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Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:

En el año 1399 circulan rumores apocalípticos por un Londres en un momento de terrible agitación. El convento de Santa María y el priorato de los caballeros templarios se comunican por un túnel subterráneo, el mismo en el que sor Clarisa vino al mundo. La joven novicia se ha convertido en centro de polémica por sus vaticinios, siendo considerada por unos una santa y por otros una simple loca. Una serie de acontecimientos extraños unidos a un cadáver, contribuirán a aumentar la inquietud de los habitantes de Londres y la secta de Dominus empieza a ir de boca en boca.
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
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En numerosas ocasiones, Coke Bateman había defendido al rey. Era propenso por naturaleza al respeto y al asombro ante la contemplación de la realeza. Sentía el mismo respeto cuando observaba el firmamento y las esferas que giraban. Se arrodilló ante la vidriera con el árbol de Jesé y se puso a rezar. Beata viscera Mariae Virginis. Bendito es el vientre de la Virgen María. Quae portaverunt aelerni Patris Filium. Lo perturbaron pensamientos inconexos. «Que dio a luz al Hijo del Padre eterno.» Era imposible que el vientre de la Virgen hubiese albergado al mismísimo Dios. ¿Podía contenerse la divinidad? ¿Se podía esconder en la carne humana?

Joan, la hija del molinero, había tenido un niño ilegítimo hacía poco; Coke Bateman había pedido a sor Clarice que aconsejara a Joan el camino que debía seguir. Para consternación de la señora Agnes de Mordaunt, la joven monja se había convertido en la fuente de autoridad más importante del convento, y Clarice recibía incluso la visita de delegaciones de ciudadanos que le pedían consejo sobre cuestiones cívicas. La priora había enviado a Robert Braybroke, obispo de Londres, una petición en la que le suplicaba…, mejor dicho, en la que le exigía que la hermana Clarice fuese enviada a otra casa religiosa en la que hubiera «plus petites dissensions»; de todos modos, el obispo aún no había terminado de analizar la cuestión, aunque parecía claramente decantado a favor de la joven monja. Por otro lado, a fin de enseñarle humildad, la señora Agnes había insistido en que Clarice siguiera realizando algunas tareas serviles. Lavaba los suelos del refectorio y el dormitorio con el lampazo y un cubo de madera; al terminar las comidas, fregaba los cuencos y las cucharas de madera y los ponía a secar al sol. El molinero la había encontrado en la cocina del convento, pelando guisantes ante una mesa de caballetes; vestía un hábito blanco de lana, grueso y suave, así como toca y velo de hilo, del mismo color.

– Que Dios la ayude -dijo el molinero.

– Coke Bateman, ¿no es así como nos dirigimos a los mendigos cuando no estamos dispuestos a darles limosna?

– Está bien, sor Clarice. Le deseo gran abundancia de consuelo espiritual y gozo en Dios. ¿Así le gusta más?

– Es suficiente. Siéntese a mi lado y déme charla. Hace mucho que no lo veo. -Durante un rato hablaron sobre las minucias del molino y el convento. Luego Clarice le golpeó la mano con una vaina de guisante-. Ha venido a hablar conmigo sobre lo que le ha ocurrido a su hija. ¿Estoy errada? -El molinero no se sorprendió ante ese comentario, pues sospechaba que las monjas habían comentado el evidente estado de su hija. Sin esperar respuesta, Clarice retomó la palabra-: He considerado el asunto y he pensado lo siguiente. Cuando la Virgen se encontraba en estado de buena esperanza, ¿alguien sabía quién era el padre o lo dedujo?

– Hermana, todos debían de saber que se trataba de José.

– Sin embargo, en el auto sacramental de Clerkenwell, José lo niega. -El molinero no entendió por dónde iban las suposiciones de Clarice-. Si María hubiese asegurado que Dios había entrado en ella, ¿quién le habría creído? Por eso todos se burlaron. Por si no lo sabía, Dios ama la confusión. Y nosotras, pobres mujeres, somos frágiles.

– ¿Qué intenta decirme?

– Acérquese y se lo contaré al oído. He visto las cuestiones de María. Las Genna Marias me han sido reveladas con letras doradas mientras dormía. La llevaron al templo en tanto sacerdotisa sagrada y allí copuló con el sumo sacerdote Abiatar. ¿Conoce la palabra latina meretrix? -El molinero averiguó después que ese vocablo quiere decir prostituta o cortesana. De todos modos, ya había oído y comprendido lo suficiente como para quedar profundamente afectado por las palabras de la hermana Clarice; en su opinión, se trataba de un vendaval de impureza-. Tráigame a Joan -propuso la monja-. Se convertirá en mi amada hermana en Jesucristo. Llenaré su alma de dulzura.

Coke Bateman masculló algo acerca de que su hija no tardaría en ponerse de parto y se despidió de la monja, que siguió pelando guisantes en la cocina. Llegó a la conclusión de que la hermana no había dicho más que herejías, pero decidió guardar silencio. La monja recorría caminos extraños y se dijo que, a partir de ese momento, evitaría su compañía. En modo alguno quería quedar mancillado por sus blasfemias.

* * *

Cuando se arrodilló ante la vidriera del Santo Sepulcro con la representación del árbol de Jesé, Coke Bateman oyó movimientos en una de las naves situadas a sus espaldas. Un joven estaba agachado ante un altar lateral consagrado a los santos Cosme y Damián, y parecía acercarse lentamente; llevaba algo bajo la capa. El molinero pensó que se arrastraba hacia la cruz pero, repentinamente, el joven se puso en pie y caminó deprisa hacia la puerta occidental. De pronto, se oyó una explosión estentórea; los pendones y los paños del altar lateral empezaron a arder y una impresionante llamarada se elevó delante del tabernáculo. La imagen de cera del Cordero de Dios se derritió en un abrir y cerrar de ojos.

* * *

Dos días antes, William Exmewe había conducido a Hamo Fulberd a esa iglesia. El Santo Sepulcro se encontraba a corta distancia del priorato de San Bartolomé el Grande, en Smithfield, y cruzaron el mercado sin pronunciar palabra. La algarabía de los animales alarmó a Hamo, que se tapó las orejas con las manos. Cuando llegaron a la escalinata de Santo Sepulcro, Exmewe comentó en voz baja:

– Te mostraré el escenario de tu obra. Entra.

Hamo subió lentamente los escalones, con la mirada fija en la piedra desgastada.

Se adentraron por la puerta occidental y Exmewe lo guió hacia el altar dedicado a Cosme y Damián.

– Aquí provocarás el fuego -afirmó-. Te dibujaré una marca. Aquí mismo. -El altar estaba rodeado de baldosas lustradas, y Exmewe desenfundó el afilado cuchillo que usaba para cortar las insignias de plomo que compraban los que peregrinaban a San Bartolomé; se arrodilló, y en una de las baldosas talló con precisión la figura de un círculo, tan sutilmente, que podría haber conjuntado con el dibujo de rombos del suelo-. Hamo, ¿lo has visto? No estamos jugando a la gallina ciega. -El ilustrador observaba con aprensión el Cordero de Dios situado sobre el altar-. La cuña se coloca aquí. -Exmewe trazó otro círculo-. Una chispa modesta puede desatar un gran fuego.

* * *

Tras la explosión, dos o tres personas entraron corriendo en la iglesia, lanzaron gritos y pidieron ayuda. Una mujer chilló:

– ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!

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