La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial
- Автор: Хольбайн Вольфганг, Хольбайн Хайке
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La Leyenda de Camelot I - La Magia Del Grial». Краткое содержание книги:
Oyó un ruido que no pertenecía al habitual devenir de la mañana: el vaivén de las olas, que rompían a veinte metros de él, al pie de los acantilados; la brisa del bosque, que se colaba entre las rocas y agitaba las copas de los árboles… Tras él rodó una piedra. Lancelot se volvió y examinó el terreno atentamente, pero no vio nada extraño. Un nuevo crujido, y tuvo claro que venía de la puerta abierta de la fortaleza. Allí había alguien.
No tenía elección.
Lancelot desató el escudo de su espalda y lo agarró con la mano izquierda, mientras siguió subiendo hacia la puerta. La naturalidad con la que lo hizo le dejó perplejo. Era como si nunca hubiera hecho otra cosa. Realmente debería haberse planteado que, nuevamente, era cosa de la armadura, pues cuando la vestía, dominaba otras destrezas que, de ordinario, no poseía.
Al cruzar el arco quebrado, caminó más despacio hasta pararse. Por la extensión de la bóveda, la muralla debía de ser casi tan gruesa como alta. El techo estaba horadado con una serie de agujeros desiguales, por los que, en caso de ataque, se podrían arrojar piedras o aceite hirviendo sobre los enemigos.
De la puerta no quedaba apenas nada, pero de las paredes sobresalían unas gigantescas bisagras cubiertas de herrumbre, y cuando llegó al otro lado tuvo que agacharse bajo los restos de una pesada reja. Malagon era pequeño; pero, por lo que parecía, había gozado de abundantes medidas de protección. Sin embargo, al final había caído. Los rastros de violentas batallas eran casi tan antiguos como la propia fortaleza, y numerosísimos; y por un instante Lancelot creyó escuchar el fragor de la guerra, el olor de los incendios, y tuvo ante sus ojos el flameo de las llamas…
Le costó un gran esfuerzo apartar aquellas imágenes de su cabeza para concentrarse de nuevo en el aquí y ahora. El patio apareció silencioso y desamparado ante él, pero, como anteriormente, volvió a sentir que no estaba solo.
Tras una corta búsqueda, comprobó que su sospecha era cierta.
Al otro lado del patio, tras las almenas resquebrajadas, descubrió una sombra oscura, que miraba inmóvil en dirección este hacia el mar. Un momento después, divisó un segundo centinela arriba, en la torre, que oteaba justo en dirección contraria. Malagon no estaba tan vacío como parecía desde fuera.
Lancelot dudó si trepar por la muralla para eliminar al vigilante de las almenas, pero enseguida comprendió que aquel acto le supondría quedar al descubierto ante el otro centinela, el de la torre. Inmediatamente y lleno de estupor, asimiló lo que había estado a punto de hacer: planificar con absoluta frialdad la conveniencia o no de matar a un hombre, no en defensa propia o en la batalla, sino con alevosía y a traición, con toda premeditación. Un guerrero seguramente podría justificar aquel pensamiento sin reparos, pero Dulac -no Lancelot- experimentó por unos segundos un horror gélido. Aquella armadura no sólo le otorgaba la fortaleza y las delicadas maneras de un guerrero, sino que le transformaba en alguien que le atemorizaba profundamente. Si se hubiera tratado únicamente de Uther, incluso de Arturo, habría claudicado y salido corriendo de allí, muerto del pánico. Pero el rostro pálido de Ginebra vino a su mente y no lo hizo. Daba lo mismo el precio que tuviera que pagar, rescataría a Ginebra.
Y se ocuparía de que Mordred no volviera a hacerle daño nunca más.
Pero no por eso se convertiría en un asesino, por mucho que la voz de su interior tratara de convencerlo con mil argumentos que intentaban acallar su sentido común.
Lancelot levantó la mano de la empuñadura de la espada, esperó al momento que más favorable le pareció y, haciendo el menor ruido posible, cruzó el patio como una exhalación. No fue lo bastante silencioso, ya que la sombra de las almenas se giró con un movimiento impetuoso y, muy concentrado, examinó el patio de parte a parte. Pero, para alivio de Lancelot, se volvió de nuevo y siguió escrutando el mar. Lancelot permaneció un instante pegado al muro y luego se lanzó de nuevo. No tenía nada que temer. El patio estaba oscuro como la pez y los ojos del hombre se habían acostumbrados a la luz del sol. Era totalmente invisible.
Enfrente de él había una puerta. Lancelot la traspasó rápidamente, corrió unos metros más y se quedó parado para escuchar. Oyó ruidos más adelante. No podía identificarlos con precisión, pero no parecían de origen natural. Lancelot siguió un trecho hasta llegar a un cruce de pasillos. Intentó orientarse y dobló a la derecha en pos del ruido. Ahora podía distinguir dos, quizás tres voces, y tras un recodo, se topó con el parpadeo de una luz rojiza que le señalo el camino.
Ante él apareció una escalera que se hundía en las profundidades. Sus muros estaban formados por grandes sillares de piedra y la cubierta abovedada era tan baja que tuvo que inclinar la cabeza para no tropezar. Aquí y allá colgaban de la pared varias antorchas comidas por el óxido. Los peldaños de la escalera estaban desgastados por los innumerables pies que los habían pisado. A lo largo de los muros pudo divisar pequeñas hornacinas horadadas en la piedra irregularmente. La mayor parte estaban vacías, pero en una descubrió la pequeña estatua de un ídolo, esculpida toscamente en piedra o lava. De vez en cuando, también había cincelados en la piedra signos que le recordaron las runas de su espada y las de la barda de su caballo.
No sabía quién había construido aquella fortaleza, pero Malagon tenía que ser antiquísima.
A medida que se iba acercando al final de la escalera, el entorno fue cambiando. Los escalones, las paredes y el techo ya no estaban construidos con grandes cuadrantes de piedra, sino que habían sido labrados directamente en la roca. Se encontraba más abajo del nivel del suelo.
La luz y las voces aumentaron. Lancelot divisó frente a él una gran explanada de paredes irregulares; probablemente, una cueva sobre la que edificaron la fortaleza.
Caminaba cada vez más despacio y pronto se demostró que su prudencia tenía razón de ser. La escalera terminaba en una extensa cueva de techo muy bajo, en la que se entreveraban zonas iluminadas por el danzante parpadeo rojo de varias antorchas con otras de absoluta penumbra. Justo al otro lado de la cueva, había una pesada puerta doble de hierro negro y, no lejos de ella, una mesa de madera rústica, rodeada por un montón de sillas; una torpe copia que, sin embargo, lograba el propósito de quien la había ideado: escarnecer la mesa de Arturo en el salón del trono.
Al otro lado de la entrada, dos soldados, con las armaduras negras de los pictos, guardaban la estancia. A ellos pertenecían las voces que había oído Lancelot. Le descubrieron en el mismo momento en el que él pisó la cueva y los vio, y a pesar de que estaban inmersos en una conversación y no contaban en absoluto con la intromisión de un extraño, reaccionaron al instante. El primero agarró la lanza que estaba apoyada a su lado en la pared, mientras el segundo se abalanzaba hacia Lancelot con su capa ondulante y la espada en ristre.
No tuvieron ni la más mínima oportunidad de emitir un grito de socorro. Aunque fueron muy rápidos, a Lancelot sus movimientos le parecieron irrisiblemente lentos. La espada rúnica estaba de pronto en su mano, sin que él recordara haberla desenvainado y, como aquella mañana en que luchó con Arturo, el arma fue la que le ordenó qué hacer, y no al revés. La espada saltó y, sin oposición por parte del contrario, penetró a través de la coraza en el pecho del soldado, y antes de que el hombre se desplomara, Lancelot pasó por su lado con el brazo izquierdo en alto. Descargó su escudo sobre el otro guerrero con tanto ímpetu que arrojó al hombre contra la pared y le obligó a soltar la lanza. Inmediatamente, la espada de Lancelot volvió a probar el gusto de la sangre. El segundo soldado cayó también sin articular palabra y murió al instante.