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Música en la sangre

Электронная книга - «Música en la sangre». Краткое содержание книги:

Vergil Ulam era el genio del proyecto biológico. La reestructuración de las células. Células capaces de pensar. Cuando Genetron canceló el proyecto, Vergil sacó el trabajo de su vida fuera del laboratorio del único modo que podía: Inyectándose el mismo con ellas. Al principio, los efectos de los linfocitos inteligentes se redujeron a pequeños milagros, su vista , su estado general de salud, incluso su vida sexual, mejoraron. Pero ahora, algo extraño está ocurriendo. La trama celular de Vergil está capacitada para formar organismos complejos e incluso sociedades completas en su sangre y en su cuerpo. Vergil lleva consigo un universo. Un universo de células.
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—Entendido —dijo Bernard con calma.

—Un viejo dicho alemán —dijo Paulsen-Fuchs mirándole fijamente—. «Es la bala que no oyes la que acaba contigo.» ¿Tiene esto sentido para usted?

Bernard asintió.

—Entonces al trabajo, Michael. Trabaje muy duro, antes de que estemos todos muertos por nuestra propia mano.

27

En el escritorio de uno de los vigilantes Suzy encontro una larga y potente linterna —muy moderna, negra como unos prismáticos y con un haz que podía ser enfocado o ampliado por medio de un botón—, y se dispuso a explorar la galería de tiendas y el pasillo de la planta baja que comunicaba las dos torres. Estuvo un rato probándose ropa en una de las boutiques, pero no podía verse muv bien a la luz de la linterna y se cansó pronto. Además, aquello tenía un aire un poco siniestro. Hizo un esfuerzo por animarse a ver si otros como ella habían entrado en el edificio, e incluso se aventuró brevemente por la estación de metro adyacente de la calle Cortlandt. Cuando comprobó que los pisos bajos estaban vacíos —excepción hecha de los ubicuos montones de ropa—, volvió a su «habitación de las velas», como ella la llamaba, y se puso a planear su ascensión.

Había encontrado un plano de la torre norte, y seguía con el dedo el perímetro del vestíbulo y de los pisos bajos. Al hojear todas las páginas del grueso manual, se dio cuenta de que el edificio no tenía largos segmentos de escalera, sino tramos situados en diferentes lugares de cada planta.

Eso dificultaría todavía más la subida. Encontró en el mapa la puerta de acceso al primer tramo y se encaminó hacia allá. Estaba cerrada. Volvió al escritorio del vigilante, tropezó ligeramente con un uniforme que yacía al lado y, al hacerlo descubrió un gran anillo con llaves sujeto a una cadena extensible. Desabrochó el cinturón, reparando en un sostén entre las ropas, y sacó las llaves.

—Perdóneme —musitó, volviendo a poner las ropas como estaban—. Me las llevo sólo un rato. Volveré pronto.

Se quedó quieta un momento, mordiéndose el pulgar hasta que dejó marcas visibles sobre él. Aquí no hay nadie, se dijo. No hay nadie en ninguna parte. Ahora estoy yo.

Se puso a leer lentamente las etiquetas de las llaves y al cabo de varios minutos encontró la que correspondía a la puerta en cuestión. La escalera era de hormigón y acero. En el piso siguiente desembocaba en un corredor. Se acercó a la esquina y echó un vistazo a un blanco pasillo que llevaba a las puertas de varios despachos, alguna de las cuales ostentaban una placa con nombres y otras estaban simplemente numeradas. Miró dentro de algunas de las oficinas, pero sacó poco en claro.

—Bueno —pensó—. Se trata de hacer una excursión, una larga excursión.

Necesitaré comida y agua.

Miró sus zapatilas deportivas y suspiró. Tendrían que resistir, a menos que decidiera tomarle prestados los zapatos a…

Esa idea no le gustaba. Bajó al vestíbulo y cogió una bolsa de plástico de detrás del puesto de periódicos y la llenó con comida ligera de la que tenía en el carrito.

Con el agua iba a resultar más difícil; las botellas de plástico abultaban mucho para que las pudiera colgar cómodamente de su cinturón, pero decidió que no había otra alternativa. Y si encontraba agua en el piso superior —seguro que había fuentes—, podría abandonar las botellas.

Empezó el ascenso a las ocho y media de la mañana. Era mejor, pensó, subir diez pisos seguidos y luego descansar, o explorar y ver lo que se vería desde cada nivel. De ese modo, podría llegar a la cima al final del mismo día.

Iba de tramo en tramo tarareando Michelle, agarrándose al pasamanos de acero y atravesando puerta tras puerta. Intentó establecer un ritmo. Kenneth y Howard se la habían llevado una vez de excursión por Maine, y había aprendido que los excursionistas han de llevar un cierto ritmo. Seguir un ritmo hacía mucho más fácil el camino; si rompías el ritmo para seguir a algún otro, te cansabas mucho antes.

—No hay nadie a quien seguir —pensó al llegar al cuarto nivel. Intentó de nuevo cantar Michelle, pero la tonadilla no se ajustaba a sus pasos, de modo que se puso a silbar una marcha de John Williams. En el noveno nivel empezó a sentirse mareada. —Uno más—. Y al llegar al décimo, se derrumbó de espaldas contra la pared de los ascensores, mirando hacia las puertas. —Quizá esta idea no fuera buena—. Pero era terca —su madre siempre lo decía, con algo de orgullo en la voz—, e iba a continuar. «No hay otra cosa que hacer»: sus palabras resonaron en el vacío rellano.

Cuando recuperó el aliento, se levantó y puso en orden la botella de agua y la bolsa de comida. Luego cruzó hacia la puerta siguiente y la abrió. Otro tramo de escalera. Luego otro vestíbulo, más pasillos, más oficinas. Se decidió a investigar una de las salas de descanso.

—A ver si hay agua —dijo. Miró las puertas de los lavabos de caballeros y señoras, sonrió y eligió el de caballeros. Enfocó la linterna hacia los espejos y los mingitorios, le picó la curiosidad y entró a ver el servicio. Nunca había visto hasta entonces mingitorios de porcelana adheridos a la pared. Incluso había olvidado cómo se llamaban. Luego miró por debajo de las puertas de los retretes y se estremeció, con miedo teñido de una perversa irrisión interior.

Vio un montón de ropas sobre el suelo en uno de los rertretes. «A este se lo tragó el retrete», murmuró, enderezándose mientras se le saltaban las lágrimas—.

Pobre hombre, maldita sea.

Se frotó los ojos con el revés de la manga y abrió el grifo de agua caliente de uno de los lavabos. Salió un poco de agua, y más al darle al grifo del agua fría, pero tenía buen aspecto.

Salió de los lavabos y se puso a recorrer el pasillo. Tras una gran puerta doble de madera con placas en las que había nombres en japonés, encontró una sala de espera, con sofás de terciopelo y mesas de cristal frente a un gran escritorio que había junto a una pared de color negro. No había ningún recepcionista detrás del escritorio, y tampoco un montón de ropas. Allí no había nada de interés.

Desde la ventana, miró a la plaza. El pavimento estaba ahora totalmente cubierto por la pátina marrón. «Sube», se dijo. «Escalera hacia el cielo. Si te mueres arriba, estarás más cerca. Pero sube.»

28

—Esto es como arrastrarse por una garganta —dijo John.

—Jesús, qué trágico eres.

—Pero es así, ¿no?

—Sí —contestó Jerry. Dio un gruñido y se inclinó más—. Estamos haciendo el tonto. ¿Por qué este montículo, y por qué ahora?

—Tú lo elegiste.

—Y no sé por qué. Quizá no haya ninguna razón.

—Da igual éste que otro, supongo.

Las paredes del túnel cambiaban progresivamente a medida que se adentraban más y más. Los grandes tubos carnosos habían dejado paso a una especie de tripas más delgadas, brillantes, y como pintadas con atomizador. John acercó la cara y la luz a esas superficies y vio los pequeños hoyuelos de la red de tubos totalmente llenos de diminutos discos, tubos y bolas, amontonados unos sobre otros El camino era cada vez más estrecho, y la púrpura esponjosa se abultaba en cordoncillos, y los cordoncillos corrían paralelos al túnel.

—Drenaje —señaló John.

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