Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
Luego, de la misma manera desquiciada en que había subido, el precio volvió a bajar y se hundió, creando pánico. Hamilton solo había conseguido salvar su banco gracias a que envió a sus agentes a las principales ciudades comerciales -Nueva York, Baltimore, Boston y Charleston, además de a Filadelfia- para comprar certificados y estabilizar el mercado. Muchos inversores incautos perdieron todo lo que tenían, pero algunos hombres avispados se enriquecieron aún más.
No había sucedido nada grave, cabría decir, pero hubo quienes no lo vieron de este modo. Thomas Jefferson, secretario de Estado y enemigo acérrimo de Hamilton, arguyó que aquella locura demostraba que el banco era una fuerza destructora. Jefferson y sus seguidores republicanos opinaban que el verdadero centro del poder del nuevo país debía ser la agricultura. Para ellos, un banco nacional ayudaría a comerciantes y hombres de negocios a convertir América en una copia de Gran Bretaña; es decir, en un nido de corrupción. En este punto, yo me inclinaba por dar la razón a los jeffersonianos aunque, en realidad, no me había parado a pensar demasiado en el asunto. Simplemente, estaba dispuesto a oponerme a cualquier cosa que Hamilton apoyase.
El centro de aquel nuevo complot americano de engaños y codicia era el Departamento del Tesoro, ubicado en aquel momento en un complejo de casas privadas contiguas, más o menos remodeladas para albergar el mayor de los ministerios del gobierno. Cruzamos la puerta principal y, en lugar de un vestíbulo austero e imponente, nos recibió un frenesí de actividad, apenas menos alborotado que el bullicio de los comerciantes en el exterior. Varios hombres escribían furiosamente tras sus mesas, o se apresuraban a llevar un montón absurdo de documentos hasta un lugar donde lo cambiaban por otro montón igualmente absurdo. Por todas partes había oficinistas ocupados en contar y anotar y, según creían muchos, urdir la derrota de la libertad. Me presenté a un hombre apostado en la puerta, quien me lanzó una mirada muy inamistosa pero no tardó en dirigirnos a la oficina de Hamilton.
Hasta aquel momento, no había reflexionado lo que iba a suceder a continuación. Hamilton me había expulsado del ejército y había denigrado mi nombre, difundiendo al mundo la falsedad de que era un traidor. Sus acciones me habían llevado directamente a la muerte de mi gran amigo. Ahora, diez años después, me disponía a presentarme ante él, macilento y con los ojos enrojecidos, vestido con un traje arrugado y lleno de manchas, para suplicarle que me pusiera al corriente de lo que él parecía considerar secretos de Estado. Sentí cólera y humillación y deseé escapar de allí pero, por el contrario, continué caminando como avanza un hombre hacia la soga de la que va a colgar.
Respiré profundamente e intenté imaginar por anticipado la escena que encontraría. Desde mi regreso a Filadelfia, había visto varias veces a Hamilton por la calle, pero me había mantenido a distancia, sin querer ningún trato con él. No había tenido ocasión de verlo cara a cara desde el final de la guerra y me alegró observar que no lucía su mejor aspecto. Aunque solo me llevaba un par de años, parecía casi diez mayor que yo. Con el cargo se había puesto orondo y lucía una papada considerable y unas marcadas bolsas debajo de los ojos. Su nariz era larga, como siempre, pero parecía estar creciéndole, como sucede con las narices de los viejos, y había empezado a perder pelo, lo cual debía de haber disgustado a su natural vanidoso y libertino. Claramente, los deberes y dificultades de ser uno de los hombres más odiados de la nación habían empezado a cobrarse un precio. También habían afectado a su indumentaria, pues llevaba unas prendas descoloridas y lustrosas en algunas partes de tanto usarlas. Un secretario del Tesoro quizá debería presentarse en público con un poco más de prestancia, pero incluso yo sabía que los rumores que corrían respecto a que se había enriquecido con fondos públicos eran falsos. La verdad, menos popular, era que Hamilton se había dedicado tanto a promover sus políticas que había permitido que se resintieran sus propias finanzas.
Pero, aunque su aspecto no fuese el mejor, seguía manteniendo las formas y se puso en pie cuando entramos en su despacho, de aire espartano y escaso de toques decorativos, pero abundante en archivos, volúmenes financieros de aspecto imponente y mesas llenas de libros de contabilidad y de gráficas. En cuanto a su propio escritorio, estaba totalmente despejado, como si no se utilizara. Recordé, de sus tiempos de jefe del Estado Mayor de Washington, que Hamilton detestaba el desorden en sus cosas.
Se levantó de su asiento, revelando así su corta estatura, y se acercó a nosotros. Me tendió la mano efusivamente y fue tal mi sorpresa que no pude sino corresponder a su gesto.
– Capitán Saunders, cuántos años…
Parecía complacido de verme, lo cual me dejó perplejo. Lo normal es que un hombre odie por encima de todos a aquel al que ha ofendido, pero allí estaba Hamilton, sonriente, entrecerrando los ojos de satisfacción y ruborizado de placer. Tal vez mi presencia le traía agradables recuerdos de su vida de joven oficial en una guerra trascendental. O quizá, simplemente, se alegraba de verme con un aspecto tan menesteroso.
Solté su mano enseguida, pues no me gustó el contacto.
– Sí, muchos años, en efecto.
– Tanto tiempo… -repitió, sin saber qué más decir. Miró a Leónidas y se le iluminó el rostro, sin duda con la esperanza de aliviar la tensión-. Por favor, presénteme a su acompañante.
Lo dijo sin ninguna inflexión en la voz, pero yo sabía que solo lo movía la malicia. Hamilton desaprobaba el maltrato a los negros y se oponía a toda forma de esclavitud.
– Es mi esclavo, Leónidas.
Hamilton, entonces, meneó la cabeza y recurrió a su encanto, con justicia legendario.
– Tome asiento, se lo ruego -dijo, señalando un juego de sillas colocado delante de su escritorio-. Estoy terriblemente ocupado. No se imagina lo escaso que ando de tiempo, pero puedo dedicar unos minutos a un antiguo camarada. Debería decir que espero que se encuentre bien, capitán, pero presumo, si me disculpa por comentar lo que es obvio, que se halla usted en algún apuro. Si ha venido a pedir ayuda, veremos cómo podemos prestársela.
Me asombró su presuntuosidad, haciendo corteses observaciones sobre mi aspecto y sugiriendo que, en efecto, estaba dispuesto a ayudarme. ¿Acaso olvidaba que era él quien me había arruinado la vida, quien me había expulsado del ejército y se había asegurado de que corriera la voz de mi supuesta traición? ¿Tan intrascendente era aquello para él, que se le había borrado de la cabeza? ¿A tantos había causado el mal a lo largo de aquellos años, que ya no recordaba siquiera las circunstancias particulares de su perfidia? ¿O solo disfrutaba haciéndose el déspota munificente?
Leónidas y yo ocupamos dos sillas delante del escritorio. Hamilton volvió a su asiento, pero antes dio un rodeo hasta un bufete. Pensé que se disponía a ofrecernos una copa, pero me miró y cambió de idea. Se sentó y adoptó una expresión de importante expectación.
Esperé un momento, con el fin de ponerlo ligeramente incómodo, de hacerlo sentirse un poco menos seguro de sí.
– He tenido unos últimos días difíciles -comenté por fin-, como atestigua mi aspecto, y creo que ello guarda una pequeña relación con cierta investigación que lleva usted a cabo en su departamento. Se interesa por los asuntos del señor Jacob Pearson, ¿me equivoco?
Hamilton titubeó un momento y asintió:
– No es de conocimiento público, ni quisiera que lo fuese; sin embargo, como parece usted familiarizado con algunos hechos generales, le diré que está en lo cierto, aunque le ruego su silencio.
La petición resultaba irónica, pensé, viniendo de él.
– Si se trata de eso, descuide. No obstante, resulta que mi camino se ha cruzado con el de su pariente, el señor Lavien.
– No es pariente mío -replicó Hamilton con cierta energía. Bastante duro le resultaba ya que el mundo supiera que había nacido bastardo en las Antillas, pero si ahora habían de considerarlo medio judío, se moriría de vergüenza-. No obstante, es un hombre notable.