Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La Cautiva De Los Borgia
La Cautiva De Los Borgia - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Cautiva De Los Borgia

Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:

La inocencia de la joven Sancha de Aragón, así como el honor de su linaje, se ponen a prueba cuando su matrimonio con Jofre Borgia, el hijo menor del papa Alejandro VI, la arrastra al círculo íntimo de la familia más poderosa de Europa, la más intrigante y la que mayores suspicacias despierta. Un irresistible relato de conspiraciones, intrigas, pasión, deslealtades y codicia desde el punto de vista de una noble española obligada a vivir en un mundo brillante y muy peligroso.
1 ... 32 33 34 35 36 37 38 39 40 ... 106
Перейти на страницу:

Era el Cancionero de Petrarca, los poemas de amor dedicados a la misteriosa Laura; el libro, del tamaño de una mano, había sido un regalo de Onorato. Siempre había tenido opiniones contradictorias acerca de Petrarca: por un lado, encontraba divertido y encantador que hiciese tales proclamas de sensiblería sentimental, cuando describía el amor como un dardo que le había atravesado el corazón, y al mismo tiempo bendecía el día en que tal herida emocional había ocurrido. Siempre hablaba de dolores, fiebres y escalofríos. En ocasiones, leía su poesía en voz alta a mis damas, en tonos exagerados y con tal sarcasmo que llegaba el momento en el que ya no podía seguir leyendo, y todas nos moríamos de risa. «¡Pobre Petrarca! -suspiraba yo-. Yo creo que no sufre tanto de amor como de gota.»Algunas, sin embargo, no se reían de la misma manera y decían con timidez: «Tal cosa existe. Un día, doña Sancha, podría ocurriros a vos».

¡Cómo me burlaba de ellas! No obstante, en privado, me preguntaba si no tendrían razón, y ansiaba en secreto experimentar tal magia; ¿Petrarca hablaba en serio cuando decía sentirse paralizado por una simple mirada de su Laura, y desde aquel momento sujeto para siempre? En Petrarca eran siempre los ojos, y nada más que los ojos.

Sin embargo, al mediodía del 20 de mayo, me senté y comencé a leerles a mis damas con mi habitual tono burlón mientras ellas se movían bulliciosas por la habitación. Fue entonces cuando llegué al verso: «Temo, sin embargo anhelo; me quemo, y soy hielo».

Se me quebró la voz. Dominada de pronto por la emoción, volví la cabeza; cerré el libro y lo dejé a mi lado sobre el cojín. Las palabras describían con exactitud lo que había sentido al cruzar mi mirada con el apuesto cardenal; de nuevo experimenté un sentimiento que me dejaba indefensa. La memoria recuperó la imagen del rostro de mi madre, el sonido de su voz, por una vez desafiante: «Hablas como si hubiese tenido otra alternativa». Por fin, comprendía lo que había querido decir.

Las mujeres ralentizaron sus movimientos, una a una desviaron la mirada de su trabajo hacia mí; sus sonrisas dieron paso a expresiones de preocupación.

– Se añora -dijo Esmeralda, con conocimiento-. Doña Sancha, no estés triste. Jofre está contigo y también todas nosotras; tu corazón también estará muy pronto aquí.

¿Cómo podía decirle que mi corazón ya estaba allí, pero en absoluto de la manera que yo deseaba?

Furiosa por haber permitido dejarme seducir con tanta facilidad por un extraño, me levanté y salí al balcón, donde miré los jardines con expresión ceñuda.

A última hora de la tarde, Jofre y yo asistimos a una fiesta ofrecida por Su Santidad en nuestro honor. Escoltados por los guardias y mis damas de compañía, caminamos juntos como jóvenes amantes, cogidos del brazo, desde el palacio; el tiempo primaveral era hermoso, y el sol, ahora bajo en el horizonte, proyectaba un resplandor dorado sobre la gran plaza y los brillantes edificios de mármol blanco que la rodeaban. Jofre me sonreía con orgullo. Yo me aferraba a él -por afecto, creía el querido muchacho, y devolvía mi fuerte sujeción de la misma manera y con una dulce mirada- pero era más por temor. Solo parte de mi preocupación consistía en cómo respondería a cualquier avance amoroso del Papa; la principal era la atracción que sentía por el misterioso cardenal.

Llegamos a los aposentos de los Borgia. Desde la entrada, me volví y vi, más allá del imponente castillo de Sant'Angelo, los muy bien cuidados jardines y viñedos que se extendían como una alfombra hasta las distantes montañas, y filas de naranjos salpicados con cipreses. Las flores perfumaban el aire fresco.

Nos anunciaron y entramos, seguidos por nuestros asistentes.

Los aposentos no eran grandes, pero sí espléndidos; los techos dorados, con los frescos que reproducían escenas paganas y cristianas pintados por Pinturicchio. Debajo de los frescos, colgaban tapices de seda, y los suelos estaban cubiertos con alfombras orientales. Había lugares para sentarse por todas partes: mullidos cojines de terciopelo y brocado, taburetes y sillas.

El Papa, sus anchos hombros cubiertos con una túnica blanca inmaculada, estaba de pie sonriente a la entrada del comedor.

A diferencia de Jofre, era un hombre fornido y llenaba el vano, con los brazos abiertos en señal de saludo; la amplitud de los hombros, el cuello y el pecho me hizo pensar en un poderoso toro.

– ¡Hijos míos! -gritó, sin el menor rastro de pompa-. ¡Jofre, Sancha, venid!

Primero abrazó a su hijo, y luego a mí, al tiempo que me besaba en los labios con un alarmante entusiasmo.

– Jofre, ocupa tu lugar para la cena. En cuanto a ti, alteza -me dijo-, permíteme que te lleve a recorrer nuestros aposentos.

No me atreví a protestar; Alejandro me rodeó la cintura con el brazo, y luego me llevó a una habitación donde estábamos solos.

– Esta es la Sala de los Santos -anunció-, donde se casó nuestra Lucrecia. -No se molestó en mencionar al novio.

Miré en derredor e hice lo posible para contener una exclamación; me sentí abrumada como un vulgar plebeyo al ver por primera vez el interior de un palacio.

El Castel Nuovo, que hasta aquel momento había representado mi idea del lujo regio, estaba amueblado al estilo español, con las paredes encaladas, las ventanas en arco y los techos decorados con monturas de madera oscura. Los adornos consistían en alfombras, oscuras pinturas y estatuas. Siempre había creído que aquello era lujo.

Pero al entrar en la Sala de los Santos, me quedé deslumbrada como si hubiese mirado al sol. Nunca había visto colores tan intensos, tal profusión de decorados. La bóveda del techo aparecía cubierta con innumerables pinturas, cada una separada por molduras doradas, algunas contenidas dentro de lunetas; el color de fondo era el azul más oscuro que jamás hubiese visto, hecho de lapislázuli puro aplastado, sobre el que estaban los vivos rojos, amarillos, verdes, y más oro puro. En cada pared había un fresco que representaba un santo distinto: vi a santa Susana, vestida con una túnica azul, asediada junto a una fuente por dos viejos libidinosos; en primer plano había conejos, símbolos de la lujuria.

– Le pagamos a Pinturicchio una generosa cantidad por su trabajo. Hermoso, ¿verdad? -preguntó mi anfitrión en voz baja; luego con un tono más lúbrico, añadió-: aunque no tan hermoso como tú, querida mía.

Me aparté de él, y caminé a través del mármol color pastel hacia una representación de Catalina, que discutía con los filósofos paganos delante del emperador Maximiliano; en el fondo, se veía el Arco de Constantino. La joven santa, vestida como una noble romana en rojo y negro, con los cabellos dorados sueltos hasta la cintura, me resultó conocida.

– Vaya, si es Lucrecia -comenté.

El Papa se echó a reír, complacido.

– Así es. -No había ni una pizca de piedad en él, solo el amor mundano por la vida. Era apropiado que hubiese adoptado el nombre de Alejandro; no el nombre de un cristiano, sino el del conquistador macedonio.

Miré el techo. Había otras pinturas -el martirizado san Sebastián, san Antonio visitando al ermitaño, Pablo- pero la pintura dominante era la de un hombre y una mujer paganos que señalaban a un gran toro. Entonces vi que unos cuadros más pequeños del toro se repetían por todas partes, intercalados con el símbolo del papado, la tiara encima de las llaves del reino del Cielo.

– El buey Apis -explicó Alejandro-. En el antiguo Egipto, era adorado como una encarnación del dios Osiris. El buey aparece en nuestro escudo familiar. -Antes de que pudiese reaccionar, él se me acercó de nuevo y me rodeó la cintura con el brazo-. Es el símbolo de la fuerza y la virilidad masculinas. -Al tiempo que lo decía apoyó una mano en mi pecho e intentó besarme; me escabullí de su abrazo y una vez más, me alejé. Comprendí por qué el pío Savonarola había llamado a Alejandro el Anticristo… porque en los aposentos del Papa, el simbolismo pagano predominaba sobre el cristiano.

1 ... 32 33 34 35 36 37 38 39 40 ... 106
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)