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Música en la sangre

Электронная книга - «Música en la sangre». Краткое содержание книги:

Vergil Ulam era el genio del proyecto biológico. La reestructuración de las células. Células capaces de pensar. Cuando Genetron canceló el proyecto, Vergil sacó el trabajo de su vida fuera del laboratorio del único modo que podía: Inyectándose el mismo con ellas. Al principio, los efectos de los linfocitos inteligentes se redujeron a pequeños milagros, su vista , su estado general de salud, incluso su vida sexual, mejoraron. Pero ahora, algo extraño está ocurriendo. La trama celular de Vergil está capacitada para formar organismos complejos e incluso sociedades completas en su sangre y en su cuerpo. Vergil lleva consigo un universo. Un universo de células.
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—¿Resolvería el problema un ataque nuclear? No soy experto en epidemiología, ¿podría ser América realmente esterilizada?

—Es muy poco probable, y los rusos lo saben bien. Ya sabemos bastante respecto a la precisión de sus misiles, media de errores, y todo lo demás. Todo lo que conseguirían sería como máximo quemar quizá la mitad de Norteamérica, lo suficiente para destruir todas las formas de vida. Pero eso resultaría inútil. Y las radiaciones, para no hablar de los cambios meteorológicos y los azares biológicos de las nubes de polvo, serían enormes. Pero… —se encogió de hombros—. Son rusos. Usted no se acuerda de ellos en Berlín. Yo sí. Era sólo un muchacho, pero me acuerdo de ellos, fuertes, sentimentales, crueles, hábiles y estúpidos a la vez.

Bernard se abstuvo de comentar el comportamiento alemán en Rusia.

—¿Entonces qué les detiene?

—La OTAN. Francia, sorprendentemente. Las fuertes objeciones de la mayoría de los países no alineados, especialmente los de América Central y del Sur. Ya hemos hablado bastante de esto. Necesito un informe.

—A la orden —dijo Bernard, haciendo el saludo militar—. Me encuentro bien, aunque un poco abotargado. Estoy considerando el volverme loco y armar un montón de ruido. Me siento como en una cárcel.

—Comprensible.

—¿Se han presentado ya voluntarias?

—No —dijo Paulsen-Fuchs, moviendo la cabeza. Con toda seriedad, añadió—.

No lo entiendo. Siempre se ha dicho que la fama es el mejor afrodisíaco.

—Da lo mismo, supongo. Si es de algún consuelo, no he notado el menor cambio en mi anatomía desde anteayer.

Había sido entonces cuando las líneas de su piel habían empezado a remitir.

—¿Se ha decidido usted a continuar los tratamientos de lámpara?

Bernard asintió.

—Por lo menos me ocupan en algo.

—Todavía estamos considerando antimetabolitos e inhibidores de polimerasa de ADN. Los animales infectados no muestran ningún síntoma; aparentemente a sus noocitos no les gustan los animales. Por lo menos aquí. Hay todo tipo de teorías. ¿Nota usted dolores de cabeza, musculares o cosas de ese tipo, incluso si antes eran normales en usted?

—Nunca me he sentido mejor en mi vida. Duermo como un bebé, saboreo la comidas, y no me duele nada. Sólo algún picor ocasional en la piel. Oh… y a veces una especie de picor interno, en el abdomen, pero no estoy seguro de dónde exactamente. No es muy molesto.

—Un cuadro de la salud —dijo Paulsen-Fuchs, acabando de escribir su informe—. ¿Le importa si controlo su honestidad?

—No queda otra elección, ¿verdad?

Le hacían un reconocimiento médico completo dos veces al día, con la regularidad que permitían sus impredecles períodos de sueño. Se sometía a ellos con una leve mueca paciente; la novedad de un examen llevado a cabo por medio de robots Waldo había pasado hacía tiempo.

El ancho panel se abrió y una bandeja que contenía tarros de cristal e instrumental médico se deslizó hacia adelante. Los cuatro largos brazos de plástico y metal se desplegaron, mientras sus partes flexibles se estiraban a modo de prueba. Una mujer de pie en la cabina de detrás de los brazos miraba a Bernard a través de la ventana de doble cristal. Mientras, la cámara de televisión montada en el codo de uno de los brazos giraba, con la luz roja encendida.

—Buenas tardes, doctor Bernard —dijo la mujer amablemente. Era joven, austeramente atractiva, y llevaba su rojo cabello recogido hacia atrás en un elegante moño.

—La quiero, doctora Schatz —dijo él, mientras se estiraba sobre la mesa baja, que rodaba bajo los robots y la bandeja.

—Sólo para usted, y sólo por hoy, Frieda. También nosotros le queremos, doctor —dijo Schatz—. Y si yo fuera usted, no me querría en absoluto.

—Está empezando a gustarme esto, Frieda.

—Hmf… —Schatz estaba sirviéndose del Waldo de maniobra fina para levantar una ampolla de la bandeja. Con misteriosa precisión, guió la aguja hacia adentro de una vena y retiró diez centímetros cúbicos de sangre. Observó con algún interés que la sangre tenía un color rosa purpúreo.

—Tenga cuidado de que no se venguen mordiéndole a usted —la avisó.

—Tenemos mucho cuidado, doctor —contestó.

Bernard notó que había tensión tras de su chanza. Podía haber muchas cosas que no estuvieran diciéndole respecto a su estado. ¿Pero por qué esconderlas? El ya se consideraba un hombre desahuciado.

—No me está hablando claramente, Frieda —le dijo mientras ella aplicaba una cinta de cultivo de piel en su espalda. El robot retiró la cinta de un tirón y la dejó caer en uno de los tarros. Otro de los brazos tapó rápidamente el tarro y lo selló dándole un pequeño baño de cera derretida.

—Oh, yo creo que sí estamos haciéndolo —contestó ella dulcemente, concentrándose distante—. ¿Qué preguntas tiene usted?

—¿Quedan células en mi cuerpo que no hayan sido convertidas?

—No todas son noocitos, doctor Bernard, pero la mayoría han sido alteradas de algún modo, sí.

—¿Qué hacen con ellas después de estudiarlas?

—Para entonces, están todas muertas, doctor. No se preocupe. Tenemos mucho cuidado.

—No me preocupo, Frieda.

—Eso está bien. Ahora dése la vuelta, por favor.

—La uretra otra vez no.

—Me han dicho que esta fue una vez un muy caro lujo entre los jóvenes caballeros adinerados de la República de Weimar. Una rara experiencia en los burdeles de Berlín.

—Frieda, voy de asombro en asombro.

—Sí. Ahora, por favor, dése la vuelta, doctor. Se tendió boca arriba y cerró los ojos.

24

Las velas estaban alineadas en la ventana del entresuelo del largo vestíbulo que da a la plaza. Suzy se fue hacia atrás para observar el efecto que producían.

El día antes, se había abierto paso por entre una porción de pátina marrón que el viento había levantado y había encontrado una tienda de cirios. Con la ayuda de otro carrito robado de un colmado armenio de South Street, había transportado un cargamento de velas votivas hacia el World Trade Center, donde se había establecido en el piso bajo de la torre norte. Era en la parte alta de este edificio donde había visto la luz verde.

Quizá los submarinos o aviones pudieran encontrarla gracias a las velas. Y la movía otro impulso, también uno tan tonto que le hacía reír el pensarlo. Estaba decidida a contestar al río. Ordenó las velas sobre el alféizar de la ventana, las encendió una por una, y miraba sus cálidas llamas envueltas en la gran oscuridad del entorno.

Se puso a disponerlas en espirales a lo largo del suelo, pero tuvo que retroceder para irlas espaciando al ver el montón que se había traído consigo disminuía. Encendió las velas y anduvo de llama en llama sobre la ancha alfombra, sonriendo a las luces, sintiéndose vagamente culpable al ver que la cera goteaba.

Se comió un paquete entero de M amp;Ms y se sentó a leer una copia de la revista Ladies Home Journal a la luz de cinco cirios agrupados, y que había cogido en un puesto de periódicos. Era buena para la lectura —lenta, pero sabía gran cantidad de palabras—. Las páginas de la revista, con su abundancia de anuncios y las delgadas columnas de párrafos sobre ropa constituyeron para ella una agradable dosis de tranquilizante.

Tendida de espaldas sobre la alfombra, cerca del carrito de la comida y del carrito vacio de las velas, se preguntaba si se casaría algún día —si quedaría alguien con quien casarse— y si llegaría a tener una casa donde poder aplicar algunas de las cosas que ahora estaba meditando.

«Probablemente no», se dijo. «Seguro que tendré que acabar solterona.» Nunca había salido con nadie durante mucho tiempo, ni siquiera con Cary, y se había graduado en las clases especiales del instituto con la reputación de ser simpática… pero sosa. Algunos parecidos a ella eran como más salvajes, e intentaban disimular el no ser demasiado brillantes haciendo montones de cosas atrevidas.

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