El Juego Del Ángel
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
– A sus órdenes, mi coronel.
– Andando o le encierro en el calabozo, a ver si le encuentra el chiste.
No me lo tuvo que repetir dos veces. Me incorporé como pude y puse rumbo a casa con la esperanza de llegar antes de que mis pasos me guiaran de nuevo a otro tugurio de mala muerte. El trayecto, que en condiciones normales me hubiese llevado diez o quince minutos, se prolongó casi el triple. Finalmente, en un giro milagroso, llegué a la puerta de mi casa para, como si de una maldición se tratase, volver a encontrarme a Isabella sentada esta vez en el vestíbulo interior de la finca, esperándome.
– Está usted borracho -dijo Isabella.
– Debo de estarlo, porque en pleno delírium trémens me ha parecido encontrarte a medianoche durmiendo a las puertas de mi casa.
– No tenía otro sitio adonde ir. Mi padre y yo hemos discutido y me ha echado de casa.
Cerré los ojos y suspiré. Mi cerebro embotado de licor y amargura era incapaz de dar forma al torrente de negativas y maldiciones que se me estaban apelotonando en los labios.
– Aquí no puedes quedarte, Isabella.
– Por favor, sólo por esta noche. Mañana buscaré una pensión. Se lo suplico, señor Martín.
– No me mires con esos ojos de cordero degollado -amenacé.
– Además, si estoy en la calle es por su culpa -añadió.
– Por mi culpa. Ésa sí que es buena. Talento para escribir no sé si tendrás, pero imaginación calenturienta te sobra. ¿Por qué infausto motivo, si puede saberse, es culpa mía que tu señor padre te haya puesto de patitas en la calle?
– Cuando está usted borracho habla raro.
– No estoy borracho. No he estado borracho en mi vida. Contesta a la pregunta.
– Le dije a mi padre que usted me había contratado como ayudante y a partir de ahora me iba a dedicar a la literatura y ya no podría trabajar en la tienda.
– ¿Qué?
– ¿Podemos pasar? Tengo frío y el trasero se me ha quedado petrificado de dormir sobre los escalones.
Sentí que la cabeza me daba vueltas y me rondaba la náusea. Alcé la vista a la tenue penumbra que destilaba de la claraboya en lo alto de la escalera.
– ¿Es éste el castigo que me envía el cielo para que me arrepienta de mi vida disoluta?
Isabella siguió el rastro de mi mirada, intrigada.
– ¿Con quién habla?
– No hablo con nadie, monologo. Prerrogativa del beodo. Pero mañana a primera hora voy a dialogar con tu padre y poner fin a este absurdo.
– No sé si es una buena idea. Ha jurado que cuando le vea le va a matar. Tiene una escopeta de dos cañones escondida debajo del mostrador. Él es así. Una vez mató a un burro con ella. Fue en verano, cerca de Argentona…
– Cállate. Ni una palabra más. Silencio.
Isabella asintió y se me quedó mirando, expectante. Reanudé la búsqueda de la llave. Ahora no podía lidiar con el embolado de aquella locuaz adolescente. Necesitaba caer sobre la cama y perder la conciencia, preferentemente por ese orden. Busqué durante un par de minutos, sin resultados visibles. Finalmente, Isabella, sin mediar palabra, se me adelantó y hurgó en el bolsillo de mi chaqueta por el que mis manos habían pasado cien veces y encontró la llave. Me la mostró y asentí, derrotado.
Isabella abrió la puerta del piso y me ayudó a incorporarme. Me guió hasta el dormitorio como a un inválido y me ayudó a tumbarme en la cama. Me acomodó la cabeza sobre las almohadas y me quitó los zapatos. La miré confundido.
– Tranquilo, que los pantalones no se los voy a quitar.
Me aflojó los botones del cuello y se sentó a mi lado, observándome. Me sonrió con una melancolía que no se merecían sus años.
– Nunca le he visto tan triste, señor Martín. ¿Es por esa mujer, verdad? La de la foto.
Me tomó la mano y me la acarició, tranquilizándome.
– Todo pasa, hágame caso. Todo pasa.
A mi pesar, se me llenaron los ojos de lágrimas y volví la cabeza para que ella no me viese la cara. Isabella apagó la luz de la mesita y permaneció sentada a mi lado, en la penumbra, escuchando llorar a aquel miserable borracho sin hacer preguntas ni ofrecer más juicio que su cornpañía y su bondad hasta que me dormí.
Me despertó la agonía de la resaca, una prensa cerrándose sobre las sienes, y el perfume de café colombiano. Isabella había dispuesto una mesita junto a la cama con una cafetera recién hecha y un plato con pan, queso, jamón y una manzana. La visión de la comida me produjo náuseas, pero alargué la mano hacia la cafetera. Isabella, que me había estado observando desde el umbral sin que lo advirtiese, se me adelantó y me sirvió una taza, deshecha en sonrisas. -Tómelo así, bien cargado, y le irá de maravilla. Acepté el tazón y bebí. -¿Qué hora es? -La una de la tarde. Dejé escapar un soplido. -¿Cuántas horas llevas despierta? -Unas siete.
– ¿Haciendo qué?
– Limpiando y ordenando, pero aquí hay faena para varios meses -replicó Isabella. Tomé otro sorbo largo de café.
– Gracias -murmuré-. Por el café. Y por ordenar y limpiar, pero no tienes por qué hacerlo.
– No lo hago por usted, si es lo que le preocupa. Lo hago por mí. Si voy a vivir aquí, prefiero pensar que no me voy a quedar pegada a algo si me apoyo por accidente. -¿Vivir aquí? Creí que habíamos dicho que… Al levantar la voz, una punzada de dolor me cortó la palabra y el pensamiento.
– Siiihhhh -susurró Isabella.
Asentí a modo de tregua. Ahora no podía ni quería discutir con Isabella. Tiempo habría para devolverla a su familia más tarde, cuando la resaca se batiese en retirada. Apuré la taza de un tercer sorbo y me incorporé lentamente. De cinco a seis púas de dolor se me clavaron en la cabeza. Dejé escapar un lamento. Isabella me sostenía del brazo.
– No soy un inválido. Puedo valerme por mí mismo. Isabella me soltó tentativamente. Di algunos pasos hacia el pasillo. Isabella me seguía de cerca, como si temiese que fuera a desplomarme por momentos. Me detuve frente al baño.
– ¿Puedo orinar a solas? -pregunté. -Apunte con cuidado -musitó la muchacha-. Le dejaré el desayuno en la galería. -No tengo hambre. -Tiene que comer algo. -¿Eres mi aprendiz o mi madre? -Se lo digo por su bien.
Cerré la puerta del baño y me refugié en el interior. Mi ojos tardaron un par de segundos en ajustarse a lo que estaba viendo. El baño estaba irreconocible. Limpio y reluciente. Cada cosa en su sitio. Una pastilla de jabón nueva sobre el lavabo. Toallas limpias que ni siquiera sabía que habían estado en mi posesión. Olor a lejía.
– Madre de Dios -murmuré.
Metí la cabeza bajo el grifo y dejé correr el agua fría durante un par de minutos. Salí al corredor y me dirigí lentamente a la galería. Si el baño estaba irreconocible, la galería pertenecía a otro mundo. Isabella había limpiado los cristales y el suelo y ordenado muebles y butacas. Una luz pura y clara se filtraba por las cristaleras y el olor a polvo había desaparecido. Mi desayuno me esperaba en la mesa frente al sofá, sobre el que la muchacha había tendido un manto limpio. Las estanterías repletas de libros parecían reordenadas y las vitrinas habían recobrado la transparencia. Isabella me estaba sirviendo un segundo tazón de café.
– Sé lo que estás haciendo, y no va a funcionar-dije. -¿Servir una taza de café?
Isabella había ordenado los libros desperdigados en pilas sobre las mesas y por los rincones. Había vaciado revisteros que llevaban anegados más de una década. En apenas siete horas, había barrido de un plumazo años de penumbra y tinieblas con su afán y su presencia, y todavía le quedaban tiempo y ganas para sonreír.
– Me gustaba más como estaba antes -dije.
– Seguro. A usted y a las cien mil cucarachas que tenía de inquilinas y que he despedido con viento fresco y amoniaco.
– ¿Así que ése es el pestuzo que se huele?
– El pestuzo es olor a limpio -protestó Isabella-. Podría estar un poco agradecido.
– Lo estoy.
– No se nota. Mañana subiré al estudio y…
– Ni se te ocurra.
Isabella se encogió de hombros, pero su mirada seguía determinada y supe que en veinticuatro horas el estudio de la torre iba a sufrir una transformación irreparable.
– Por cierto, esta mañana me he encontrado un sobre en el recibidor. Alguien debió de colarlo por debajo de la puerta anoche.
La miré por encima de la taza.
– El portal de abajo está cerrado con llave -dije.
– Eso pensaba yo. La verdad es que me ha parecido muy raro y, aunque llevaba su nombre…
– … lo has abierto.
– Me temo que sí. Ha sido sin querer.
– Isabella, abrir la correspondencia de los demás no es indicio de buenos modales. En algunos sitios incluso es delito castigable con penas de cárcel.
– Eso le digo yo a mi madre, que siempre me abre las cartas. Y sigue libre.
– ¿Dónde está la carta?
Isabella extrajo un sobre del bolsillo del delantal que se había enfundado y me lo tendió evitando mi mirada. Tenía los bordes serrados y era de papel grueso y poroso, amarfilado, con el sello del ángel sobre lacre rojo -rotoy mi nombre en trazo carmesí y tinta perfumada. Lo abrí y extraje una cuartilla doblada.
Estimado David:
Confío en que se encuentre bien de salud y que haya ingresado los fondos acordados sin problemas. ¿Le parece que nos veamos esta noche en mi domicilio para empezar a discutir los pormenores de nuestro proyecto? Se servirá una cena ligera a eso de las diez. Le espero.
Su amigo,
ANDREAS CORELLI
Cerré la cuartilla y la guardé de nuevo en el sobre. Isabella me observaba intrigada.
– ¿Buenas noticias?
– Nada que te concierna.
– ¿Quién es ese tal señor Corelli? Tiene la letra bonita, no como usted.
La miré con severidad.
– Si voy a ser su ayudante, digo yo que tendré que saber con quién tiene tratos. Por si he de mandarlos a paseo, quiero decir.
Resoplé.
– Es un editor.
– Debe de ser bueno, porque mire qué papel de carta y qué sobres que se gasta. ¿Qué libro está escribiendo para él?
– Nada que te incumba.
– ¿Cómo voy a ayudarle si no me dice en lo que está trabajando? No, mejor no conteste. Ya me callo.
Durante diez milagrosos segundos, Isabella permaneció callada.
– ¿Cómo es el tal señor Corelli?
La miré fríamente.
– Peculiar.
– Dios los cría y… no digo nada.
Observando a aquella muchacha de corazón noble me sentí, si cabe, más miserable y comprendí que cuanto antes la alejase de mí, aun a riesgo de herirla, mejor sería para ambos.
– ¿Por qué me mira así?
– Esta noche voy a salir, Isabella.
– ¿Le dejo algo de cena preparada? ¿Volverá muy tarde?
– Cenaré fuera y no sé cuándo regresaré, pero sea a la hora que sea, cuando vuelva quiero que te hayas ido. Quiero que cojas tus cosas y te marches. Adonde, me es indiferente. Aquí no hay lugar para ti. ¿Entendido?
Su rostro palideció y los ojos se le hicieron agua. Se mordió los labios y me sonrió con las mejillas surcadas de lágrimas.
– Estoy de sobra. Entendido.
– Y no limpies más.
Me levanté y la dejé a solas en la galería. Me escondí en el estudio de la torre. Abrí las ventanas. El llanto de Isabella llegaba desde la galería. Contemplé la ciudad tendida al sol del mediodía y dirigí la vista al otro extremo donde casi creí poder ver las tejas brillantes que cubrían Villa Helius e imaginar a Cristina, señora de Vidal, arriba en las ventanas del torreón, mirando hacia la Ribera. Algo oscuro y turbio me cubrió el corazón. Olvidé el llanto de Isabella y tan sólo deseé que llegase el momento de encontrarme con Corelli para hablar de su libro maldito.
comprobé que la muchacha se había marchado. Antes de hacerlo, sin embargo, se había entretenido en ordenar y limpiar la colección de obras completas de Ignatius B. Samson que durante años habían atesorado polvo y olvido en una vitrina que ahora relucía sin mácula. La muchacha había tomado uno de los libros y lo había dejado abierto por la mitad sobre un atril de pie. Leí una línea al azar y me pareció viajar a un tiempo en el que todo parecía tan simple como inevitable.
”La poesía se escribe con lágrimas, la novela con sangre y la historia con agua de borrajas”, dijo el cardenal mientras untaba de veneno el jilo del cuchillo a la luz del candelabro.”
La estudiada ingenuidad de aquellas líneas me arrancó una sonrisa y me devolvió una sospecha que nunca había dejado de rondarme: tal vez habría sido mejor para todos, sobre todo para mí, que Ignatius B. Samson nunca se hubiese suicidado y que David Martín hubiese tomado su lugar.
Permanecí en el estudio de la torre hasta que el atardecer se esparció sobre la ciudad como sangre en el agua. Hacía calor, más del que había hecho en todo el verano, y los tejados de la Ribera parecían vibrar a la vista como espejismos de vapor. Bajé al piso y me cambié de ropa. La casa estaba en silencio, las persianas de la galería entornadas y las vidrieras teñidas de una claridad ámbar que se esparcía por el pasillo central.
– ¿Isabella? -llamé.
No obtuve respuesta. Me acerqué hasta la galería.
Anochecía ya cuando salí a la calle. El calor y la humedad habían empujado a numerosos vecinos del barrio a sacar sus sillas a la calle en busca de una brisa que no llegaba. Sorteé los improvisados corros frente a portales y esquinas y me dirigí hasta la estación de Francia, donde siempre podían encontrarse dos o tres taxis a la espera de pasaje. Abordé el primero de la fila. Nos llevó unos veinte minutos cruzar la ciudad y escalar la ladera del monte sobre el que descansaba el bosque fantasmal del arquitecto Gaudí. Las luces de la casa de Corelli podían verse desde lejos.
– No sabía que alguien viviese aquí -comentó el conductor.
Tan pronto le hube abonado el trayecto, propina incluida, no perdió un segundo en largarse a toda prisa. Esperé unos instantes antes de llamar a la puerta, saboreando el extraño silencio que reinaba en aquel lugar. Apenas una sola hoja se agitaba en el bosque que cubría la colina a mis espaldas. Un cielo sembrado de estrellas y pinceladas de nubes se extendía en todas direcciones. Podía oír el sonido de mi propia respiración, de mis ropas rozándose al andar, de mis pasos aproximándose a la puerta. Tiré del llamador y esperé.
La puerta se abrió momentos más tarde. Un hombre de mirada y hombros caídos asintió ante mi presencia y me indicó que pasara. Su atavío sugería que se trataba de una suerte de mayordomo o criado. No emitió sonido alguno. Le seguí a través del corredor que recordaba flanqueado de retratos y me cedió el paso al gran salón que quedaba en el extremo y desde el cual se podía contemplar toda la ciudad a lo lejos. Con una leve reverencia me dejó allí a solas y se retiró con la misma lentitud con la que me había acompañado. Me aproximé hasta los ventanales y miré entre los visillos, matando el tiempo a la espera de Corelli. Habían transcurrido un par de minutos cuando advertí que una figura me observaba desde un rincón de la sala. Estaba sentado, completamente inmóvil, en una butaca entre la penumbra y la luz de un candil que apenas revelaba las piernas y las manos apoyadas en los brazos de la butaca. Le reconocí por el brillo de sus ojos que nunca pestañeaban y por el reflejo del candil en el broche en forma de ángel que siempre llevaba en la solapa. Tan pronto posé la vista en él se incorporó y se aproximó con pasos rápidos, demasiado rápidos, y una sonrisa lobuna en los labios que me heló la sangre.
– Buenas noches, Martín.
Asentí intentando corresponder a su sonrisa.
– He vuelto a sobresaltarle -dijo-. Lo siento. ¿Puedo ofrecerle algo de beber o pasamos a la cena sin preámbulos?
– La verdad es que no tengo apetito.
– Es este calor, sin duda. Si le parece, podemos pasar al jardín y hablar allí.
El silencioso mayordomo hizo acto de presencia y procedió a abrir las puertas que daban al jardín, donde un sendero de velas colocadas sobre platillos de café conducía a una mesa de metal blanca con dos sillas apostadas frente a frente. La llama de las velas ardía erguida, sin fluctuación alguna. La luna arrojaba una tenue claridad azulada. Tomé asiento y Corelli hizo lo propio mientras el mayordomo nos servía dos vasos de una vasija que supuse era vino o algún tipo de licor que no tenía intención de probar. A la luz de aquella luna de tres cuartos, Corelli me pareció más joven, los rasgos de su rostro más afilados. Me observaba con una intensidad rayana en la voracidad.
– Algo le inquieta, Martín.
– Supongo que ha oído lo del incendio.
– Un fin lamentable y sin embargo poéticamente justo.
– ¿Le parece justo que dos hombres mueran de ese modo?
– ¿Un modo menos cruento le parecería más aceptable? La justicia es una afectación de la perspectiva, no un valor universal. No voy a fingir una consternación que no siento, y supongo que usted tampoco, por mucho que lo pretenda. Pero si lo prefiere guardamos un minuto de silencio.
– No será necesario.
– Claro que no. Sólo es necesario cuando uno no tiene nada válido que decir. El silencio hace que hasta los necios parezcan sabios durante un minuto. ¿Alguna cosa más que le preocupe, Martín?
– La policía parece creer que tengo algo que ver con lo sucedido. Me preguntaron por usted.
Corelli asintió con despreocupación.
– La policía tiene que hacer su trabajo y nosotros el nuestro. ¿Le parece que demos el tema por zanjado?
Asentí lentamente. Corelli sonrió.
– Hace un rato, mientras le esperaba, me he dado cuenta de que usted y yo tenemos pendiente una pequeña conversación retórica. Cuanto antes nos la quitemos de encima, antes podremos entrar en harina-dijo-. Me gustaría empezar preguntándole qué es para usted la fe.
Cavilé unos instantes.
– Nunca he sido una persona religiosa. Más que creer o descreer, dudo. La duda es mi fe.