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Callejón Fleshmarket

Электронная книга - «Callejón Fleshmarket». Краткое содержание книги:

En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.
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– Pues adelante. Pero nada de fotos -añadió Davidson poniéndole la mano en el hombro.

– Pierde cuidado, Shug.

Rebus subió en el ascensor al segundo piso y fue hasta la puerta 202. Miró hacia abajo y vio que Davidson examinaba los deterioros externos de la caseta y que no se veía por ninguna parte a Reynolds con el té prometido.

La puerta estaba abierta y entró sin llamar. Era un piso alfombrado con una especie de retales y había una escoba apoyada en la pared del vestíbulo. Un escape de agua había dejado su huella oscura en el techo color crema.

– Estoy aquí -oyó decir a Dirwan.

Se encontraba sentado en el sofá del cuarto de estar. El calefactor tenía las dos resistencias encendidas y el vaho cubría las ventanas. Se oía una música étnica suave procedente de un casete y, de pie, frente al sofá, un hombre y una mujer ya mayores.

– Siéntese aquí -dijo Dirwan dando una palmadita sobre el sofá y sosteniendo en la otra mano un platillo con una taza.

Rebus se sentó y la pareja inclinó levemente la cabeza en respuesta a su sonrisa de saludo. Sólo después de sentarse advirtió que no había más sillas y que la pareja permanecía de pie por necesidad. Al abogado no parecía importarle.

– El señor y la señora Singh llevan aquí once años -dijo-. Pero les queda poco.

– Lo lamento -dijo Rebus.

Dirwan contuvo la risa.

– No van a deportarlos, inspector. A su hijo le han ido bien los negocios y tiene una buena casa en Barnton.

– En Cramond -corrigió el hombre.

Cramond era una de las mejores zonas de la ciudad.

– Una buena casa en Cramond -repitió el abogado- y van a mudarse a ella.

– En casa aparte -añadió la mujer complacida con la expresión-. ¿Quiere té o café?

– No, muchas gracias -dijo Rebus-. Pero querría hablar con el señor Dirwan.

– ¿Quiere que les dejemos a solas?

– No, no; podemos hablar fuera -respondió Rebus mirando intencionadamente a Dirwan.

Éste tendió la taza a la mujer.

– Dígale a su hijo que le deseo toda clase de parabienes -añadió elevando la voz exageradamente.

Los Singh le dirigieron una inclinación de la cabeza y Rebus se puso en pie. Tras estrecharles la mano, condujo a Dirwan a la galería.

– No me dirá que no es una familia encantadora -comentó Dirwan después de cerrarse la puerta-. Ya ve que los inmigrantes aportan también prosperidad a la sociedad.

– Nunca lo he puesto en duda. ¿Sabe que tenemos el nombre de la víctima? Stef Yurgii.

Dirwan lanzó un suspiro.

– Me he enterado esta mañana -dijo.

– ¿Ha visto las fotos publicadas en los tabloides?

– Yo no leo la prensa basura.

– ¿Pensaba comunicarnos que le conocía?

– Yo no le conocía. Conozco a la esposa y a los hijos.

– ¿Y no ha tenido ningún contacto con él? ¿No trató de hacer llegar a través de usted algún mensaje a su familia?

Dirwan negó con la cabeza.

– A través de mí, no. Se lo habría dicho a usted. Tiene que creerme, John -añadió mirándole fijamente.

– Sólo mis mejores amigos me llaman John -replicó Rebus-y la confianza hay que ganársela, señor Dirwan. -Se calló un momento para que lo pensase-. ¿No sabía que estaba en Edimburgo?

– No lo sabía.

– Pero se ocupa del caso de la esposa.

El abogado asintió con la cabeza.

– Escuche. No hay derecho. Nos llamamos civilizados, pero nos da igual que ella se pudra con los niños en Whitemire. ¿Ha estado allí?

Rebus asintió con la cabeza.

– Pues ya lo ha visto: no hay árboles, es como una cárcel, con el mínimo de enseñanza y de comida.

– Pero eso no tiene nada que ver con esta investigación -no pudo por menos de replicar Rebus.

– ¡Dios mío, no acabo de creerme lo que oigo ahora que ve personalmente los problemas del racismo en este país!

– Que no afecta a los Singh.

– Que los vea usted sonreír no significa nada -espetó de pronto Dirwan rascándose la nuca-. No debería tomar tanto té: calienta la sangre.

– Escuche, le doy las gracias por su ayuda por hablar con toda esa gente…

– Por cierto, ¿quiere saber qué he averiguado?

– Naturalmente.

– Estuve ayer toda la tarde yendo de puerta en puerta y esta mañana desde primera hora. Claro que hubo muy pocos que me dijeran algo interesante o que aceptasen hablar conmigo.

– Gracias por intentarlo.

Dirwan aceptó el cumplido con una inclinación de cabeza.

– ¿Sabe que Stef Yurgii era periodista en su país?

– Sí.

– Pues bien, los que le conocían en el barrio lo ignoraban. Pero él sabía llegar a la gente y lograr que hablaran, cosa natural en un periodista, ¿de acuerdo?

Rebus asintió con la cabeza.

– Pues Stef hablaba con la gente de sus vidas y les preguntaba datos muy relacionados con su propio pasado.

– ¿Cree que pensaba escribir algo sobre ese tema?

– Es una posibilidad.

– ¿Y qué me dice de su amiga?

Dirwan negó con la cabeza.

– Nadie la conoce. Claro que, teniendo mujer e hijos en Whitemire, es muy posible que no le interesara hacer pública esa relación.

Rebus asintió con la cabeza.

– ¿Alguna cosa más? -inquirió.

– De momento no. ¿Quiere que siga llamando a las puertas?

– Sé que es una tarea ingrata…

– ¡Ni mucho menos! Empiezo a hacerme una idea de este barrio y estoy conociendo a gente que a lo mejor quiere formar una asociación.

– ¿Como la de Glasgow?

– Exactamente. La unidad hace la fuerza.

Rebus reflexionó un instante.

– Bien, le deseo suerte. Y gracias de nuevo -añadió estrechando la mano que le tendía sin que le inspirara plena confianza.

Al fin y al cabo era un abogado y, además, tenía sus propios planes.

Alguien avanzaba por la galería y se apartaron para dejar paso. Rebus vio que era el jovenzuelo del día anterior; el de la piedra. Les miró sin saber a cuál de los dos dirigir mayor desprecio, se detuvo ante los ascensores y pulsó el botón.

– Me han dicho que te gustan los tatuajes -dijo Rebus, al tiempo que se despedía de Dirwan con una inclinación de cabeza y se acercaba al chico, quien dio un paso atrás como si viera a un apestado.

Ninguno de los dos apartaba los ojos de la puerta del ascensor, en tanto que Dirwan, después de llamar sin resultado al 203, se dirigió al 204.

– ¿Qué quiere? -murmuró el joven.

– Pasar buenamente el día. Es lo que hacen los seres humanos: comunicarse, ¿sabes?

– ¿Y a mí qué coño me importa?

– Y también aceptamos la opinión de los demás. Al fin y al cabo, cada uno es como es.

Se oyó un leve sonido metálico al abrirse las puertas del ascensor de la izquierda y Rebus, que se disponía a entrar, al ver que el joven se quedaba atrás, le agarró de la cazadora y le arrastró dentro, sujetándole hasta que se cerraron las puertas. El chico trató de zafarse para pulsar el botón de apertura, pero el ascensor inició el descenso.

– ¿Te gustan los paramilitares esos de la UVF? -prosiguió Rebus.

El joven se limitó a apretar los labios.

– Claro, me imagino que es una especie de cobijo -añadió Rebus como hablando para sus adentros-. Los cobardes necesitan algo en que escudarse. En cuanto a esos tatuajes, ya verás qué bonitos resultan cuando te cases y tengas hijos, vecinos católicos y un jefe musulmán.

– Sí, hombre, me gustaría verlo.

– Vas a ver muchas cosas que no podrás evitar, hijo. Te lo dice alguien con experiencia.

El ascensor se detuvo pero las puertas no se abrieron lo deprisa que el joven esperaba, y él las forzó y salió corriendo. Rebus le vio cruzar la zona de juegos bajo la mirada de Shug Davidson, que observaba la escena desde la puerta de la caseta.

– ¿Haciendo amistades en el barrio? -dijo.

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