El Baile De La Victoria
- Автор: Skármeta Antonio
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Baile De La Victoria». Краткое содержание книги:
Al salir de la cárcel, un imaginativo joven y un famoso ladrón tienen dificultades para rehacer su vida. El dispar dúo decide que la única salida que les queda es dar el Gran Golpe. Pero en la vida de ambos se cruza la joven Victoria, un talento natural para la danza, hermosa y sensible, asediada sin embargo por el desamparo familiar.
– ¿De qué va a vivir, maestra, si renuncia? -preguntó, Vergara Grey.
– Algo conseguiré. En la Oficina del Trabajo, o tal en provincias.
– ¿En serio me encuentra parecido a Luppi?
– Bastante. Algo más gordito, sí.
– Es por la vida sedentaria.
– ¡Ajá! ¿A qué se dedica usted?
El hombre buscó inspiración en los retratos de los profesores que colgaban de las paredes y luego bajó confiado la vista.
– Soy prestamista.
– ¿Y gana mucho con eso?
– Bueno, Por el momento presto, pero aún no cobro.
– ¡Debe de tener un buen capital!
– No crea. Carezco de dinero, pero me sobra paciencia.
Ángel Santiago lo miró severo y luego lo apuritó descaradamente con el índice.
– Una paciencia que lo pudre, señora Sanhueza. La del gusano que se come a su cadáver bajo tierra.
– ¿Y qué quieres que haga, muchacho?
– No sé lo que hará usted, pero yo me voy a recorrer Santiago hasta que encuentre a Victoria. ¿Usted cree, profesora, que le puede haber pasado algo?
– Lo único que me tranquiliza es que esa chica tiene la danza, y ésa es una buena razón para vivir.
– Tenía la danza, maestra. Démonos prisa, don Nico.
El joven besó una mejilla de doña Elena y Vergara Grey le levantó un brazo y rozó galante con su bigote la mano derecha. Ella se hundió en el sillón justo bajo el tragaluz, acaso con la esperanza de que el cielo se abriera y por allí se filtrara un rayo de sol. Al llegar a la puerta, el, joven tuvo la sensación de que la sala era más enorme y fría en ese momento. Se sintió tan cerca de la profesora y de su desconsuelo que quiso llevársela a cualquier parte. Sacarla de ahí.
«¿Para ofrecerle qué? -pensó-. ¿Trotar por las calles de Santiago sin certidumbres ni recursos?»
La llamó suave antes de abandonar la sala, Ella acomodó sus anteojos con el propósito de focalizarlo a la distancia y puso una mano en caracol sobre su oreja para oírlo mejor.
– Así como está, maestra, parece un cuadro de Hopper -le dijo.
VEINTICUATRO
Los pasajes en el centro de Santiago son laberintos. Pequeñas cuevas de comerciantes, parecen fachadas de algo oculto. Ahí la ciudad es de nadie. Apenas un permanente tránsito de pequeñez y mediocridad. Todo es ordinario y sexual. Las farmacias homeopáticas y los zapateros remendones. Las oficinas de la lotería y las agencias hípicas. Las vitrinas con ropa interior femenina. Los escaparates con condimentos orientales para los refugiados del Perú. Los juguetes traídos de Hong Kong. Aviones de plástico con trompas de elefante. Bacinicas con la sonrisa de Mickey Mouse. Insecticidas al lado de ventiladores. Vídeos con carátulas de samuráis. Mercerías con cintas nupciales. Mendigos ofreciendo pañuelos de papel para las narices agripadas. Minifaldas a punto de explotar sobre nalgas rollizas. Galanes que fuman eternamente un cigarrillo a la espera de que a alguien se le caiga algún billete al comprar una revista. Florerías con coronas baratas para difuntos indigentes. Timadores que arrojan tres monedas sobre las baldosas y luego que aplastan una con el zapato piden que se apueste dónde está. Reparadores de neumáticos de bicicletas desinflados. Infinitas farmacias con Yerbas para el hígado, la gonorrea, el tratamiento de piedras Vesiculares y el aumento benigno de la próstata. Y en el centro de todo, con escalas cubiertas de alfombras que en alguna otra década fueron muelles y elegantes, los cines rotativos que comienzan a funcionar antes de la hora del almuerzo. Los espectáculos para solitarios y cesantes. desdentados y prófugos. Para los amantes de las pan con artes marciales y suecas incansables galopando veloces o africanas en algún lugar turístico del Mediterráneo.
Preguntaron por Victoria en la peluquería del portal frente al cine dando sus señas. No la habían visto, y si la hubieran visto, la gente de por aquí es muy discreta, cada uno se mete en lo suyo, teñidos de canas muy firmes a dos pesos para el caballero, y para usted corte lolo con puparadas y mucha brillantina por mil quinientos, masajes de dos tipos, decentes y completos con chiquillas,` veinticinco a cuarenta, según la edad sale el precio; también hay masajes de caballeros para caballeros.
Vergara Grey dejó que manara la charlatanería, entremedio podría conseguir alguna pista sobre el destino de la muchacha. Sabía que el estilo policíaco de ir al grano ahuyentaba a los eventuales informantes y mostraba poca comprensión de que la gente tuviera aversión hacia los chicos listos que preguntaban demasiado. En tanto, Santiago miró los afiches del film de hoy. Sexo en la prometía juegos de cocos y bananas, un gorila potente dejaba chico a King Kong, y bandas de holandeses que raptaban doncellas para exportarlas a los países árabes. Le dijo a Vergara Grey que entraría un ratito sólo para ver si encontraba a la muchacha. Que le diera unos cinco minutos hasta que su vista se acostumbrara a la penumbra, y que por ningún motivo se fuese, pues contaba a firme con el como capital para las clases de ballet. «Lo prometido es deuda»dijo el maestro, y entró a una tienda de revistas usadas a hojear la revista Estadio, de los tiempos en que Carlos Campa cabeceaba los comers en la «U».
No le hizo comentarios al boletero y él mismo le cortó entrada diciendo que el acomodador no había venido por culpa de la famosa gripe. Que se sentara en la última fila y que luego buscara una ubicación mejor.
La temperatura del cine era hoy más fría que la de la calle, un ventilador daba vueltas en el techo más para dispersar los malos olores que para entibiar la atmósfera. El film transcurría en una pantalla antigua, de las cuadradas, y las rayas en las imágenes concordaban bien con el chirrido de la banda sonora. En el interior de una choza iluminada por antorchas, una mujer rubia de senos magros y cabellera abundante sostenía una culebra e intentaba con desesperada coquetería introducírsela en el vientre. Dos jóvenes vestidos en shorts, con pelo rizado y las manos sobre sus sexos, jugaban a subir y a bajar el cierre éclair, dando señales de excitación ante el trabajo de la actriz, que mientras maniobraba a la fiera con una mano, con la otra les suplicaba que le acercaran sus vergas.
Desde la pantalla no rebotaba la luz. Era una copia oscura, y a medida que el joven iba discerniendo más del contenido de la sala, se dio cuenta de porqué la oscuridad era tan perfecta. En las filas delanteras pudo discernir parejas que, abrazadas, se besaban largamente, y a mujeres solitarias que se desplazaban de las butacas para irse a sentar junto a un hombre o una dama solitaria. Intercambiaban palabras, caramelos o cigarrillos, y pronto iniciaban un contacto corporal que los llevaba a agitarse y a gemir. Una de esas mujeres que recorrían las hileras se sentó a su lado y, sin dejar de mirar la pantalla, le puso delante del pecho un paquete.
– ¿Querís un chiclet?
– Bueno -dijo Ángel.
Tomó uno y el sabor a menta Adam’s se esparció por su lengua. La mujer le puso una mano en la rodilla.
– ¿Primera vez que venís aquí?
– Sí.
– ¿Conocís las tarifas?
– No.
– Te dejo que me agarrís las tetas y me metái el dedo en la hucha por tres mil pesos, ¿ya?
– ¿Aquí mismo?
– Ando en pelotas debajo del abrigo. Los cuadritos y el sostén los tengo en la cartera. Siempre traigo chicle menta porque a veces los huevones andan con mal aliento. Aquí a los clientes les gusta mucho el trago.
– La verdad, oye, es que yo no vine para esto.
– No me vayái a decir que eres fanático del séptimo.
– Lo que pasa es que ando buscando a alguien.
– ¿A quien?
– A mi hermana. Dijo que vendría al cine y no se si está.
Un hombre robusto se sentó en la punta de la hilera y los resortes del butacón rechinaron bajo su peso.
– Aquí vienen puras putas, cabrito. Anda a buscar a tu hermana en la parroquia. Queda a la vuelta de la esquina.