La Conjura de Dominus
- Автор: Акройд Питер
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
El pordiosero rió.
– Señor mío, es duro el mundo en el que un hombre se deja crecer la hierba en lugar del pelo.
– No tan duro como para no ayudarte. Que Dios te conserve.
La risa del mendigo le recordó una canción que había aprendido de niño. La repitió con voz muy baja mientras doblaba la esquina:
Nos vagabunduli,
laeti, jucunduli,
tara, tarantare teino.
Según el dicho, los mendigos son los trovadores del Señor. La canción siguió resonando en su cabeza mientras caminaba por Watling Street, y una vez más lo asaltó el temor de que lo siguiesen. Giró rápidamente por Lamb Alley hacia Sink Court; oyó pisadas a sus espaldas y aguardó con impaciencia a aquel al que tanto temía. Apareció un hombre de edad mediana, ataviado con un gabán anticuado y gorra de piel. Se trataba de Bogo, el alguacil, al que últimamente había atendido a causa de una inflamación del muslo. Presa de un súbito alivio, Gunter preguntó de viva voz:
– Bogo, ¿qué es esto? Sabes donde vivo. ¿Por qué me persigues por la calle?
– Maese Gunter, lo vi durante el desfile y me resultó imposible no comentarle lo que pienso. Como dice san Pablo, estos días son perversos.
Bogo no era un hombre querido. Se trataba del alguacil del recién creado distrito de Farringdon Without, que incluía Smithfield y esa zona de Clerkenwell que abarca Turnmill Brook y Common Lane, pero su fama se extendía incluso más lejos. Su trabajo consistía en convocar a los ciudadanos a los tribunales eclesiásticos y a la asamblea local, aunque se comentaba que en ocasiones las citaciones se destruían tras el pago de cierta suma. Cargaba con el mote de «bolsa de cascabeles del demonio», y todos le evitaban. Bogo se acercó tanto al médico que éste pudo oler su aliento; tenía el sabor de una enfermedad interior, de un cáncer.
– ¿Se ha enterado de que el soberano huyó de Carmarthen disfrazado de monje?
– Bogo, esa noticia es vieja.
– Lo acompañan unos pocos nobles. Me han dicho que fue un espectáculo bochornoso.
– Ricardo y Enrique han decidido parlamentar. Debemos aguardar el momento. Bogo, ¿por qué me molestas precisamente ahora con este asunto?
– Está relacionado con otro tema. -Miró al galeno a los ojos-. Maese Gunter, alguien ha ensombrecido la ciudad.
– Tu forma de hablar es demasiado imprecisa.
– ¿Se enteró de que hace dos semanas encontraron a un obispo gigante en San Pablo?
– Desde luego.
– También hallaron un anillo, una sortija con una esmeralda. -Gunter permaneció en silencio-. En ese anillo figuraba el peculiar dibujo de los círculos.
– Se trata de un antiguo signo de santidad. ¿Cuál es el problema?
– Es un buen signo, pero ahora está al servicio de una causa malvada. En los últimos días, se ha utilizado para provocar grandes daños.
– ¿Cómo es eso, maese alguacil?
– En la pared del oratorio incendiado en Saint John's Street, apareció un círculo. Lo sé porque lo he visto con mis propios ojos. También trazaron otro círculo en el lugar en que yacía muerto el amanuense, junto a la puerta Si quis? Maese Gunter, le aseguro que se trata de una piedra pómez para lijar Londres.
– Bogo, pareces un niño. Eres capaz de imaginar justo aquello que jamás se ha pensado o forjado.
– Cuando aprehendí a un tal Frowike acusado de herejía, vi en su cámara el libro en el que se auguraba todo esto. Hay cinco en uno y uno en cinco. Las heridas de nuestro Bendito Salvador también eran cinco, como las cuerdas del arpa de David, con las que se toca la música de las esferas.
– Bogo, lo que dices es extraño.
– Sé de cosas extrañas.
El médico estaba convencido de que el alguacil era un hombre astuto y sutil, y que no tenía tendencia a las fantasías o figuraciones vanas. También sospechaba que Bogo recorría diversos caminos y desvíos secretos a fin de estar al tanto de las noticias de la ciudad; conocía a los caminantes nocturnos y a los forasteros.
– ¿Has visto los círculos en otros sitios?
– He visto los signos por todas partes. Se refieren a nuestra muerte. Cantan placebo et dirige.
– ¿Quiénes son los que escriben sus propósitos en las paredes? ¿Acaso herejes como Frowike?
– Maese Gunter, en esta ciudad existen bandas y grupos que permanecen ocultos y que a plena luz del día se hacen pasar por honrados ciudadanos. Utilizan artes extrañas. El mundo es frágil.
– Estoy seguro de que no tanto como para que te resulte imposible ver a su través.
– En ese caso, por la pasión de Jesucristo, recuerde lo que he dicho. ¿Sigue viéndose con Miles Vavasour? -Tres años atrás el médico había curado al magistrado y abogado de una fístula, y en el aniversario de la operación comían juntos en el alojamiento del magistrado, en Scropes Inn-. Hágale saber lo que le he contado. Es un hombre valioso que sabrá qué preguntar y qué decir. Fíjese, ¿ve las teas? -En el callejón resonaron pisadas-. El desfile está a punto de tocar a su fin. Que Dios lo acompañe.
El alguacil se esfumó. Evitaba instintivamente las aglomeraciones y las antorchas, ya que podían abofetearlo o amenazarlo. A decir verdad, uno de los que en ese momento entraba en Sink Court con los parranderos era un embaucador y defraudador conocido, John Daw, al que pocos meses atrás Bogo había arrestado. El delito de Daw consistió en fingirse mudo y privado de la lengua a fin de pedir limosna. Solía llevar en las manos un gancho y una tenaza de hierro, así como un trozo de cuero que, por su forma, semejaba un pequeño fragmento de lengua; estaba bordeado en plata y llevaba un escrito en el que se leía: «Esta es la lengua de John Daw». Emitía un ruido parecido a un rugido y abría y cerraba la boca sin cesar, de tal modo que su lengua quedaba astutamente oculta. El alguacil sospechó de él y lo siguió hasta una casa de vecindad de Biller Lane, donde lo vio charlar afable y fluidamente con una de las vecinas. Dio parte al ministril y detuvieron a Daw; lo condenaron al escarnio público y después de las ordalías decidió permanecer en la ciudad. Nadie sabía cómo ganaba el dinero que tenía, pero siempre bebía en la misma taberna barata. El alguacil lo había visto a la luz de una de las teas y se había alejado a toda velocidad.
Bogo llegó a Old Change, donde habían encendido varias fogatas. Se las conocía como las hogueras de la amistad, y era costumbre prenderlas la víspera de san Juan, aunque también estaban destinadas a purificar las infecciones del aire durante los largos días de estío. Ante cada puerta habían colocado antorchas, lo que daba un extraño brillo a los ramos de flores y las ramas que rodeaban la entrada. Habían montado en plena calle mesas con comida y bebida; un grupo de bailarines ebrios ya había volcado una. Por eso a Bogo le desagradaba la festividad de la víspera de san Juan; el espíritu de libertinaje que imperaba ponía en peligro su seguridad [16]. Un grupo de mujeres bailaba alrededor de una de las fogatas y entonaba la canción del poni que ejecuta cabriolas; algunas llevaban máscaras, como muestra de su libertad, y otras barbas postizas fabricadas con lana teñida.
[16] Ver anexo 15 en el Capítulo XXIII El cuento del autor.