La estrategia Bellini
- Автор: Гудвин Джейсон
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La estrategia Bellini». Краткое содержание книги:
Yashim y Palieski viajan de incógnito a Venecia, una ciudad de palacios vacíos y silenciosos canales, por la que se mueven oscuros tratantes de arte, hombres que se han hecho a sí mismos y marchitos aristócratas. Cuando dos cuerpos aparecen en el canal, la búsqueda del retrato perdido se convierte en un peligroso juego del gato y el ratón que amenaza con destruir el trono otomano y desencadenar feroces luchas de poder en Europa.
Jason Goodwin, ganador del Edgar Award por El Árbol de los Jenízaros y cuyas novelas han sido traducidas a treinta y siete idiomas, es uno de los mayores expertos en Estambul, una ciudad codiciada y codiciosa atrapada entre el exotismo de su pasado y la inestabilidad de los nuevos tiempos.
La estrategia Bellini es «una novela magnífica, inteligente y evocadora» (Independent) de «un escritor de enorme talento» (Financial Times).
– Yo no quiero más que ayudar -dijo Ruggerio.
– Encontrémonos en Florian's entonces, a las doce -dijo Palieski, rezando para que él pudiera estar allí también.
Se estrecharon las manos, y Ruggerio se marchó haciendo zalemas.
– Qué lástima lo de la chica -murmuró Palieski para sí mismo más tarde, mientras permanecía con las manos en los bolsillos y contemplaba las barcas y las góndolas deslizándose bajo su ventana.
Capítulo 57
Maria se despertó en la oscuridad. Ésta era casi su elemento, como si hubiera vivido tanto tiempo sin luz que la oscuridad no pudiera ya lastimarla. Ya no podía hacerla llorar.
Movió las manos, flexionó los dedos. Las muñecas empezaban a arderle. Quizás era un signo de que se estaba curando.
Durante un rato no percibió nada más que aquellas extrañas mezclas de color que se formaban y reformaban en la oscuridad, como efímeros dibujos en agua aceitosa; pero luego, muy claramente, oyó cómo se descorrían los cerrojos de la puerta, y luego el crujido de ésta al abrirse.
Sintió que le subía el corazón a la boca. Y luego… no ocurrió nada.
Observó la presencia de un nuevo olor. Se incorporó en la oscuridad, y sintió que algo o alguien le tocaba los pies.
Era una mano, una mano humana… y luego otra mano subió hasta encontrar las suyas y en ella había algo que olía más dulce de lo que sería posible imaginar.
Maria cogió el pan y se lo metió en la boca.
Podrían quitárselo, en cualquier momento. Podía ser un truco, como el agua que habían derramado a través de sus pechos.
Pero ¿por qué, se preguntaba, no había ninguna luz?
Y entonces, lentamente y con gran perplejidad, fue descubriendo el olor a rosas.
– Grazie -susurró-. Per il pane… grazie, caro.
– De nada. ¿Puede usted andar?
– Sí.
– Vayamos a casa.
Capítulo 58
Palieski tomó una góndola en el embarcadero y dio instrucciones al gondolero de que remara por el Gran Canal.
El palazzo de la puerta que se abría al canal era uno de los mayores. La mayor parte de sus ventanas de postigos estaban cerradas.
Palieski despidió la góndola en un embarcadero cercano. En su cabeza se había imaginado un callejón sin salida, con ventanas que daban a la planta baja, pero la entrada resultó ser una reja que se abrió al tocarla. Dentro había un patio con una fuente en el medio y a su izquierda unas escaleras de piedra que se alzaban hasta el primer piso.
Había algunos niños pequeños que jugaban, vigilados por una vieja dama totalmente envuelta en negra seda que se encontraba sentada en un banco al sol.
– Buenos días -dijo Palieski cortésmente, levantándose el sombrero.
– Buenos días a usted, signor. ¿Se ha perdido?
– Quizás sí.
– ¡Ah! -exclamó ella sonriendo-. Éste es el Palazzo d'Istria, signor.
– He oído el nombre.
– ¿Oído? Perdone… Pepe, ¿está bien eso? No importa… un muchacho nunca debe pegar a una niña. Ven aquí, cara. Ven con Nonna. Así está bien. Eso está mejor.
La niñita se instaló en el regazo de la dama.
– Hace un siglo, la familia d'Istria era muy alegre, signor. Usted habría conocido el nombre, entonces, sin duda.
– He conocido a una contessa… la contessa d'Aspi d'Istria. Una mujer realmente encantadora.
– Ah, sí. Es una triste historia.
– Puedo soportar una triste historia -dijo él-. ¿Permite?
– Por favor.
La mujer dio una palmadita al banco, y él se sentó a su lado. La niñita levantó la mirada hacia él a través de una maraña de negro cabello, y su abuela empezó a pasarle los dedos por él.
– Lucia d'Istria era una gran belleza. Se casó con el conde d'Aspi. Un enlace muy acertado… dos viejas familias. -Se inclinó a un lado para la confidencia-. Los d'Aspi tenían el dinero, pero los Istria poseían la belleza, como Carla.
– Sí, ya veo.
– Esto fue en tiempos de la República, naturalmente. Trescientos invitados, y las mujeres… tan bellas en aquellos días. Yo estuve allí, y era hermosa también. ¿Por qué no? Era bastante joven. Casada, por supuesto… Debería haberlo visto, signor, todo aquel color… ¡Hasta los hombres! Los hombres no siempre vestían de negro como hoy en día.
«Vivieron aquí en los primeros tiempos. Vino un hijo -Luciano- y también la hija que usted ha conocido. -Movió negativamente la cabeza-. Creíamos que serían felices para siempre. -Golpeó el suelo con las puntas de los dedos, como si estuviera espantando ratones-. Ahora, vete, pequeñina. Pepe será bueno ahora… ¿no es verdad, Pepe? Y usted, signor, ¿tiene usted hijos?
– No -dijo Palieski.
La mujer le dio una palmadita en la mano.
– Eso no es infrecuente en Venecia hoy. Como iba diciendo, la República se hundió, y en la guerra los d'Aspi perdieron un montón de buena tierra, en el interior. Luciano murió combatiendo contra los austríacos, pobre chico. Lucia… Pienso que vivía sólo para su hijo. Eso fue una pena para la niña también. -Lanzó un suspiro-. El conde d'Aspi solía sentarse en este banco, con la barbilla apoyada en su bastón. Decía que había vivido demasiado tiempo. Todo se había reducido a nada, sabe usted.
– ¿Y la hija? ¿La condesa?
– Ella es la última. La última de los d'Aspi, la última de los Istria. Pero nunca se casará.
– ¿Por qué no?
– Eso está bien, Pepe. Buen chico -dijo la dama, como si no lo hubiera oído.
Palieski se puso de pie, observando a los niños.
– ¿Hay muchas familias viviendo aquí ahora?
– ¿En el palazzo? No muchas. Mi hijo, el doctor, alquiló el piano nobile cuando se casó. Me temo que es una extravagancia. Yo tengo un apartamento encima y por supuesto es muy conveniente para ellos. Los Gramante viven arriba. Se dedican al comercio, pero son totalmente responsables.
– ¿Y su familia, mia donna? ¿Están todos bien?
– ¿Nada de heridas de bala?
Palieski vio que la mujer alargaba la mano subrepticiamente para tocar el banco.
– Ya que lo pregunta, sí. Gracias a Dios por los niños, signor.
Palieski hizo una inclinación.
– Gracias por hablar conmigo. Reanudaré mi paseo.
«Qué curioso», pensó, mientras seguía su tortuoso camino hacia la piazza. Evidentemente no era el doctor el que recibió el disparo; ni su hermano, si vamos al caso. Pero no vivía nadie más en el palazzo.
«Me pregunto cómo terminará esto», se dijo.
Divisó a Ruggerio, sentado a una mesa, y se disponía a reunirse con él cuando observó que un hombre que se encontraba de pie detrás, en la sombra de la arcada, le hacía una señal.
– ¿Está usted loco, signor Brett? ¿En la piazza, hoy?
– Estoy en manos del destino, Alfredo.
– Podría acabar en manos de la policía, signor, a menos que nos movamos con rapidez.
Palieski levantó una ceja.
– El hermano… No está tan loco como parecía -prosiguió Alfredo-. Recibió un balazo en el hombro y creo que eso lo calmó. De hecho, se lo debemos todo a él, tal como fueron las cosas. Le contó a la policía que había sido un accidente, y que no había nadie más implicado.
– ¿Y le creyeron?
Alfredo se encogió de hombros.
– De momento, sí. ¿Por qué no? Vamos, paseemos. La banda se dispone a tocar.
La arcada se iba llenando de gente por momentos; los venecianos patriotas se estaban apartando de la piazza para evitar la apariencia de que disfrutaban de la banda austríaca.