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Música en la sangre

Электронная книга - «Música en la sangre». Краткое содержание книги:

Vergil Ulam era el genio del proyecto biológico. La reestructuración de las células. Células capaces de pensar. Cuando Genetron canceló el proyecto, Vergil sacó el trabajo de su vida fuera del laboratorio del único modo que podía: Inyectándose el mismo con ellas. Al principio, los efectos de los linfocitos inteligentes se redujeron a pequeños milagros, su vista , su estado general de salud, incluso su vida sexual, mejoraron. Pero ahora, algo extraño está ocurriendo. La trama celular de Vergil está capacitada para formar organismos complejos e incluso sociedades completas en su sangre y en su cuerpo. Vergil lleva consigo un universo. Un universo de células.
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Se puso a caminar calle abajo, al lado de los mismos coches aparcados, hacia la esquina, hacia el colmado, sin bolso ni dinero, con el abrigo sobre el pijama y la bata azul celeste; en medio del mundo exterior, para ver lo que hubiera que ver.

Incluso se sentía vagamente animada. Soplaba un viento fresco de otoño, y las hojas de los árboles que había entre las casas caían sobre el pavimento.

Pequeñas parras se retorcían sobre las vallas metálicas, y había macetas con flores en los repechos de las ventanas de los pisos bajos.

El colmado de Mitrídates estaba cerrado, con barras de hierro sobre la puerta principal. Echó un vistazo por entre las barras de las ventanas, preguntándose si habría manera de entrar, y se acordó de la puerta de servicio del lado opuesto. La puerta estaba entreabierta, pero tenía una pesada barra de metal negro sobre ella que tuvo que apartar para poderla abrir bien. Le pareció que aguantaría así y la soltó, pero se quedó mirándola un momento para asegurarse de que no se cerraría. En el pasillo de servicio, se tropezó con otro montón de ropas que cubría un delantal de tendero, pero lo dejó atrás y empujó la doble puerta batiente de acceso a la tienda desierta.

Metódicamente, Suzy fue hacia la entrada y cogió un carrito para meter las cosas. En el fondo del carrito había un comprobante de caja y una hoja de lechuga muy vieja. Pasó con el carrito por entre las estanterías, cogiendo lo que pensaba era un apropiado cargamento de alimentos. Sus hábitos alimenticios normales no eran de los mejores. Sin embargo, tenía mejor figura que la mayoría de los fanáticos de la comida sana y de las dietas que ella conocía —esto era algo de lo que estaba realmente oullosa.

Jamón enlatado, buey estofado, latas de pollo, vegetales y fruta frescos (que pronto escasearían, se imaginó), fruta en conserva, tantas botellas de agua mineral como pudo meter en una caja de licor que introdujo en el estante de debajo del carrito, pan y varios rollos de primavera de aspecto algo rancio, dos botellas de leche de la nevera aún frías. También una caja de aspirinas y un frasco de champú, aunque se pregunlaba cuánto tiempo seguiría saliendo agua del grifo.

Un bote grande de vitaminas. Intentó encontrar algo en los estantes de medicamentos que pudiera luchar contra lo que había contagiado a su familia, al cartero y al tendero, y quizá a todo el resto de la gente. Cuidadosamente, leyó y releyó las etiquetas de las botellas y las instrucciones de los prospectos, pero nada parecía apropiado al caso.

Luego empujó el carrito hacia la caja registradora, echó una mirada al pasillo y a la puerta de más allá, y se dirigió hacia allí con su carga. No había nadie a quien pagarle. De todas formas, no había traído dinero. A mitad de camino hacia la puerta, se acordó de algo y volvió hacia la caja.

Sobre un estante que había encima de la caja de caudales encontró una pesada pistola negra con un largo cañón. La cogió, apuntándola con cuidado hacia otro lado, hasta que encontró la manera de abrir el cilindro. Estaba cargada con seis grandes balas.

A Suzy no le gustaba la idea de tener que manejar una pistola. Su padre poseía varias armas de fuego, y unas cuantas veces que le había visitado, él siempre le aconsejaba que no se acercase a ellas, y que no las tocara siquiera. Pero las armas eran para protegerse, y ella no quería aquella para jugar, seguro. De cualquier modo, dudaba que supiera utilizarla.

Pero nunca se sabe, se dijo. La metió en una bolsa marrón que colocó en la cesta de la parte superior del carrito, luego empujó éste a lo largo del pasillo de servicio, por encima de las vacías ropas del tendero y hacia la acera.

Dejó la comida en la sala de su casa y se quedó de pie con una botella de leche en cada mano, intentando decidir si quería meterlos en la nevera.

—No durarán mucho si no lo hago —pensó, asumiendo un tono muy práctico—.

Oh, Dios mío —dijo, temblando violentamente.

Dejó los cartones sobre la mesa y se rodeó con los brazos. Cerró los ojos y se imaginó todas las cocinas de todos los hogares de Brooklyn llenas de ropas vacías y de cuerpos que se disolvían. Se inclinó sobre el pasamanos de la escalera y dejó caer la cabeza entre los brazos.

—Suzy, Suzy —susurró. Respiró hondo, se enderezó, y recogió las botellas—.

Ahí voy —dijo con forzada viveza.

La lámina marrón había desaparecido, dejando sólo los agujeros de la pared.

Abrió la nevera y dispuso los cartones de leche sobre el estante de abajo, luego miró a ver qué comida podía preparase para cenar.

Las ropas no estaban bien allí tiradas. Cogió la escoba y estiró el vestido de su madre para ver si había algo escondido bajo los pliegues; no había nada. Levantó el vestido con el pulgar y el índice. Cayeron el sostén y las bragas, y por el borde de las bragas asomó un tampón, blanco y limpio. Algo brillaba a la altura del cuello y se agachó para mirar. Pequeños trocitos de metal gris y dorado, de formas irregulares.

Empastes. Empastes dentarios y dientes de oro.

Recogió la ropa y la metió en el cubo grande de basura de la parte de atrás de la casa. Ya estaba bien, pensó. Adiós a mamá, a Kenneth y a Howard.

Luego barrió el suelo, apartando los empastes y el polvo (no había cucarachas muertas, lo cual era inhabitual) hacia un recogedor y tirándolo todo en el cubo de detrás de la nevera.

—Soy la única —dijo cuando terminó—. Soy la única persona que queda en Brooklyn. No me he puesto enferma —estaba al lado de la mesa mordiendo, pensativa, una manzana—. ¿Por qué? —se preguntó.

—Porque —se contestó, dando vueltas por la cocina y mirando de soslayo hacia los amenazadores rincones—, porque soy muy bella, y el demonio me quiere por esposa.

21

—Durante los últimos cuatro días —dijo Paulsen-Fuchs— han sido interrumpidos los contactos con la mayor parte de Norteamérica. La etiología de la enfermedad no se conoce con precisión, pero, al parecer la están estudiando exhaustivamente los epidemiólogos y otros científicos. Los materiales del señor Bernard indican que los causantes de la enfermedad son inteligentes, y capaces de emprender acciones directas.

Los visitantes que estaban en la cámara de observación —ejecutivos de Pharmek y representantes de cuatro países europeos—, sentados en las sillas plegables, ostentaban rostros impasibles. Paulsen-Fuchs estaba en pie, dando la espalda a la ventana de tres paneles, frente a los funcionarios de Francia y Dinamarca. Se dio la vuelta y señaló a Bernard, quien estaba sentado a su escritorio, dando ligeros golpes al tablero con una mano totalmente cubierta de cordoncillos blancos.

—Con gran riesgo y bastante temeridad, el señor Bernard ha venido a Alemania Federal con el ánimo de servir como sujeto para nuestros experimentos. Como pueden ver, nuestras instalaciones están convenientemente equipadas para mantener al señor Bernard en total aislamiento, y no hay necesidad de llevarle a otro laboratorio u hospital. De hecho, tal traslado resultaría altamente peligroso.

Sin embargo, estamos deseosos de escuchar sugerencias sobre el enfoque científico a seguir.

—Francamente no sabemos todavía qué tipo de experimentos emprender. Las muestras de tejidos del señor Bernard indican que la enfermedad —si en realidad debemos llamarla así— está extendiéndose rápidamente por su cuerpo, aunque en modo alguno deteriora sus funciones. De hecho, él afirma que, con la excepción de ciertos síntomas peculiares, que serán discutidos más tarde, nunca en su vida se ha sentido mejor. Y es notorio que su anatomía está siendo alterada substancialmente.

—¿Por qué no ha sido el señor Bernard transformado por completo —preguntó el representante de Dinamarca, un hombre regordete de aspecto juvenil con el pelo muy corto y espeso que llevaba un traje negro—. Nuestras escasas comunicaciones con los Estados Unidos indican que la transformación y disolución ocurren en la primera semana de infección.

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