Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » La estrategia Bellini
La estrategia Bellini - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La estrategia Bellini

Электронная книга - «La estrategia Bellini». Краткое содержание книги:

El paradero de un retrato de Mehmet II, gran héroe del Imperio otomano, pintado por el artista renacentista Bellini ha sido un misterio durante siglos. En el Estambul de 1840 circula el rumor de que el cuadro ha aparecido en Venecia, y el sultán quiere poseerlo a toda costa. Yashim, el célebre detective eunuco, es el encargado de recuperarlo, y para ello cuenta con la inestimable ayuda de Stanislaw Palieski, el decadente embajador de Polonia.
Yashim y Palieski viajan de incógnito a Venecia, una ciudad de palacios vacíos y silenciosos canales, por la que se mueven oscuros tratantes de arte, hombres que se han hecho a sí mismos y marchitos aristócratas. Cuando dos cuerpos aparecen en el canal, la búsqueda del retrato perdido se convierte en un peligroso juego del gato y el ratón que amenaza con destruir el trono otomano y desencadenar feroces luchas de poder en Europa.
Jason Goodwin, ganador del Edgar Award por El Árbol de los Jenízaros y cuyas novelas han sido traducidas a treinta y siete idiomas, es uno de los mayores expertos en Estambul, una ciudad codiciada y codiciosa atrapada entre el exotismo de su pasado y la inestabilidad de los nuevos tiempos.
La estrategia Bellini es «una novela magnífica, inteligente y evocadora» (Independent) de «un escritor de enorme talento» (Financial Times).
1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 ... 73
Перейти на страницу:

No les diría nada sobre el signor Brett, pasara lo que pasase.

Pero cuando vinieron, ella apenas podía recordar su propio nombre.

Había perdido la noción del tiempo; no sentía dolor. Movió la espesa lengua dentro de su boca y muy suavemente emitió el único sonido que sabía:

– Aqua!

Capítulo 52

Alfredo estaba esperando al pie de las escaleras.

– Estoy aquí, como puede ver -dijo Palieski secamente-. Pero explíqueme, clara y sencillamente ¿por qué esta noche?

Alfredo lo cogió del brazo.

– Venga -dijo-. Se lo contaré mientras vamos.

Una góndola estaba esperando en las escaleras que daban al canal. Los dos hombres se subieron a ella, y el gondolero desatracó.

– Signor Brett, esto es algo que debe usted comprender sobre la gente con la que tratamos… La vieja nobleza de Venecia. En los tiempos antiguos, cuando Venecia era una gran potencia, esta gente se preocupaba mucho de hacer lo que era bueno para el Estado. Sólo al hijo más pequeño se le permitía casarse, para empezar. Sus hermanos luchaban en las guerras o dedicaban sus energías al comercio. De manera que la herencia no se dividía, en beneficio del Estado.

– Ya he leído al respecto.

– Naturalmente, signor. Pero hoy en día, en estos tiempos, las cosas son un poco diferentes.

– ¿Y?

– Quizás el hermano mayor decida tener una parte. Dice… Ya no hay guerras, ni comercio, y la República está acabada. Por favor, hermano, ¡comparte conmigo!

Palieski asintió.

– Entiendo. El hijo más joven, en la práctica, se hacía con todo el lote… Pero legalmente no tenía derecho a ello. Muy astuto.

Alfredo esbozó una sonrisa de alivio, y dio unos golpecitos a la mano de Palieski.

– Vaya… me alegro mucho de que lo comprenda, signor Brett. Me gusta usted. Creo que América es un buen país. No tenemos problemas entre nosotros.

Palieski era vagamente consciente de que Alfredo no había realmente respondido a su pregunta, pero su aire de bonhomie era difícil de romper. Alfredo parecía feliz y aliviado.

– El propietario ha arreglado una visita especial -estaba diciendo Alfredo-. Pero nos pide que seamos muy discretos. El palazzo está en manos de muchas personas. -Movió la cabeza con pesar-. En tiempos pasados, era sólo la familia… Pero hoy, cuando las cosas se han puesto difíciles, deben dividir y dividen. Pero usted comprenderá lo que significa para ellos -añadió con una sonrisa alentadora.

– No debemos molestar a los vecinos, ¿quiere decir?

– Si usted gusta, signor. Debido a… los amigos.

Gli amici: el epíteto era universal, y enteramente irónico.

– Imagino que los amigos no aprueban nuestra empresa- Alfredo puso nuevamente mala cara, en un gesto de medio acuerdo.

– Nunca se sabe del todo con los amigos -dijo.

Palieski soltó una risita. Si esto salía bien, no significaría sólo la exaltación de Polonia. Sería también el desconcierto de los austríacos. Se veía a sí mismo esperando con ansia el baile del sultán, sólo para contemplar al embajador imperial hinchándose, presa de una impotente furia, como una rana asustada.

Las farolas del Canal estaban siendo encendidas por hombres descalzos con largas pértigas, y unas pocas ventanas brillaban débilmente sobre sus cabezas. De día, cuando los enormes edificios estaban cerrados, quizás abandonados, el Canal tenía un aspecto triste y olvidado, como un arroyo cegado. Por la noche, pese a las farolas, su aspecto era casi sepulcral, y los postigos parecían oscuras cuevas de alguna antigua necrópolis situada junto a un acantilado.

– En avant, legionnaires -murmuró Palieski, y en aquel mismo momento el gondolero dio un golpe con el remo haciendo que la elegante y oscura proa se elevara dando un cuarto de vuelta en un estrecho giro, lo que provocó que el agua silbara contra el frágil casco. Con otro giro del remo, la góndola se impulsó hacia delante, penetrando en un cavernoso cobertizo.

Palieski había visto esas aberturas a los lados del canal, y oído hablar de ellas, pero realmente no había estado en ninguna, con la góndola pasando rápidamente por debajo del arco, el gondolero inclinándose, y las sombras desfilando en la repentina penumbra. Se parecía más a la entrada de una prisión que a un palacio, pensó Palieski, mientras el gondolero descolgaba su farol y lo levantaba sobre su cabeza. Arriba se veía sólo la curva de la húmeda bóveda de piedra. A un lado de la antigua puerta que se abría al canal había un estrecho pavimento, que conducía a una puerta de madera con bandas de hierro. El pavimento era resbaladizo por la presencia de algas, y la base de la puerta, también teñida de verde, estaba mellada y necesitaba reparación.

Alfredo fue el primero en bajar, poniendo un pie en el saliente, y alargó una mano.

– Tenga cuidado, signor Brett. El suelo está húmedo y no queremos que se caiga.

Palieski aceptó la mano y subió al pavimento. Pese a la advertencia, casi patinó. Sólo el sorprendentemente fuerte brazo de Alfredo impidió que se cayera hacia atrás.

– Gracias, amigo -exclamó sonriendo.

– El palazzo está dividido, como he dicho. -La voz de Alfredo era poco más que un susurro-. No creo que nadie use esta entrada muy a menudo.

– ¿Y cómo entraremos nosotros? -Palieski también estaba susurrando. «Es como un condenado calabozo», pensó. ¡El rescate de Mehmet el Conquistador!

Mientras hablaba, vio una luz parpadeante que iba aumentando de intensidad bajo los agujeros de rata de la mohosa puerta, y un instante después alguien estaba descorriendo cerrojos y los viejos goznes crujían en sus oxidados pernos.

– Éste es Mario -susurró Alfredo-. Trabaja para mi patrón también. Podemos pasar tranquilamente.

Cruzaron la puerta y se metieron por un estrecho pasadizo revestido de piedra pulida. Mario hizo un gesto de asentimiento a Palieski. Era un hombre robusto con el cabello muy corto y unos pómulos anchos, eslavos. Sostenía un candelabro con tres velas que amenazaban apagarse en cualquier momento por la corriente de aire.

– El signor Brett aceptó amablemente venir esta noche -explicó Alfredo-. Así que, ¿nos esperan?

Más tarde, fue esta afectada presentación lo que Palieski recordaría; el momento en que debería haber preguntado quién, exactamente, estaba al mando.

Mario se inclinó hacia delante y habló con Alfredo; pero, o bien habló en un cerrado dialecto, o bien tenía algún defecto del habla, porque Palieski no pudo comprender nada.

– Ya veo, pero ¿nos deja que entremos?

Mario asintió.

– No pasa nada -dijo Alfredo volviéndose hacia Palieski y poniéndole levemente una mano sobre el brazo-. El propietario quería estar aquí para conocerlo, pero lo han llamado de otra parte. Podemos seguir. Ya ve que confía en nosotros.

Al final del pasaje, al pie de la ancha escalera de mármol, Mario sacó una llave y la insertó en la cerradura de una puerta lateral, que inmediatamente se abrió.

Entraron, con Mario encabezando la procesión con las velas. Como una especie de capellán con sus acólitos, reflexionó Palieski, o un ladrón de tumbas.

Se trataba de una enorme sala de bajo techo, desprovista de muebles. Dos largos ventanales, con postigos por fuera, daban a lo que Palieski supuso sería el callejón de la parte delantera. Supuso también que la otra puerta de la parte trasera daba a una bodega.

En el otro extremo de la habitación, iluminada por el candelabro de Mario, se encontraba una mesa forrada de terciopelo verde. Contra los pliegues, como un huevo en su nido, descansaba un pequeño cuadro.

1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 ... 73
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)