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La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
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Mi madre se quedó en Nápoles y se recuperó poco a poco de su pena. En cuanto a mí, llevada por la desesperación, recé a un Dios del que dudaba: «Mantén mi corazón libre del mal; no permitas que me convierta en alguien como fue mi padre». Después de todo, ya había matado a un hombre. A menudo me despertaba, jadeando, con la sensación de que sangre caliente salpicaba mi frente, mis mejillas, y me imaginaba que me limpiaba los ojos y contemplaba el asombro en los ojos moribundos de mi víctima. «Un noble acto», decían todos. Había salvado al rey. Quizá había salvado a Ferrandino, pero seguía sin haber nada noble en quitar una vida.

A pesar de la tragedia de la muerte de mi padre -cuyas circunstancias fueron ocultadas al público y a la servidumbre y nunca más se volvieron a mencionar en nuestra familia-, la vida en Nápoles volvió a ser alegre. Ferrandino y Juana se casaron en una gloriosa ceremonia real, el palacio había sido rehabilitado y era de nuevo una lujosa morada, los jardines comenzaban a recuperar su anterior belleza. Bajo la influencia de Alfonso, Jofre se convirtió en un marido fiel.

Pasaron cinco meses. Para el mes de mayo del año 1496, ya me había acomodado en mi contento, y ya no soñaba todas las noches con los disparos de cañón y la sangre caliente, ya no cerraba los ojos y veía la silueta del cuerpo de mi padre colgado en la oscuridad. Tenía la promesa de Ferrandino de que mi marido y yo nos quedaríamos en Nápoles; tenía la compañía de mi madre y de mi hermano, y no quería nada más. Por primera vez, comencé a pensar en criar a mis hijos e hijas en Nápoles, entre los miembros de mi familia, que solo les darían amor.

El papa Alejandro, sin embargo, tenía otros planes.

Estaba cenando con mi madre y mi hermano cuando Jofre apareció con un pergamino en la mano, y una expresión de temor en el rostro. Deduje de inmediato que estaba obligado a notificarme el contenido de la carta y que le aterraba mi reacción.

Tenía buenos motivos para estar asustado. La carta era de su padre. No dudé que la discusión entre nosotros sería desagradable, así que me disculpé, y ambos salimos para hablar de ello en privado.

Según Alejandro, «la guerra en Nápoles nos ha recordado a todos nuestra propia mortalidad, y la fragilidad de todas las vidas. Deseamos vivir el resto de nuestros años rodeados por nuestros hijos».

Todos ellos, incluido Jofre, y sobre todo su esposa.

Recordé al conde de Marigliano, que nos había visitado en Squillace en nombre de Alejandro, cuando se me había acusado de ser infiel a Jofre. Me había advertido discretamente que algún día Su Santidad ya no sería capaz de contener la curiosidad: querría ver con sus propios ojos a la mujer con la que se había casado su hijo menor, la mujer que todos afirmaban era más hermosa que su amante, La Bella.

Maldije, agité los puños ante el pobre y acobardado Jofre. Insistí en que no iría a Roma, aun a sabiendas de que mi negativa estaba condenada al fracaso. Acudí a Ferrandino y le supliqué que convenciese a Su Santidad para que me dejase permanecer en Nápoles pero ambos sabíamos que la palabra de un rey tenía mucho menos poder que la de un Papa. No se podía hacer nada. Después de esperar tanto tiempo que me devolviesen Nápoles, ahora volvían a arrebatármela.

Finales de primavera de 1496

***

Capítulo 10

Jofre y yo llegamos a Roma el día 20 de mayo de 1496, con el repicar de las campanas de la iglesia a las diez de la mañana de un brillante día de sol. Para entretenimiento de las multitudes de nobles y plebeyos, haríamos nuestra entrada en un desfile; nos recibiría Lucrecia Borgia, la segunda descendiente del Papa y su única hija, que nos llevaría al Vaticano.

Alejandro VI había hecho algo que ningún otro Papa antes que él se había atrevido a hacer: había reconocido a sus hijos, en lugar de referirse a ellos como «sobrinas» o «sobrinos»; se decía que los amaba muchísimo, y debía de ser verdad, porque los había llevado a todos a vivir con él en el palacio papal después de su elección.

Incluso antes de mi matrimonio con Jofre, había oído hablar de Lucrecia: se decía que era de una belleza excepcional.

– ¿Cómo es tu hermana? -le pregunté a Jofre, en nuestro viaje al norte.

– Dulce -dijo tras un momento de reflexión-. Modesta y muy encantadora. Te gustará.

– ¿Es hermosa?

Titubeó.

– Ella es… bonita. Por supuesto, no tan bonita como tú.

– ¿Y tus hermanos?

– ¿César? -Una sombra pasó por el semblante de mi esposo a la mención del hermano con quien quizá me hubiesen casado-. Es muy apuesto.

– Me refiero a su personalidad.

– Ah. Es ambicioso. Muy inteligente. -De nuevo, detecté cierto desagrado, pero Jofre era rápido en evitar la verdad cuando se trataba de asuntos desagradables. Incluso así, cuando insistí en preguntar por su hermano, Juan, él hizo un gesto agrio y dijo-: No tienes que preocuparte por él. Vive en España con su esposa.

La belleza tiene un precio. Por contenta que estuviese de que el destino me hubiese dado unas bellas facciones, también sabía muy bien los celos que provocaba en otras mujeres. Por lo tanto, me preocupé de intentar no destacar sobre mi cuñada: vestiría el sencillo traje negro de una noble casada, con las grandes mangas que eran moda en el sur; mi caballo estaría enjaezado en negro, y cabalgaría a una respetuosa distancia detrás de mi marido.

Jofre, en cambio, estaba ansioso por impresionar a Roma y a su familia con las glorias del principado. Insistió en que me acompañase mi corte de veinte mujeres, y un gran séquito que incluso incluía a los bufones vestidos con los más brillantes tonos de amarillo, rojo y púrpura.

Entramos en la ciudad por el sur. Nunca antes había pisado Roma; me quedé asombrada cuando atravesamos las viejas puertas de la ciudad y miré las ondulantes colinas. «Allí», me gritó Jofre desde su corcel, y señaló a su derecha mientras cruzábamos la vía del Circo Máximo; allí se alzaba el Arco de Constantino, el antiguo modelo del arco triunfal de mi propio bisabuelo. Más adelante al este aparecía el gran Coliseo, la elipse de piedra con gradas donde tantos cristianos habían encontrado la muerte, y el Panteón, el templo a todos los dioses, con innumerables columnas blancas y una enorme cúpula, la mayor de toda Roma; era una ironía que fuese mucho más grande que cualquier iglesia cristiana.

Las únicas ciudades que conocía contaban con uno o dos palacios reales, varios palacios más pequeños, unas pocas iglesias y numerosos edificios encalados que se apiñaban en las laderas y las costas, en callejuelas estrechas. Roma poseía una grandeza y un alcance más allá de lo esperado. Sobre una tierra que se perdía en el horizonte, los edificios poseían un tamaño, una elegancia, unos ornamentos que me dejaban pasmada. Las calles eran anchas, llenas de carruajes de los ricos; los palacios de los cardenales y las familias nobles eran inmensos, con el clásico diseño rectangular, cubiertos con estatuas de mármol y bajorrelieves con escenas de la mitología pagana. Cualquiera de ellos superaba al triste Castel Nuovo de Nápoles con su extraña forma irregular.

Solo el ancho Tíber resultó una desilusión. Cuando llegamos al puente de Sant'Angelo, junto a la gran fortaleza del castillo de Sant'Angelo, coronado con una estatua del arcángel Miguel, vi por primera vez el famoso río de Roma. Sus apestosas aguas estaban llenas de desechos flotantes y abarrotadas con barcazas. Pero muy pronto me distrajo la visión que aparecía delante de mí: la inmensa plaza de San Pedro adoquinada, y más allá, el gran santuario, de más de mil años, donde descansaban los restos del primer pontífice. A su lado, por la parte norte, se alzaba el Vaticano.

En el momento en que llegábamos a la gran plaza, nos recibieron los cardenales vestidos de rojo a caballo y la guardia papal a pie; el embajador español se acercó a Jofre y lo saludó. Mientras nuestra procesión entraba en la plaza, la vi a ella a lo lejos; de inmediato supe quién era: Lucrecia.

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