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Callejón Fleshmarket

Электронная книга - «Callejón Fleshmarket». Краткое содержание книги:

En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.
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– ¿Y qué?

– Quiero saber cómo acabó bajo un suelo de hormigón en el callejón Fleshmarket.

– Y yo -replicó él con desdén-. Tal vez pueda venderle la idea a papá para una miniserie.

– Después de cogerlo de la facultad… -añadió ella para darle pie.

Cater movió el vaso formando espuma en la cerveza.

– ¿Me toma por una cita barata que a la primera copa lo cuenta todo?

– De acuerdo, pues… -dijo Siobhan levantándose.

– Termínese la copa al menos -protestó él.

– No, gracias.

Él movió la cabeza de un lado a otro.

– Bueno, como quiera. Siéntese -añadió con un gesto de invitación- y se lo contaré.

Siobhan estaba indecisa, pero acabó por acomodarse en la silla frente a él, al tiempo que Cater desplazaba hacia ella el agua tónica.

– Dios, cuando se embala qué exagerada es.

– Seguro que usted también -replicó ella alzando el vaso.

Al entrar en el bar había pedido ginebra y tónica, pero se las arregló para hacer una seña a Harry e indicarle que no echara ginebra, por eso le había resultado barata la cuenta a Cater.

– Si se lo cuento, ¿acepta que vayamos a comer un bocado después?

Ella le miró furiosa.

– Es que estoy hambriento -insistió él.

– En Broughton Street encontrará un buen quiosco de patatas fritas y pescado.

– ¿Cerca de su piso? Podríamos comprar la cena y llevárnosla allí.

Esta vez Siobhan no pudo evitar una sonrisa.

– Nunca se rinde, ¿verdad?

– No, si no estoy totalmente seguro.

– ¿Seguro de qué?

– De que a la mujer no le intereso -respondió con una sonrisa de oreja a oreja.

El de la mesa contigua se aclaró la garganta mientras pasaba una página.

– Ya veremos -respondió ella, y añadió-: Aún tiene que hablarme de los huesos de Mag Lennox.

Él miró al techo, pensativo.

– Qué tiempos aquellos… Esto será confidencial, ¿no? -espetó.

– Pierda cuidado.

– Pues sí, tiene razón, decidimos tomar prestada a Mag porque íbamos a dar una fiesta y pensamos que sería divertido. La ocurrencia nos vino por una fiesta de un estudiante de veterinaria que sacó un perro disecado del laboratorio y lo puso en el baño, y cada vez que alguien tenía que…

– Ya me lo imagino.

Él se encogió de hombros.

– Es lo que hicimos nosotros con Mag. La pusimos en una silla presidiendo la mesa y luego creo que hasta bailamos con ella. Estábamos todos un poco bebidos, pero pensábamos devolverla…

– ¿Y no lo hicieron?

– Bueno, es que cuando nos despertamos por la mañana se había marchado por sí sola.

– No me venga con cuentos.

– Bien, pues alguien se la llevó.

– Con el esqueleto del niño. ¿Lo cogieron cuando la facultad renovó el material?

Él asintió con la cabeza.

– ¿No averiguaron quién se los llevó?

Cater negó con la cabeza.

– Éramos siete en aquella cena y a continuación vino la fiesta con veinte o treinta personas. Pudo ser cualquiera de ellas.

– ¿Tiene algún sospechoso en particular?

Cater reflexionó un instante.

– Pippa Greenlaw vino con un tipo algo basto, pero era un ligue ocasional y nunca más se supo.

– ¿Tenía nombre?

– Yo diría que sí -respondió él mirándola-, aunque no creo que fuera tan sexy como el de usted.

– Esa Pippa, ¿es también médica?

– Dios, no. Trabaja en relaciones públicas. Ahora que lo pienso fue así como conoció a su galán. Un futbolista. -Hizo una pausa-. Bueno, quería ser futbolista.

– ¿Tiene algún número de teléfono de Pippa?

– Debo de tenerlo… No sé si será el mismo… -añadió inclinándose hacia delante-. Claro que no lo llevo encima. Por consiguiente, creo que tendremos que acordar otro rendez-vous.

– Sí; es decir, usted me llama y me lo dice -replicó ella tendiéndole una tarjeta-. Si no estoy, deje el mensaje a la telefonista de la comisaría.

La sonrisa de Cater se suavizó mientras la miraba e inclinaba la cabeza a un lado y a otro.

– ¿Qué pasa? -inquirió ella.

– Estoy pensando hasta qué extremo esa actitud de Dama de Hielo es pura pose. ¿Nunca abandona su papel? -añadió estirando el brazo por encima de la mesa, asiéndola de la muñeca y besándosela.

Siobhan se zafó de un tirón; él se reclinó en el asiento con cara de embeleso.

– Fuego y hielo -musitó Cater-. Una buen mezcla.

– ¿Quiere ver otra buena mezcla? -dijo el cliente de la mesa contigua cerrando el periódico-. ¿Qué tal un puñetazo en la cara y una patada en el culo?

– ¡Oh, cielos, sir Galahad! -exclamó Cater riendo-. Lo siento, amiguete, no hay ninguna damisela que requiera sus servicios.

El hombre se puso en pie y se situó ante ellos, pero Siobhan se interpuso tapando a Cater.

– Déjalo, John -dijo, y añadió para Cater-: Más vale que se escabulla.

– ¿Conoce a este primate?

– Es colega mío -dijo Siobhan.

Rebus estiró el cuello pare ver mejor a Cater.

– Dele ese número, amigo. Y déjese de galanteos.

Cater se levantó, recreándose en apurar despacio su cerveza.

– Ha sido una velada deliciosa, Siobhan. A ver si la repetimos. Con o sin mono amaestrado.

– ¿Ese Aston de fuera es suyo, amigo? -preguntó el barman asomándose a la puerta del salón.

– Es bonito, ¿verdad? -replicó Cater con soltura.

– Pues no sé, pero un cliente lo ha confundido con un urinario.

Cater ahogó un grito y subió corriendo los escalones hacia la salida. Harry les dirigió un guiño y volvió a la barra, mientras ellos se miraban intercambiando una sonrisa.

– Pegajoso de mierda -murmuró Rebus.

– Tal vez sea comprensible, teniendo en cuenta quién es el padre.

– Sí, claro, su papá se lo ha dado todo hecho -comentó Rebus sentándose a su mesa, al tiempo que Siobhan volvía la silla hacia él.

– Puede que sea una pose.

– Como la tuya, Dama de Hielo.

– ¿Y la tuya, señor Hosco?

Rebus hizo una mueca y se llevó el vaso a los labios. Siobhan había advertido la manera que tenía de abrir la boca al beber, como si mordiera el líquido con los dientes.

– ¿Quieres otra? -dijo.

– ¿Tratas de retrasar el momento de la verdad? -replicó él en broma-. Bueno, ¿por qué no? Más barato que allí, será.

Siobhan volvió con las bebidas.

– ¿Qué tal en Whitemire?

– Lo mejor que cabía esperar. Un guardián sacó a Ellen Wylie de sus casillas. -Rebus le explicó la visita hasta aquella escena final-. ¿Por qué crees que se pondría así?

– ¿Sentido innato de la justicia? -aventuró ella-. A lo mejor tiene antepasados emigrantes.

– ¿Como yo?

– Es verdad; me dijiste que eras de origen polaco.

– Yo no. Mi abuelo.

– Seguramente aún tendrás familia en Polonia.

– Dios sabe.

– Bueno, piensa que yo también soy inmigrante, ya que mis padres son ingleses y me criaron al sur de la frontera.

– Pero naciste aquí.

– Y me llevaron a Inglaterra cuando estaba en pañales.

– Eres escocesa, no puedes negarlo.

– Yo sólo digo…

– Somos una nación mestiza. De siempre. Colonizada por los irlandeses y violada y pillada por los vikingos. Cuando era niño, todas las tiendas de pescado y patatas fritas las regentaban italianos y en clase tenía compañeros de apellido polaco y ruso… -Miró su vaso-. Y no recuerdo que a nadie le apuñalaran por eso.

– Pero tú te criaste en un pueblo.

– ¿Y qué?

– Me refiero a que Knoxland es distinto.

Él asintió con la cabeza y apuró la cerveza.

– Vamos -dijo.

– Me queda medio vaso.

– ¿Acaso se raja, sargento Clarke?

Siobhan ahogó una protesta, pero se puso en pie.

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