Voces del desierto
- Автор: Пиньон Нелида
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Voces del desierto». Краткое содержание книги:
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.
36.
Scherezade desenrolla los hilos coloridos de la historia que salen de un ovillo a salvo de la intemperie. Mientras la escucha, el Califa, impasible, reposa, anula los movimientos. A cada palabra de la joven, se olvida de la humillación infligida por la mujer que lo traicionara con el más miserable de sus sirvientes. Lentamente se borran las escenas envilecedoras que lo dejan a veces insomne, perseguido por un inexplicable terror. Como si el miedo, al encadenarle los pies, le robase el gusto de caminar por la vida, instaurase en él el caos de la civilización. Ya sin lograr, en consecuencia, entender las reglas del mundo donde había aprendido a vivir y a reinar simultáneamente.
Le basta, no obstante, con regresar al salón de las audiencias para que la silueta de la Sultana, muerta hace algún tiempo, lo persiga. Ningún escondrijo le ofrece ya protección vedando la entrada de aquel fantasma. A esas horas, la sombra implacable de su esposa, en flagrante falta de respeto a la imponencia del trono, avanza en su dirección, peldaños arriba, lo lame con el veneno de su saliva, lo muerde con una boca que exhibe dientes y lengua. Señalándole, con gesto voraz, su propia vulva, el lugar de la crisis y de la traición, el depósito ígneo de su sexo, del cual afloran lava, lama, secreciones. Justo donde ella lo azotara, golpeándolo con el arma del desatinado deseo. En este escondrijo, oscuro y húmedo, la Sultana experimentó goces que el descomunal africano le trajo como consigna de su origen remoto.
La memoria de la insultante lujuria de la mujer refuerza en el Califa el espíritu de desquite. Como si, teniéndola aún a su lado, aquella voz lúgubre lo exhortase a no confiar en otra hembra, a matarlas después de la posesión. Y siempre que él accede al templo de la venganza, enviando a una joven al cadalso, el rostro de la esposa muerta se desvanece, pero no se apaga del todo. Apegada al soberano, lo vigila de cerca, reclamando sus derechos.
El fantasma de la Sultana, en esta mutua persecución, impreca, indaga en nombre de qué principio el Califa había decretado su muerte. Y por qué motivo no liberaba a las mujeres, a las que apenas atendía, mediante un simple albalá, pudiendo así ellas celar por sus propias fantasías, vivir travesuras amorosas. Mientras su sonrisa arrogante le aseguraba que, gracias al arte de fabular la realidad, pulido en aquellos años, ella había disfrutado de los placeres de la carne. Cuando, prácticamente vecina del harén del soberano, huía de la prisión que significaba vivir atada a un hombre que, aunque la hubiese elegido reina, desconsideraba los caprichos de un ser como ella.
De vuelta a los aposentos después de las audiencias, el Califa se entretiene con las hijas del Visir. Ya no queda en derredor vestigio de la silueta de la reina. Frente a los gestos graciosos de las jóvenes, se ilusiona con la victoria. Como si la Sultana, no habiendo siquiera existido, no pudiese causarle ninguna molestia.
En ciertos momentos del día, con todo, averigua los estragos provocados en su corazón. Comprueba que, ni siquiera libre de su presencia amarga, siente conmiseración por sus súbditos, se compadece de una reina responsable de que viva ahora bajo el dominio de la imaginación de Scherezade.
Al caer la noche, le pesan los años. Apoyado en los cojines desparramados a lo largo del diván, retribuye con displicencia los frutos secos. Para las hijas del Visir recurre a gestos que no destronan su majestad ni lo alejan del centro irradiador de su egoísmo.
Al unirse más tarde al cuerpo de Scherezade, parte de un ritual que amenaza con eternizarse, teme la naturaleza de los sentimientos ahora en curso, el rumbo de la historia que ella comienza a contarle. Intuye que su poder, frente al imperio narrativo de Scherezade, vale poco, lo que le da motivos para amenazarla de nuevo con la muerte ante las primeras señales de la aurora.
37.
Dinazarda se vanagloria de los méritos de su hermana en presencia del Califa. No enaltece propiamente sus encantos físicos ni le hace ver que el cuerpo de Scherezade, discreta en el amor, alberga vida, jadea en sigilo. Pero le deja entrever que la seducción narrativa, a la que está sujeto, supera el placer erótico con el cual se entretiene cada noche.
No mide esfuerzos en proveer a su hermana de innumerables virtudes. Aunque vocifere, le toque el brazo, actúe como si ella le perteneciese. Hasta tal punto que se pregunta por qué no considerarla suya, si había puesto su propia vida en peligro para salvar a esta contadora de historias. Si, desde la llegada al palacio del Califa, había sacrificado sus esperanzas a cambio del bienestar de su hermana.
Dinazarda no oculta su creciente frustración. Tiene razones para arrepentirse, para que oigan sus gritos de protesta por haber atado su existencia a Scherezade, ser prisionera ahora del Califa, que no hace nada por enaltecerla. No se considera de ningún modo compensada por tanto empeño. Al fin y al cabo, su hermana y el soberano le debían mucho. Gracias a ella reinaba el orden en aquel lado del palacio. Bajo su persistente capacidad de tejer intrigas y dirigir la vida casera, la realidad de la corte se había suavizado.
Al insinuar la sabiduría de su hermana, Dinazarda se envanece al realzar la propia. Se siente tentada a confesarle al soberano que Scherezade, bajo la amenaza de que su memoria claudique, palidezca, frecuentemente recurre a su socorro. Cuando entonces, condolida ante su inminente infortunio, ella restaura su confianza mediante señales que, sólo sugeridas, son suficientes para enlazar a Scherezade de nuevo a un relato a punto de sucumbir al brote de una lógica asfixiante.
En los últimos días, previendo momentos de estiaje en la imaginación de la joven, Dinazarda le encargó a Jasmine que fuese a recoger al bazar restos de historias que revitalizasen en el futuro el repertorio de su hermana. Y no queriendo transmitirle a Scherezade la impresión de que había perdido confianza en sus urdimbres, hiriendo así su vanidad, no dijo nada. Simplemente exigió que Jasmine se precaviese, no quería ponerla en peligro. Era una esclava hermosa, le llamaba la atención su modo de caminar, dejando por donde iba rastro de aroma silvestre. De porte elegante, aseada, con las piernas largas y finas, en perfecta sintonía con su cuello ornado con argollas de plata. Las ropas que la cubrían le aseguraban actitud de princesa. Debiéndose tal fausto, incompatible con su condición, a Scherezade, empeñada en hacerla olvidar el cautiverio.
Fue esta misma Jasmine la que, en cierta ocasión, proclamó una ilimitada lealtad a las hermanas, el deseo de ser puesta a prueba en hora de aflicción. Y ello por conocer, por primera vez, el sentimiento de pertenecer a las hijas del Visir, que reclamarían su cuerpo y llorarían por ella en caso de muerte.
Desde esta perspectiva, Jasmine no fallaba. En la defensa de las princesas, su temperamento aguerrido veía enemigos incluso en quienes le hablasen con una fonética caprichosa, como privándola de su lengua tribal.
Jasmine transpone los muros del palacio, se distancia rápidamente. Aparenta pobreza y cansancio con la cabeza pendiente sobre los hombros, que la envejece. Aspira ávida los olores de la ciudad. Por los intersticios de las casas sorprende de lejos las murallas, el mundo del Califa que se extiende más allá de ellas. Atraída por el peligro, se desvía de la ruta prevista, avanza en dirección al río Tigris, en la margen oeste de Bagdad. Las aguas, que bordean la ciudad, habían bañado antes otras tierras.
Se siente libre. Por designio divino, el entorno le sugiere que disfrute del inesperado porvenir. Guiada por continuas emociones, Jasmine reza ante la visión de la monumentalidad de la mezquita que llena el paisaje de Bagdad. Piensa en su familia, de la cual fuera brutalmente apartada. El recuerdo la quebranta, pero prosigue. En el centro de la tumultuosa plaza, le fascina la algarabía de los transeúntes. Andando al azar, se olvida de los quehaceres que la han llevado a la medina, ya no tiene que dar satisfacciones a su ama. La emoción, con todo, la vuelve imprudente, la induce a sonreír sin motivo. Inventando lo que le hace falta. Cruza así las callejas, clasifica los objetos a la venta. Le parece ver la silueta de Harum al-Rashid, que, vivo de nuevo, años después de su muerte, celebra las aventuras y desventuras de su pueblo.