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Medicina para asesinos

Электронная книга - «Medicina para asesinos». Краткое содержание книги:

Un médico se ha atrevido a introducir un veneno mortal dentro del círculo del emperador de China. El juez Di recibe el encargo de investigar el Gran Servicio Médico, una institución única en el mundo que recoge todos los conocimientos médicos y forma a los mejores sabios del imperio. De la acupuntura a la farmacopea, Di emprende la búsqueda de un asesino brillante y temible y nos lleva a descubrir los refinamientos del arte médico chino.
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Los alumnos desfilaron por delante de ellos, con los brazos cargados de cojines sobre los cuales descansaban sus obras. Vieron pasar las Mil recetas más valiosas, el Tratado de la felicidad, Recopilación sobre higiene, su Nuevo compendio de farmacopea, En la almohada, Conocimiento exhaustivo del Mar de Plata -un manual de oftalmología-, el Tratado de las tres religiones -su período místico-, y por último las Valiosas recetas para casos de urgencia, acompañado de las Valiosas recetas suplementarias, en las que Sun Simiao había recopilado más de siete mil recetas ya probadas. Parecía que por delante de ellos desfilaba la biblioteca al completo del Gran Servicio.

Se invitó al autor a pronunciar algunas palabras. Él citó un extracto del código de deontología médica que había elaborado mucho tiempo atrás, la única obra ausente de este florilegio.

«Considerad a todos los pacientes, sean ricos o pobres, como un familiar muy cercano, y tratad su angustia como la de los vuestros. Id a curarlos de todo corazón, sea cual sea el clima, sea día o noche, haga calor o frío, ya tengáis hambre o sed, estéis o no cansados.»

«Estos principios no le harán muy popular aquí», pensó Di.

El director, cada vez más crispado, invitó a sus huéspedes a entrar en la gran sala, donde se les sirvió un tentempié. Para relajar el ambiente, Sun Simiao contó una anécdota que le había ocurrido durante un viaje. Al cruzarse con una comitiva fúnebre, vio que salía sangre por uno de los resquicios del ataúd. Él gritó que detuvieran de inmediato la comitiva y explicó el por qué a los desconsolados familiares: «La mujer que yace en esta caja no ha dado aún su último aliento. Si estuviese muerta, su sangre se habría coagulado». A estas palabras, el marido declaró entre lágrimas: «Mi mujer estaba encinta desde hace un año. Ayer, notó que el feto se movía, pero murió durante el parto». Sun Simiao sabía que la expulsión de la placenta tras un embarazo tan largo era por fuerza difícil. Para salvarla, examinó en primer lugar la respiración y el pulso y luego procedió a realizar una sesión de acupuntura. Al cabo de unos instantes, la mujer había vuelto en sí y el cortejo exultaba de gozo. Para acabar, le dio al marido algunos medicamentos y los envió a todos de vuelta a casa.

El director soltó una risita forzada y felicitó al eremita por su inteligencia e ingenio. Cuando el héroe del día se interesó por los platos que los alumnos de primer año le presentaban, Du Zichun se volvió a uno de sus adjuntos y le habló entre murmullos.

– No me creo ni gota de lo que cuenta. La imaginación es lo único que todavía funciona como es debido en esa mente senil.

– Muy honorable maestro -intervino el profesor de masaje-, se dice que posee usted un don maravilloso para la improvisación poética. Nada me complacería más que recoger una de sus sentencias en mi abanico.

– Con mucho gusto -respondió el viejo, al que entregaron el abanico, junto con un estuche de caligrafía.

Reflexionó unos instantes y empezó a deslizar el pincel sobre la tela de seda tensada. Todos se congregaron a su alrededor para ver qué escribía.

«Desde que Du Zichun

Se ocupa de los vecinos de Chang'an,

Los demás médicos están famélicos…»

– ¡Me adula usted! -exclamó el director, ufano.

Pero el pincel continuó deslizándose, de modo que todos pudieron leer:

– «Y los sepultureros engordan.»

Un frío glacial invadió la sala mientras su anfitrión agradecía con voz gélida al ilustre visitante que le recordara la necesidad de ser modesto.

El profesor de medicina orgánica aseguró al anciano sabio que su obra sobre ginecología era su libro de cabecera. Se jactó de haber sido llamado en consulta al palacio de la emperatriz.

– ¿Así que atendió a la Dama Wu? -preguntó el sabio.

– Casi -respondió el médico, algo incómodo.

Los médicos jefes sentados en torno a ellos se miraron con complicidad. Al parecer, el palacio envió un palanquín oficial a buscar a su colega, que henchido de orgullo se llevó su tratado de ginecología bajo el brazo. Por desgracia, tan pronto entró en el recinto de las concubinas, le presentaron a una perrilla tibetana de la Primera Esposa, que sufría a causa de un fastidioso grano en la pata. Muy decepcionado, el especialista se aferró a la esperanza de que sus buenos servicios con la mascota le permitirían ocuparse un día de su ama.

Sun Simiao soltó una risita aguda.

– Después de que haya atendido a toda la servidumbre, entonces quién sabe -le deseó.

– ¡Su Grandeza está de broma! -protestó el especialista de los órganos internos-. Este animal está muy por encima de los criados, ¡eso sería degradarme!

Alzó su manga y mostró orgulloso al anciano eremita el precioso recuerdo que Su Majestad le había regalado en recompensa por sus desvelos: un brazalete tejido con los pelos de la perrilla a la que había curado. El viejo taoísta pareció pensar que había sido una sabia decisión irse a vivir en medio de ninguna parte.

12

Sun Simiao cura a un niño tratando asus padres; y se transforma en pájaro.

Di llevó a Sun Simiao a descansar a la casa preparada especialmente para él junto al parque del Norte, un lugar de paseo reservado para la Corte y sus huéspedes más distinguidos.

– ¡Ay, ¡Deténganse! -gorjeó de repente el viejo, que parecía presa de una emoción o de un dolor imprevistos.

Di se temió algún desmayo. Le habían pedido que se ocupara de él, pero la sucesión de recepciones tenía que resultar fatigosa para un organismo tan baqueteado. El anciano apuntó uno de sus nudosos dedos a una enseña ilustrada con imágenes vegetales que colgaba a dos pasos de ellos.

– Es ésa la farmacia Wang, ¿verdad? ¿Sigue siendo la mejor de Chang'an? Me gustaría comprar algunos productos difíciles de conseguir en el campo. Ya sé que he escrito que «Cuando se quiere curar una enfermedad, primero hay que hacerlo con la alimentación, y si eso no funciona se recurrirá a los medicamentos». Pero cuando la alimentación no basta, me gusta venir aquí. En esta farmacia se encuentra todo lo que un médico pueda soñar, salvo la panacea universal.

– ¿Y ésa dónde se encuentra? -inquirió el mandarín.

– En la fe del Tao, por supuesto. Y a falta de ella, en nuestro corazón, que viene a ser lo mismo.

El palanquín imperial precedido de dos guardias a caballo no pasaba desapercibido. El farmacéutico y su mujer no daban crédito a sus ojos cuando el anciano entró en su hermosa tienda, seguido de un viceministro vestido de gala. Hicieron una profunda reverencia, a la par que los tres aprendices que completaban el personal.

– Su señoría nos cubre de honor dignándose poner sus pies en nuestra miserable tienda.

– Ah, pero sí yo conozco muy bien este lugar -respondió Sun Simiao todo sonrisas mientras contemplaba el sinfín de recipientes de barro cocido que los rodeaba-. He venido muchas veces, en los tiempos en que ejercía en la ciudad. Siempre fui muy bien recibido por el querido Wang Ting. Me gustaría mucho volver a verlo.

El apotecario adoptó una expresión solemne que inducía a creer que correspondía darle el pésame.

– Se refiere a mi padre. Por desgracia…

– Está muerto, ya comprendo -terminó el anciano médico con gesto picado-. Está claro que en esta ciudad no es fácil llegar a viejo.

– Ochenta y un años, en su caso -respondió el farmacéutico, cuyo padre había superado con mucho la esperanza media de vida.

El anciano lanzó uno de esos pequeños suspiros que debían de servir para expulsar la contrariedad de su organismo. Después de interesarse por los frascos que llenaban los estantes, encargó hueso fósil de dragón en polvo y de cuerno de antílope salado. Di no dudó de la dificultad de encontrar tales productos en los alrededores del monte Taiai. Wang el Joven confirmó que disponían de este conjunto de sustancias improbables, y el médico declaró satisfecho que hay cosas que nunca cambian, pese al fallecimiento prematuro del fundador del establecimiento.

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