senda India, un molino y la casa de Lorcan Dalton, propietario del alambique de destilar whisky, lo cual lo convertía en una especie de noble de la zona.

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