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Callejón Fleshmarket

Электронная книга - «Callejón Fleshmarket». Краткое содержание книги:

En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.
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– Suelo trabajar a partir de fotos -dijo ella-. Quería que viera éstas.

Señaló unos primeros planos de rostros en los que la cámara había enfocado específicamente los ojos. Rebus vio desconfianza, miedo, curiosidad, indulgencia y buen humor. Tantas miradas por doquier le hacían sentirse como un objeto y así se lo dijo a ella, que se mostró complacida.

– En la próxima exposición que haga no voy a dejar un solo espacio en las paredes. Las cubriré totalmente con rostros pintados que exijan que se les haga caso.

– Rostros que nos miren -comentó Rebus asintiendo con la cabeza-. ¿Dónde las ha hecho?

– En muchos sitios: en Dundee, en Glasgow, en Knoxland.

– ¿Son todas de inmigrantes?

Ella asintió con la cabeza mirando las fotos.

– ¿Cuándo estuvo en Knoxland?

– Hace tres o cuatro meses. Pero me echaron a patadas al cabo de dos días.

– ¿A patadas?

– Bueno, digamos que me hicieron ver que allí estaba de más -replicó ella volviéndose.

– ¿Quién?

– La gente de allí, la intolerancia, las personas resentidas.

Rebus miró más detenidamente las fotos, pero no vio ninguna cara conocida.

– Algunos se niegan a que les hagan fotos, y yo lo respeto.

– ¿Pregunta sus nombres?

Ella asintió con la cabeza.

– ¿Conoció a alguien llamado Stef Yurgii?

Ella comenzó a negar con la cabeza, pero de pronto se puso tensa y abrió exageradamente los ojos.

– ¡Me está interrogando!

– Ha sido una simple pregunta -replicó él.

– Se hizo el amable ofreciéndose a llevarme en el coche… -añadió ella meneando la cabeza, contrariada por haber caído en la trampa-. Dios, y yo le invito a subir a mi casa.

– Caro, yo estoy resolviendo un caso, y si quiere que le diga la verdad, me ofrecí a traerla por simple curiosidad. Nada más.

Ella le miró a la defensiva cruzando los brazos.

– Curiosidad ¿por qué exactamente? -inquirió.

– No lo sé… Tal vez intrigado por el hecho de que se manifestara frente a Whitemire. No me pareció el prototipo.

– ¿Qué prototipo? -replicó ella entrecerrando los ojos.

Rebus se encogió de hombros.

– No iba despeinada y con guerrera, ni con mirada de mala leche y un perro atado con cuerda de tender… ni va atiborrada de piercings -dijo tratando de quitarle hierro al asunto.

Vio con alivio que ella se relajaba, le dirigía una breve sonrisa, bajaba los brazos y metía las manos en los bolsillos.

Abajo, en el piso, se oyó el llanto de un niño.

– ¿Es suyo? -preguntó Rebus.

– Ni siquiera estoy casada, de momento.

Empezó a bajar la estrecha escalera, mientras él lo pensaba un instante antes de seguirla, convencido de que todos aquellos ojos le miraban.

Vio una puerta abierta en el pasillo; la de un pequeño dormitorio con una cama donde una mujer de piel oscura y ojos somnolientos estaba sentada dando el pecho a una niña.

– ¿Estás bien? -preguntó Quinn a la joven.

– Bien -contestó ella.

– Te dejo, entonces -dijo Quinn cerrando la puerta.

– Te dejo -se oyó decir dentro del cuarto.

– ¿Sabe dónde la encontré? -preguntó la pintora a Rebus.

– ¿En la calle?

Ella negó con la cabeza.

– En Whitemire. Es enfermera y no le dejan trabajar aquí. En Whitemire hay médicos, maestros… -Sonrió al ver la cara que ponía él-. Pierda cuidado, que no la saqué a escondidas ni nada de eso. Si se avala a una persona con un dinero, dando una dirección, la ponen en libertad.

– ¿De verdad? No lo sabía. ¿Cuánto cuesta?

– ¿Está pensando en ayudar a alguien, inspector? -replicó ella sonriendo.

– No… Era por saberlo.

– Mucha gente como yo ha avalado a detenidos. Incluso algún diputado del parlamento escocés. -Hizo una pausa-. Lo dice por la señora Yurgii, ¿verdad? La vi volver al centro en un coche celular con los niños y no había pasado una hora cuando llegó usted con los juguetes. -Hizo otra pausa-. No aceptarán el aval.

– ¿Por qué no?

– Porque se considera que existe riesgo de fuga, probablemente debido a que su esposo se escabulló.

– Pero ha muerto.

– No creo que eso cambie las cosas -dijo ladeando la cabeza como estudiando sus facciones-. ¿Sabe una cosa? Tal vez le juzgué precipitadamente. ¿Tiene tiempo para tomar un café?

Rebus consultó el reloj fingiendo pensárselo.

– Tengo que hacer -contestó a la vez que sonaban unos bocinazos en la calle-. Además, habrá que apaciguar al conductor de ese Mini.

– Pues en otra ocasión.

– Eso es -asintió él tendiéndole una tarjeta-. Por detrás está anotado el número de mi móvil.

Ella sostuvo la tarjeta en la palma de la mano como sopesándola.

– Gracias por traerme -dijo.

– Avíseme cuando inaugure la exposición.

– Tendrá que venir con dos cosas: el talonario de cheques…

– ¿Y qué más?

– Su conciencia -añadió abriéndole la puerta.

Capítulo 13

Siobhan estaba harta de esperar. Había llamado de antemano al hospital y aunque solicitaron la presencia del doctor Cater por megafonía, éste no había aparecido, en vista de lo cual decidió ir personalmente en coche y preguntar por él en recepción. Volvieron a llamarle por los altavoces con idéntico resultado.

– Estoy segura de que está aquí -dijo una enfermera que pasó por su lado-. Le he visto hace media hora.

– ¿Dónde? -preguntó Siobhan.

Pero la enfermera no lo recordaba bien y mencionó varias posibilidades que ahora ella estaba verificando, a través de salas y pasillos, escuchando tras las puertas, atisbando por rendijas entre tabiques divisorios y esperando fuera de los cuartos de consulta a que salieran los pacientes para comprobar que el médico que los atendía no fuera Alexis Cater.

«¿En qué puedo servirle?» le habían preguntado más de diez veces, y tras preguntar por el doctor Cater, había recibido respuestas contradictorias.

«Puedes correr pero no esconderte», se dijo para sus adentros al entrar en un pasillo por el que sin lugar a dudas ya había pasado diez minutos antes. Se detuvo ante una máquina de bebidas y sacó un Irn-Bru, que fue bebiendo mientras proseguía su búsqueda. Sonó su móvil y por la pantalla vio que la llamada era de otro móvil.

– Diga -contestó doblando un recodo.

– ¿Shiv? ¿Es usted?

Se detuvo de pronto.

– Claro que soy yo. Está llamando a mi teléfono, ¿no?

– Bueno, si se pone así…

– Un momento, un momento -replicó ofuscada-. Le estoy buscando.

– He oído rumores -dijo Alexis Cater conteniendo la risa-. Me alegra saber que soy tan popular.

– Pero cayendo en picado al final de la lista en este momento. Creí que habíamos quedado en que me llamaría.

– ¿Ah, sí?

– Para darme detalles sobre su amiga Pippa -añadió Siobhan sin ocultar su exasperación, llevándose la lata a los labios.

– Se estropeará los dientes -dijo Cater.

– ¿Qué…?

De pronto cayó en la cuenta y, al darse la vuelta, vio que el médico la observaba por el cristal superior de una puerta batiente del centro del pasillo, y se dirigió hacia él enfurecida.

– Bonitas caderas -le oyó decir.

– ¿Cuánto tiempo lleva siguiéndome? -preguntó ella por el teléfono.

– Hace un rato -contestó él empujando el batiente y cerrando el teléfono al mismo tiempo que ella.

Llevaba la bata blanca abierta enseñando la camisa gris y una corbata verde guisante estrecha.

– Quizá tenga usted tiempo para jugar, pero yo no.

– ¿Y por qué se ha tomado la molestia de venir en coche hasta aquí? Habría bastado con una llamada.

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