Los cronolitos [The Chronoliths - es]
- Автор: Уилсон Роберт Чарльз
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 978-84-8421-651-3
- Переводчик: Isabel Merino Bodes
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
Sacó su agenda y anotó, a regañadientes y dedicándome amargas miradas, un nombre y un número de teléfono en una servilleta de papel. —También quiero saber el nombre de ese club Copperhead al que pertenece Whit —dije.
Al oir estas palabras dio un respingo. —No quiero que causes problemas. —No es esa mi intención.
—¡Veté a la mierda! ¿Sólo has venido a la ciudad para mostrarme tu… tu desprecio moral?
—Mí hija ha desaparecido. Esa es la única razón por la que estoy aquí. ¿Qué es lo que te da tanto miedo? Ella titubeó antes de responder.
—Kait lleva fuera menos de una semana. Puede que mañana mismo decida regresar a casa. Lo único que quiero creer es que la policía está haciendo todo lo que puede, pero puedo ver esa mirada en tus ojos… y no me gusta nada.
—¿Qué mirada?
—Es como si te estuvieras preparando para llorar su muerte. —Janice…
Golpeó la mesa con la palma de la mano.
—No, Scott. Lo siento. Te agradezco todo lo que has hecho por Kait y sé lo mucho que te has esforzado. Sin embargo, no puedo decirte a qué organización pertenece Whit. Eso pertenece a su vida privada. Ya hornos hablado de todo esto con la policía y, de momento, las cosas se van a quedar así. Así que no me mires con esos… con esos jodidos ojos de funeral.
Me sentía dolido, pero no podía culpar a Janice. Ni siquiera cuando se levantó y avanzó con majestuosidad hacía la soleada calle. Sabía cómo se sentía. Kaitlin estaba en peligro y ella se estaba preguntando qué podría haber hecho mejor, cómo había permitido que sucediera todo esto, cómo era posible que las cosas se hubieran puesto tan negras con tanta rapidez.
Yo llevaba diez años haciéndome esas mismas preguntas pero, para Janice, se trataba de una experiencia nueva.
Después de comer fui hasta Clarion Pharmaceuticals, un gran complejo industrial situado a las afueras de la ciudad, donde empezaban los campos de maíz. Le dije al vigilante que deseaba ver al señor Delahunt y éste pegó una tarjeta bajo el limpiaparabrisas izquierdo de mi coche mientras me explicaba que tenía que recoger un pase de visitante en la entrada principal. Sin embargo, como la seguridad de Clarion era bastante flexible, decidí aparcar y dirigirme hacia una puerta abierta que había cerca de las plataformas de carga. Allí cogí un ascensor que me llevó hasta donde, según el directorio, se encontraba el despacho de Whit.
Pasé por delante de su secretaria como si fuera un empleado más y, entonces, accedí a una madriguera de salas sin puerta en las que diversos hombres y mujeres vestidos con trajes crujientes mantenían conversaciones telefónicas. Encontré a Whitman Delahunt llenando un vaso de agua en el dispensador del estrecho pasillo. Cuando me vio, sus ojos se abrieron de par en par.
Whit estaba tan impecable como siempre. Tenía las sienes un poco más grises y la cintura un poco más ancha, pero lo llevaba bien, incluso le había visto sonreír ligeramente, aunque su sonrisa se había desvanecido en el mismo instante en que me vio. Tiró el vaso de papel a la basura.
—¡Dios mío, Scott! —exclamó—. Podrías haber llamado.
—Pensé que debíamos hablar en persona.
—Por supuesto. Sé por lo que estás pasando pero, aunque no quiero parecer insensible, ahora no es un buen momento.
—Preferiría no tener que esperar.
—Scott, sé razonable. Puede que esta noche…
—Estoy siendo razonable. Mi hija lleva cinco días desaparecida, probablemente durmiendo en la calle. Lamento profundamente que esto interfiera tanto en tu trabajo, Whit, pero es necesario que hablemos ahora.
Dejó escapar un largo suspiro.
—No me gustaría tener que llamar a Seguridad.
—Mientras te lo piensas, ¿por qué no me hablas de ese club Copperhead al que te has afiliado? Sus ojos se abrieron de par en par.
—Cuidado con lo que dices.
—Podríamos discutirlo en privado.
—¡Joder, Scotty! De acuerdo. Sigúeme.
Me llevó al restaurante de dirección. Como el servicio ya se había retirado hasta el día siguiente, la sala estaba desierta y las mesas, relucientes. Nos sentamos en una mesa de madera lacada para hablar como personas civilizadas. Whit se aflojó la corbata.
—Janice me lo advirtió. Dijo que vendrías a la ciudad para complicar las cosas. Creo que deberías ir a hablar con la policía, Scott. Estoy seguro de que les gustará saber qué es lo que te propones.
—Has mencionado ese club Copperhead.
—No, lo has mencionado tú… y por cierto, ¿podrías dejar de utilizar esa palabra tan ofensiva? No es nada de eso. ¡Por el amor de Dios! No es más que un comité de ciudadanos. Sí, puede que hablemos del desarme de vez en cuando, pero también hablamos de la defensa civil. Somos personas normales y corrientes que vamos a misa. No tenemos nada que ver con esos elementos radicales de los que tanto hablan los periódicos. —¿Entonces cómo debería llamarlo?
—Somos… somos el Comité de las Ciudades Gemelas por una Paz con Honor —parecía avergonzado—. Tienes que comprender que hay demasiadas cosas en juego. Los muchachos tienen razón, Scott: la propaganda militar está distorsionando la economía; además, asumiendo que Kuin constituya realmente una amenaza para los Estados Unidos… algo que aún se tendría que demostrar, no existe ninguna prueba de que las pistolas y las bombas nos ayuden a vencerlo. Nosotros rebatimos la creencia generalizada de que…
—No necesito que me recites vuestro manifiesto, Whit. ¿Qué tipo de personas forman parte de ese comité?
—Personas prominentes.
—¿Cuántas?
Volvió a sonrojarse.
—Aproximadamente treinta.
—¿Y fuiste tú quien iniciaste a Kait en el grupo juvenil?
—En absoluto. Los jóvenes se toman estos temas con mucha más seriedad que nosotros… es decir, que la gente de nuestra generación, porque ellos no son cínicos. Kaitlin es el ejemplo perfecto: tras asistir a una reunión, llegó a casa hablando de todas las cosas que podría hacer un líder como Kuin si no estuviéramos enfrentándonos a él en todo momento. Dijo que en vez de obcecarnos en luchar contra un hombre que es capaz de controlar el tiempo, deberíamos intentar convertir el futuro en un lugar funcional.
—¿Hablaste con ella de todo esto?
—No la adoctriné, si es eso lo que estás insinuando, pero respeté sus ideas.
—Y si no me equivoco, ella estaba de acuerdo con los radicales, ¿verdad?
Whit se revolvió sobre su asiento.
—No considero que sean radicales. Conozco a alguno de esos chavales. Puede que rebasen un poco el límite, pero se trata de entusiasmo, no de fanatismo.
—No se les ha vuelto a ver desde el sábado.
—Mis sentimientos me dicen que están bien. En ocasiones suceden este tipo de cosas. Los muchachos tiran sus tarjetas GPS, cogen un coche y se van a algún lugar durante unos días. Aunque eso no está bien, tampoco sería la primera vez que sucede. Lamento que Kaitlin se haya dejado tentar por una serie de manzanas agrias, Scott, pero la adolescencia siempre ha sido una etapa difícil.
—¿Sabes si teman planeado hacer un haj?
—¿Disculpa?
—Un haj. Janice utilizó esta palabra.
—No tendría que haberlo hecho. También lo desaprobamos— Un haj es un peregrinaje a La Meca, pero cuando los jóvenes utilizan esa palabra, se refieren a hacer un viaje para ver una piedra de Kuin o ir hasta algún lugar en donde se supone que va a aterrizar.
—¿Crees que es eso lo que tenían en mente?
—No tengo ni idea, pero lo dudo. Es imposible ir en coche hasta Madras o Tokio.
—Así que no estás preocupado.
Giró la cabeza y, por un instante, pensé que iba a escupir.