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Электронная книга - «La Conjura de Dominus». Краткое содержание книги:

En el año 1399 circulan rumores apocalípticos por un Londres en un momento de terrible agitación. El convento de Santa María y el priorato de los caballeros templarios se comunican por un túnel subterráneo, el mismo en el que sor Clarisa vino al mundo. La joven novicia se ha convertido en centro de polémica por sus vaticinios, siendo considerada por unos una santa y por otros una simple loca. Una serie de acontecimientos extraños unidos a un cadáver, contribuirán a aumentar la inquietud de los habitantes de Londres y la secta de Dominus empieza a ir de boca en boca.
Sobre la base estructural de Los cuentos de Canterbury, y con el exhaustivo conocimiento de los bajos fondos londinenses, Peter Ackroyd ha creado una expléndida novela en la que la truculencia y el misterio arrastran al lector desde los primeros compases.
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A decir verdad, el muchacho y la monja habían hablado muy poco. El misterio de sus existencias era demasiado grande como para cruzar muchas palabras. La monja conocía el origen de Hamo y había solicitado la bendición del iluminador. El muchacho había quedado azorado y, antes de tartamudear la respuesta, la monja le apoyó un dedo en los labios y musitó:

– Pero no de tu boca, sino desde tu soledad.

– ¿Cómo se ha enterado de mi existencia? -preguntó finalmente Hamo.

– Tu aflicción es el ángel que veo. No sabes por qué viniste al mundo.

– ¿Y usted?

– Hamo Fulberd, a mí me convocaron.

Permanecieron un rato en silencio.

– Hay un sitio llamado Haukyn's Field -acotó el iluminador-. Es un gran campo pelado que sólo…

– ¿En el que deambulas y lloras? En ese sitio fuiste concebido. -La monja se agachó y le tocó la rodilla-. Hamo, hay quienes dicen que Dios ha repartido vida por olvido o por descuido y que se aburre con su Creación. Otros afirman que multiplicó a la humanidad para ser más listo que el demonio, como el tahúr que apila fichas de plomo en un juego de azar. Cuantas más almas, más trabajoso resulta atraparlas.

– Estoy a punto de ser atrapado. Hay alguien llamado William Exmewe…

– Calla. Sé quién es. -El silencio volvió a imperar entre ellos-. Hamo, cuando comprendemos la intención o el designio de alguien, decimos que sentimos su mente. Si es muy oscura y difícil de percibir solemos asegurar que «no puedo sentir su mente». No es mi caso. Puedo sentir tu mente.

– ¿Cómo lo hace, ya que soy incapaz de encontrar mi propia mente?

– He dicho sentir.

– Soy incapaz de sentir mi propia mente. Todo está en la penumbra.

Y, con esas palabras, Hamo se despidió de la monja.

* * *

Exmewe planificaba el destino del iluminador. Hamo se convertiría en un felón buscado si tenía éxito en el incendio del Santo Sepulcro; si lo prendían en el intento, Exmewe le echaría las culpas a la monja. Si Hamo moría…, bueno, lo que no puede repararse debe tocar a su fin. La necesidad no conoce leyes. Por eso invitó al intendente a conferenciar con Hamo por la tarde, a la caída del sol, a orillas del Fleet.

* * *

Robert Rafu cabalgó hasta el lugar de encuentro siguiendo el Támesis. Las esposas de los ciudadanos recogían agua, la tiraban o lavaban la ropa como habían hecho desde tiempos inmemoriales. Los niños se desnudaban y se zambullían en el río; sus gritos agudos destemplaron a Rafu. Vio dos o tres grupos de mercaderes extranjeros que hablaban seriamente. No hizo falta acercarse a ellos para entender el significado de sus expresiones y ademanes. En los últimos días, Enrique Bolingbroke se había desplazado desde el norte y congregado un gran ejército; York, el defensor de Inglaterra durante la ausencia de Ricardo en Irlanda, se había entregado a Enrique en la iglesia de la parroquia de Berkeley. Hacía una semana que el rey Ricardo había desembarcado por fin en Gales, pero no contaba con muchos apoyos. ¿Se libraría la batalla? Los mercaderes estaban preocupados por sus naves, que ya se dirigían hacia el puerto de Londres. Uno de los hombres escupió en el suelo y Rafu tuvo la sensación de que el escupitajo iba dirigido contra él. Se apresuró a dirigirse hacia el norte, rumbo a Clerkenwell.

Al llegar a los campos de azafrán de la ribera occidental del Fleet, vio que William Exmewe sujetaba del brazo a un joven y lo sermoneaba. El fraile reparó en la llegada del intendente y lo saludó con la mano. El joven le daba la espalda y había clavado la mirada en el curso del río.

– Aquí está Rafu -dijo Exmewe-. Es uno de los hombres buenos.

Rafu desmontó y se pusieron a hablar resueltamente. Exmewe cogió del cuello a Hamo y declaró: -He dicho a Robert Rafu que estás preparado como el que más para este propósito. Es cierto, ¿no?

– Hamo, William Exmewe afirma que eres un hombre leal.

Hamo paseó la mirada de uno a otro, pero no dijo nada.

Su silencio encolerizó a Exmewe.

– ¿Acaso hay algo más para ti en esta tierra? Ya eres un hombre señalado. -El muchacho mantuvo la boca cerrada-. El sacamuelas se pudre en su tumba. Si yo te entregara, estarías perdido.

Hamo sonrió. Era una sonrisa de reconocimiento. De repente vio la configuración de su destino. Vio titilar ante sus ojos la red entera de su sino. Lo que había parecido difícil, se tornó simple; lo que había sido confuso, se trocó en diáfano. La monja había dicho que la habían convocado. Ese también era su propósito. Debía aceptar su aciaga fortuna: no había nada más. Había nacido para tener problemas y debía aceptarlo. No tenía nada más que decir.

– Veamos -intervino el intendente-. Veo que estás de buen talante. Que Dios te conceda su merced y todo saldrá bien.

– Este muchacho está tan tranquilo como un cordero que reconoce a su amo -acotó Exmewe-. Ha llegado la hora de que por fin me devuelvas lo amable que he sido contigo. Hamo, suplico a Dios que lleves este asunto a buen puerto.

Hamo se apartó y volvió a mirar el curso del Fleet, que discurría hasta el Támesis antes de llegar a mar abierto.

– De acuerdo -afirmó-. El que está hundido hasta el mentón necesita nadar.

* * *

El intendente regresó a San Pablo de excelente humor. Lo habían librado de una tarea difícil y peligrosa. Había existido la posibilidad de la muerte o la mutilación. Si lo hubieran atrapado no se habría librado del Murus, el emparedamiento o encarcelamiento perpetuo. En su condición de predestinado, sabía que formaba parte del aliento y del ser de Dios, pero ese conocimiento quedaba templado por la experiencia dolorosa de la carne que, de momento, ocupaba. Robert Rafu era un hombre pragmático o «útil», que era como lo llamaban los canónigos, aunque su manejo eficaz de los asuntos de la catedral se basaba en la indiferencia y el desagrado. Despreciaba las convicciones de la Iglesia. Sabía que las bulas y otras zarandajas se compraban y se vendían en Lombard Street de la misma forma que compras y vendes una vaca en Smithfield. Podías adquirir una temporada en el purgatorio de la misma forma que por dos peniques los hombres compran pasteles en Soper Lane. En cuanto al sacramento de la misa…, bueno, el ratónenlo se come la hostia y no obtiene beneficios. El así llamado vino consagrado se agria y huele mal, lo mismo que el agua bendita que permanece demasiado tiempo en la pila. Se había acercado a caballo a la puerta norte de la catedral, cuando vio el resplandor de las teas colocadas en alto; varios sacristanes y canónigos se habían congregado en el camposanto y examinaban algo tendido en el suelo. Alzaron las voces, pero el intendente no supo si de entusiasmo o de temor. Desmontó y se aproximó con su habitual paso sigiloso. En el suelo, a pocas yardas del pórtico norte, había una fosa o boquete. El encargado de los novicios se acercó a Rafu y murmuró:

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