Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– Por supuesto que no tolero los insultos a Washington -respondí-. Lo venero como debe hacerlo todo patriota, pero no se trata de eso. Por lo que estoy viendo, usted no quiere que ayude a la hija de Fleet porque teme a Jefferson. Tal vez debería ir a hablar con él…
– ¡Ni se le acerque! -soltó Hamilton. Ahora, su voz era casi un susurro-. Manténgase a distancia de Jefferson, de la señora Pearson y de esta investigación. No permitiré que su curiosidad ponga en peligro todo lo que he intentado llevar a cabo.
¿Todo lo que había intentado llevar a cabo? Allí, era evidente, sucedía mucho más que lo que Hamilton quería reconocer, pero no me hice ilusiones de poder convencerlo para que me pusiera al tanto. Más bien, intenté mostrarme razonable.
– Entonces, póngame a trabajar en otro asunto -le propuse. Si aceptaba, me pagaría, lo cual me sería de gran provecho, y después me pondría a investigar lo que me apeteciera.
Hamilton dijo que no con la cabeza. Mi prontitud en cambiar de tema pareció relajarlo considerablemente; el sonrojo de sus mejillas se moderó y su postura se relajó un poco.
– Ojalá pudiera, capitán, pero mírese. No son las diez de la mañana y ya está usted obnubilado por la bebida. Vive usted en un desorden terrible. Déme unas horas para arreglar el asunto de su casera y luego váyase a casa, descanse y piense en su futuro. Dentro de unos meses, venga a verme. Si ha mejorado en el asunto del orden, hablaremos entonces de ocupar un puesto.
– No debo de ser el único hombre de Filadelfia que se toma un trago por la mañana -dije yo.
Hamilton se inclinó hacia delante.
– No soy tonto, capitán. Conozco la diferencia entre un bebedor y un borracho.
Estuve tentado de ponerme en pie y proclamar mi indignación, pero no tuve coraje. Incluso obnubilado por la bebida, seguía siendo mejor que Lavien o que nadie que Hamilton prefiriese contratar antes que a mí. No tuve la menor duda de que, muy pronto, los hechos lo demostrarían.
Capítulo 10
Joan Maycott
Primavera de 1789
Nuestra reunión con el coronel Tindall me dejó la sensación de que la propia tierra hubiera sido rota en pedazos y vuelta a recomponer, aunque no precisamente del modo que era antes. Salimos de su casa como de un funeral, abrumados y tensos. El cielo era de un azul intenso, dotado de esa luminosidad que con tanta frecuencia parece contraponerse a nuestra agitación interior, pero sobre Pittsburgh se alzaba una columna de humo y llamas como una visión del infierno. Para aumentar este efecto, encontramos a Reynolds esperando junto a un par de mulas, en las que ya estaban cargadas nuestras pertenencias. Reynolds nos observó detenidamente, tratando quizá de descubrir cómo nos había ido con Tindall. Luego, se echó a reír.
– Hendry y Phineas llegarán enseguida y los llevarán a su parcela. Yo no puedo acompañarlos. -Dirigió una mirada hacia la extensión de tierras vírgenes y añadió-: No estoy hecho para eso…
Andrew no dijo nada; dejó que el silencio hiciera de réplica fulminante.
– Tengo que regresar al Este con mi esposa -continuó Reynolds, como si todos fueran viejos amigos-. Es muy guapa, como la de usted. No conviene que un hombre esté lejos de su mujer demasiado tiempo.
Andrew no abrió la boca.
– Mire, Maycott, permita que le dé un consejo. Sé que no nos hemos llevado bien durante el camino basta aquí, pero debía mantener el orden y es lo que hice. No crea que tenía nada contra usted. Y no crea que no sé cómo están las cosas con Tindall. O sea, ¿y qué si desea a su mujer? ¿Qué significa eso? Es un viejo, y probablemente no podría hacer mucho de todos modos. ¿Por qué no darle lo que pide? Usted consigue algo a cambio y en realidad no le cuesta nada.
– ¿Usted prostituiría a su mujer? -preguntó Andrew.
Reynolds se encogió de hombros.
– Depende de lo que sacara de ello. Si estuviera en su lugar, vaya si lo haría. Y Tindall no me ha mandado que le dé este consejo. Solo digo lo que pienso.
Le tendió la mano para despedirse y, cuando vio que Andrew no le correspondía, se encogió de hombros otra vez y se alejó hasta perderse de vista en los establos.
Esperamos una hora hasta que Hendry y Phineas aparecieron a caballo. Nos proporcionaron unos jamelgos en los huesos y pronto tomamos un camino de tierra entre la espesura, bastante pisado y salpicado de marcas de herraduras y restos de estiércol viejo.
Cabalgamos por terreno agreste durante más de medio día, cruzando densos bosques de robles, arces, castaños y abedules rodeados de zarzas, peñas y troncos podridos, grandes y adornados como monumentos. También encontramos animales: vimos ciervos que se dispersaban y huían a lo lejos y algún que otro lobo siguió nuestro rastro al trote por el camino, con la boca abierta en relajado desafío. También encontramos otras criaturas silvestres: a lo largo del sendero apenas reconocible, pasábamos de vez en cuando junto a pequeños grupos de cabañas y veíamos unas gentes sucias y desarrapadas que detenían su trabajo para observarnos. Hombres tuertos alzaban la cabeza de su campo de labor, del árbol que talaban o de la piel que estaban curtiendo. Las mujeres parecían asilvestradas, con el rostro requemado por el sol y gesto de abatimiento, el cuerpo torcido y encorvado y un aspecto mucho más terrible que el de la criatura más miserable que habíamos visto en Pittsburgh. Comprendí, sin que nadie tuviera que decírmelo, que si la vida en el Oeste resultaba dura para los hombres, lo era doblemente para las mujeres. Una vez terminada la caza y el cultivo y el desmonte, el hombre podía sentarse con su whisky y su petaca de tabaco, pero a la mujer todavía le quedaba cocinar y coser e hilar. Temí en lo más profundo convertirme en una de aquellas mujeres rotas, espantosas. No me asustaba perder lo que los hombres llamaban belleza, pero temía la pérdida del ánimo y del humor y del amor a la vida; de todo lo que hacía mi alma humana y vibrante.
Finalmente, y sin aparente motivo, Hendry ordenó un alto. Estábamos en una parte del bosque en absoluto distinta, a mi modo de ver, a cualquier otra. Mientras se hurgaba una costra de la cara, nuestro guía miró alrededor como si hiciera inventario de árboles, rocas y cielo.
– Miren ahí -dijo, señalando un gran peñasco situado ladera arriba, a unos quinientos pasos-. Ese es el límite de sus tierras por el norte. Y esos árboles gruesos que dejamos ahí atrás, los que tenían la pintura blanca en el tronco, son el límite por el sur. Por allí hay un montón de serpientes de cascabel, si les preocupan esos bichos. A mí me traen sin cuidado. La parcela alcanza al este y al oeste hasta el primer arroyo en cada dirección. Ahora, descarguen las mulas y que les vaya bien.
– ¿Qué? -exclamé. Quería ser tan estoica y resuelta como Andrew, pero no pude evitarlo-. ¿Van a dejarnos en plena espesura sin un techo bajo el que refugiarnos?
– A mí no me preocupa si tienen techo -replicó Hendry-. Lo que me preocupa es llevar de vuelta los animales. Esta tierra es suya, ustedes la quisieron y aquí la tienen. Hagan con ella lo que quieran. Si no les gusta vivir aquí, vayan a buscar alojamiento a la ciudad. A mí tanto me da, aunque les aconsejo que estén prevenidos contra los «cumas». Esta primavera hay demasiados.
– ¿Qué es un cuma? -preguntó Andrew.
Hendry miró a Phineas y los dos se echaron a reír.
– ¡No saben qué son los cumas! -comentó Phineas con un tono inconfundible de crueldad-. Supongo que ya lo descubrirán.
A Hendry había empezado a gotearle la nariz como consecuencia de sus jubilosas carcajadas. Se la secó con la manga.