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Las puertas del infierno

Электронная книга - «Las puertas del infierno». Краткое содержание книги:

Otoño de 1884. Una celda lúgubre. Dentro se encuentra un hombre inerte. ¿Estará muerto? Bajo su lengua hay una moneda, es el óbolo de Caronte, el precio que hay que pagar al barquero del reino de los muertos.
La joven arqueóloga Sarah Kincaid no sabe qué hacer, el destino parece haberse puesto en su contra. Primero la abatió la muerte de su padre en Egipto y ahora su prometido, Kamal, a quien se acusa de un antiguo crimen, sufre una extraña enfermedad que lo tiene a las puertas del infierno. Pero aún hay una última oportunidad de salvarlo, la legendaria agua de la vida.
Para encontrarla, Sarah deberá sortear los peligros que acechan en los callejones de Praga, donde dicen que habita el Golem, entre las torres de los monasterios de Meteora o en las orillas subterráneas del Estigia, el río griego de los muertos.
«Embarcarse en la lectura de la tercera novela de Sarah Kincaid, la aguerrida arqueóloga victoriana, es toda una aventura.»
Frankfurter Stadtkurier
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– He leído el informe -respondió Cranston-. Lo encontraron tendido en el suelo, con los brazos cruzados sobre el pecho. En la frente tenía dibujadas las letras A, M y T, y en la boca un trozo de papel.

– Efectivamente -asintió Sarah, e hizo una pequeña pausa teatral durante la cual dedicó miradas penetrantes a sus dos oyentes-. ¿Saben qué cuenta la tradición respecto al ritual con el que el Golem cobró vida? -les preguntó.

– Díganoslo usted.

– Según la leyenda, el rabí y su criado realizaron toda una serie de actos de culto. Sin embargo, dos cosas fueron esenciales para que la figura de barro se transformara en un ser vivo que respiraba: por un lado, al Golem le dibujaron en la frente una señal compuesta por las tres letras A, M y T.

– ¡Imposible! -exclamó sir Jeffrey.

– ¿Y qué significan esas letras? -inquirió Cranston.

– Es un criptograma -explicó Sarah-, uno de aquellos logogrifos que en la Edad Media gozaban de mucha popularidad, y no solo entre los judíos. Reflejaban la necesidad, profundamente arraigada en la gente de la época, de examinar y comprender la verdadera esencia del mundo.

– Bueno, y ¿qué significa? -insistió Cranston-. ¿Ha conseguido descifrar el enigma?

– Creo que sí. Esas letras remiten a la palabra hebrea emet, que significa «verdad», y Laydon también mencionó la «verdad» cuando me entrevisté con él.

– Increíble -dijo sir Jeffrey, meneando perplejo la cabeza.

– ¿Y cuál era el otro ritual con el que el Golem cobraba vida? -preguntó el doctor Cranston-. Usted ha mencionado dos cosas…

– Cierto -confirmó Sarah-. Además del sello en la frente, era muy importante también un «esquema».

– ¿Un esquema? -Sir Jeffrey enarcó las cejas.

– Un trozo de papel con el nombre de Dios escrito -contestó Sarah-. Lo colocaron debajo de la lengua del Golem.

– ¡Como a Kamal! -exclamó Cranston, que por primera vez mostraba signos de interés personal.

– Efectivamente, doctor -replicó Sarah con semblante serio-. Aunque no con el nombre del Todopoderoso, sino con el emblema de esa gente con la que ya me he cruzado otras veces y que cargan en su conciencia con la muerte de mi padre.

– ¿Y quién es «esa gente»?

Una sonrisa triste se deslizó por el semblante de Sarah.

– Me gustaría poder contestar a su pregunta de manera simple. Se trata de una organización que quiere aprovecharse de los enigmas del pasado para someter el presente. Sé por mi padre que las raíces de esa sociedad se remontan a un pasado lejano. Personajes célebres como Alejandro Magno, Julio César o Napoleón pertenecieron a ella.

– ¿Y ya se ha encontrado antes con esa organización?

Sarah asintió.

– En Alejandría, donde buscaba a mi padre, ellos perseguían la biblioteca desaparecida. Y el invierno pasado, cuando intentaba descifrar el Libro de Thot y el secreto asociado a él, comprendí que me seguían el rastro… a través de Mortimer Laydon, que abusó de mi confianza y me engañó.

– Y juro por Dios que yo soy testigo de ello -añadió sir Jeffrey sombríamente.

Cranston escrutó primero a Sarah y luego al consejero real.

– ¿Se dan cuenta de lo que dicen? -preguntó dubitativo-. Están hablando de una conjura. De una conspiración que probablemente amenaza a todo el imperio…

– En efecto.

– Entonces ¿por qué no han informado a Scotland Yard?

– Lo hicimos, tiempo atrás -aseguró Sarah-. En lo que respecta a Scotland Yard, la investigación está cerrada y archivada. Además, ¿cómo quiere combatir a un enemigo que no se deja ver? Esa gente trabaja en la clandestinidad. Llevan máscaras cubriéndoles el rostro y parecen conocer los enigmas del pasado mucho mejor que mi padre, que yo o que cualquiera que los estudie.

– Hmm -murmuró Cranston, pensativo-. Debo admitir, lady Kincaid, que esas circunstancias desvelan aspectos totalmente nuevos. Empiezo a comprender por qué estaba usted tan convencida de que precisamente Laydon podría ayudarla y por qué intuía conexiones que a otros se nos escapaban.

– Entonces también sabrá que no he perdido la razón ni persigo a un fantasma, doctor. Todas esas indicaciones son evidentes únicamente para quien sabe interpretarlas, pero no cabe duda de que existen, y yo me propongo seguirlas.

– ¿Dónde? -preguntó sir Jeffrey, confuso.

– En Praga, por supuesto -contestó Sarah sin dudar.

– ¿Piensa emprender un viaje tan largo y agotador?

– ¿Tengo elección?

– Sarah… -Sir Jeffrey se mordió los labios y se removió en la silla mientras parecía buscar las palabras adecuadas-. Usted sabe que la tengo en gran estima, igual que a su padre. Pero, a mi juicio, está usted a punto de cometer un grave error. Lo que usted considera indicios también podrían ser simples casualidades.

– ¿Casualidades? -Sarah meneó la cabeza-. ¿No ve las coincidencias? ¿Los paralelismos entre Kamal y el Golem? En ambos casos se trata de dar vida a lo que parece sumido en lo inanimado.

– ¿Pretende decirme en serio que cree en esas cosas? -preguntó airado el abogado-. ¿En una figura de barro que cobra vida de manera misteriosa? ¿En profecías enigmáticas? ¿En un monstruo que vaga por la ciudad de los judíos? Usted es científica, ¡no lo olvide!

– No lo olvido, sir Jeffrey -afirmó Sarah-. Pero sé por experiencia que detrás de todas las leyendas se oculta un fondo de verdad.

– No pretendo cuestionar su experiencia. Pero sigo sin comprender cómo puede estar tan segura. ¿Está realmente dispuesta a creer en un mito de hace trescientos años? ¿O es su desesperación lo que la lleva a aferrarse a un clavo ardiendo?

Sarah le dedicó una mirada, larga y penetrante, al consejero real. Sabía que sir Jeffrey tenía buenas intenciones respecto a ella y que solo pretendía impedir que tomara una decisión que él consideraba equivocada. Pero el tono de voz y la elección de palabras la habían herido.

– Le agradezco la franqueza, sir Jeffrey -dijo, tensa-, y le aseguro que haría cualquier cosa por Kamal, aunque las perspectivas de éxito fueran mínimas. Sin embargo, en este caso no son ni mis creencias ni mi desesperación lo que me mueve a actuar.

– ¿No? Pero si acaba de decir que…

– Que viajaré a Praga, en efecto -confirmó-, pero no porque la fuerza del mito me arrastre hasta allí, sino porque estoy segura de que quieren que vaya. De no ser así, habrían asesinado a Kamal en vez de postrarlo en ese deplorable estado. Y las letras dibujadas en su frente habrían sido otras.

– ¿A qué se refiere?

– Si se elimina la primera letra de la palabra hebrea emet, queda la palabra met, que significa «muerte»… Así fue como el rabí Löw inutilizó al Golem cuando se convirtió en una amenaza.

– Así pues, ¿el escrito en su frente era una especie de mensaje? -preguntó el doctor Cranston.

– Efectivamente. Un llamamiento para ir a Praga y buscar allí la verdad, sea cual sea.

– ¿Y cómo encaja Laydon en ese rompecabezas?

– Después de lo que he averiguado, no creo que me ayudara por iniciativa propia; estoy convencida de que lo incitaron. La organización sabía que lo trasladarían a Bedlam y también sabía que yo me dirigiría a él en primer lugar. Por lo tanto, lo utilizaron para que llamara mi atención y me diera un primer indicio. El artículo del periódico fue el indicio número dos.

– ¿Me está diciendo que el artículo se publicó en el Times solo por ese motivo? -preguntó Cranston-. ¿Que la influencia de esa gente llega hasta tan lejos?

– No me atrevo a juzgar hasta dónde alcanza realmente -contestó Sarah-. Pero ha quedado demostrado en diversas ocasiones que la organización dispone de un gran poder. Y si algo aprendí en La Sombra de Thot es que son capaces de cualquier cosa.

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