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El fin de la infancia

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El fin de la infancia
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— ¿Y no dijo nada más?

— No… hasta que comencé a subir por la loma.

Entonces ocurrió otra cosa rara. ¿Conoces el camino de los acantilados?

— Sí.

— Yo estaba subiendo por ahí, pues es el más corto. Yo ya sabía lo qué pasaba. Había visto la ola. Además, hacía un ruido horrible. Y de pronto descubrí, que en medio del camino había una roca enorme. Nunca había estado. Y no me dejaba pasar.

— La habría hecho caer el terremoto — dijo George.

— Chist… Sigue, Jeff.

— No sabía qué hacer, y sentía que se acercaba la ola. Entonces la voz dijo: «Cierra los ojos, Jeffrey, y ponte una mano delante de la cara». Parecía un chiste, pero lo hice. Y entonces hubo como un gran fuego — alcancé a sentirlo — y cuando abrí los ojos la roca ya no estaba.

— Ya no estaba.

— No. Así que empecé a correr de nuevo, y por eso casi me quemo los pies, pues las rocas del camino estaban terriblemente calientes. El agua silbó cuando llegó a esas rocas, pero ya no podía alcanzarme, yo estaba muy alto. Y eso es todo. Bajé cuando la ola se retiró. Entonces descubrí que mi bicicleta no estaba más, y que se había roto el camino de los arrecifes.

— No te preocupes por la bicicleta, querido — dijo Jean abrazando a su hijo —. Te compraremos otra. Lo único que importa es que no te hiciste daño. No nos interesa saber cómo pasó.

Esto no era verdad, por supuesto, pues la conferencia comenzó tan pronto como Jean y George dejaron el cuarto. No sacaron nada en limpio, pero la reunión tuvo dos consecuencias. A la mañana siguiente, sin decirle nada a George, Jean llevó a su hijito al psicólogo de niños de la colonia. Jeff volvió a narrar su historia, sin azorarse ante la novedad del escenario. Más tarde, mientras su paciente rechazaba uno tras otro los juguetes amontonados en otra habitación, el psicólogo tranquilizó a Jean.

— Nada permite suponer la existencia de alguna anormalidad. Tenga en cuenta que el niño acaba de pasar por una experiencia terrible, y ha salido de ella notablemente bien. Es un niño muy imaginativo, y quizá cree que dice la verdad. Así que acepte la historia, y no se preocupe si no aparecen otros síntomas. En ese caso llámeme en seguida.

Esa misma noche Jean comunicó el veredicto a su marido. George no se mostró muy contento, y Jean atribuyó su preocupación a los destrozos sufridos por su amado teatro.

— Muy bien — se limitó a gruñir George y se puso a hojear el último número de La escena y el taller. Parecía como si hubiese perdido todo interés en el asunto, y Jean se sintió molesta.

Pero tres semanas más tarde, cuando se reabrió el camino, George y su bicicleta se encaminaron hacia Esparta. Trozos de coral cubrían las arenas y había un hueco en la hilera de los arrecifes. George se preguntó cuánto tiempo tardarían las miríadas de pacientes pólipos en reparar esos daños.

Sólo un sendero llevaba a la cima de los acantilados, y una vez que recobró el aliento, George comenzó la ascensión. Unas algas secas, atrapadas entre las piedras, señalaban el límite alcanzado por la ola.

George contempló largo rato, de pie en aquel solitario sendero, el sitio donde se veían las huellas de una roca hundida. Trató de decirse a sí mismo que se trataba de algún capricho volcánico, pero abandonó enseguida su idea. Su mente volvió a aquella noche, años atrás, en la que se había unido, junto con Jean, al tonto experimento de Rupert. Nadie había entendido de veras qué había pasado, pero George sabía, de algún modo, que esos dos sucesos tenían cierta relación. Primero, Jean; luego, su hijo. No supo si tenía que sentirse asustado o contento y murmuró entre dientes una silenciosa plegaria:

— Gracias, KarelIen, por lo que tu gente ha hecho por Jeff. Pero me gustaría saber por qué lo hicieron.

Bajó lentamente a la playa y las grandes gaviotas blancas volaron a su alrededor, decepcionadas al ver que no les arrojaba un poco de comida.

17

El pedido de Karellen, aunque se lo esperaba desde un principio, cayó como una bomba. Representaba, para todos, una crisis en los asuntos de la isla, y era imposible imaginar sus consecuencias.

Los superseñores no habían intervenido nunca en la colonia. La habían dejado completamente sola, ignorándola como a todas aquellas otras actividades que no tenían un carácter subversivo o no transgredían las leyes. No se sabía bien si los propósitos de la colonia podían llamarse subversivos. No tenía una intención política, pero representaba un anhelo de cierta independencia artística e intelectual. ¿Y quién podía saber qué saldría de eso? Karellen era capaz de prever el futuro de la colonia con más claridad que sus fundadores, y quizá no le gustaba.

Claro, si Karellen quería enviar un observador, inspector, o como se lo quisiera llamar, nadie podía impedírselo. Veinte años atrás los superseñores habían anunciado el abandono de todos los aparatos de observación, de modo que la humanidad no tenía por qué seguir pensando que vivía espiada. Sin embargo, la mera existencia de esos aparatos significaba que, si así lo querían los superseñores, no habría secretos.

Algunos de los isleños habían recibido con agrado el anuncio de esta visita, ante la posibilidad de aclarar un problema menor acerca de los superseñores: su actitud ante el arte. ¿Lo consideraban una aberración infantil de la raza humana? ¿Cultivaban alguna forma artística? En ese caso, ¿era el propósito de la visita puramente estético, o serían las intenciones de Karellen menos inocentes?

Todo esto era tema de interminables discusiones mientras se hacían los preparativos para recibir al superseñor. Nada se sabía de él, pero se daba por sentado que sería capaz de absorber cultura en enormes dosis. Se intentaría llevar a cabo algún experimento, y las reacciones de la víctima serían estudiadas por todo un batallón de mentes agudas.

En ese entonces el presidente del consejo era el filósofo Charles Yan Sen, un hombre irónico, pero fundamentalmente amable, que aún no había cumplido sesenta años y estaba por lo tanto en lo mejor de su vida. Platón hubiese aprobado a Sen como un buen ejemplo de estadista — filósofo, aunque Sen no aprobaba siempre a Platón en quien creía ver una grosera deformación de Sócrates. Sen era uno de los tantos isleños que tenían el propósito de sacar todo el provecho posible de la visita, aunque sólo fuese para mostrarles a los superseñores que los seres humanos conservaban aún su poder de iniciativa y no estaban «totalmente domesticados».

En Atenas no se podía hacer nada sin la autorización de un comité, esa piedra fundamental del sistema democrático. Ya alguien había definido la colonia como una cadena de comités. Pero el sistema daba resultado, gracias a los pacientes estudios de los psicólogos sociales, los verdaderos fundadores de Nueva Atenas. Como la comunidad era bastante reducida, todos podían tomar parte en su dirección, y ser de ese modo verdaderos ciudadanos.

Era inevitable que George Greggson, como miembro principal. de la jerarquía artística, estuviese en el comité de recepción. Pero para evitar cualquier error movió algunas influencias. Si los superseñores querían estudiar la colonia, George quería estudiar a los superseñores. Jean no se sentía muy feliz con este proyecto. Desde aquella noche, en casa de Boyce, había sentido una vaga hostilidad hacia los superseñores, aunque no podía explicar sus motivos. Deseaba relacionarse con ellos lo menos posible, y una de las principales atracciones de la isla había sido la posible independencia. Ahora temía que esta independencia estuviese amenazada.

El superseñor, para decepción de los que esperaban algo más espectacular, llegó sin ceremonias en una ordinaria máquina volante de fabricación humana. Podía haber sido el mismo Karellen, pues nadie era capaz de distinguir a un superseñor de otro con bastante seguridad. Todos parecían duplicados de un molde original y único. Quizá, y mediante ciertos desconocidos procedimientos biológicos, lo eran de veras.

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