La Cautiva De Los Borgia
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:
– Los guardias se han marchado -respondió Trusia.
– Escúchame atentamente -dijo Federico-. Solo hay un modo de que salves la vida. Dinos dónde están los tesoros de la Corona, y te dejaremos en paz.
– No solo eres un mentiroso, sino también un ladrón -se mofó mi padre-. Quieres robarme mi corona. ¡Mi espada! ¡Trusia, tráeme mi espada! -En su agitación, se apartó de la silla y lanzó un puñetazo contra Federico; mi tío esquivó el golpe, pero su temperamento se había encendido. Los dos hermanos se cogieron por los brazos, forcejearon, al tiempo que se miraban con furia, cada uno jadeante por el esfuerzo de librarse de la sujeción del otro.
– ¡Estás tan loco como nuestro padre! -gritó Federico-. ¡Todavía más!
– ¡Te mataré con mis propias manos! -chilló mi padre.
Mi hermano Alfonso entró en la reyerta; con la ayuda de Francisco, consiguió separarlos.
– ¡Quitadlo de mi vista! -gritó mi padre, y volvió a su trono imaginario. Donna Trusia acudió a su lado presurosa, le susurró algo al oído, y después fue donde Alfonso y Francisco aún intentaban calmar a Federico.
– Ahora está demasiado alterado -explicó-. Tendremos que probar otra cosa. -Nos indicó con un gesto que nos marchásemos, luego volvió junto a mi padre y le acarició el brazo para serenarlo.
A regañadientes, Federico dejó que lo sacásemos de la habitación; luego, discutimos qué hacer.
– En este caso la lógica no sirve para nada -manifestó Alfonso-. No se puede razonar con él. Debemos seguirle el juego, fingir que le creemos, para conseguir nuestro objetivo.
– El es débil -señaló Federico-. Acúsalo cíe traición, muéstrale la soga, y se vendrá abajo.
Alfonso sacudió la cabeza.
– Ya lo has visto; lo único que conseguiréis es liaros a golpes de nuevo. Es el momento de probar otra cosa.
– Es verdad, Federico -afirmó Francisco, que rara vez estaba en desacuerdo con su hermano mayor-. No hay ninguna falsedad; se ha vuelto loco.
En aquel instante, donna Trusia salió de la habitación y cerró la puerta con mucho cuidado.
– Don Francisco tiene razón. Lo he calmado, pero creo que sería prudente que vosotros sus hermanos permanezcáis fuera. -Nos miró a mi hermano y a mí-. Alfonso, Sancha… si vais a ver a vuestro padre y le decís que los tesoros son necesarios para salvar al reino (el reino que aún cree que es suyo) quizá os los dé. Confía en vos.
Sacudí la cabeza.
– Que vaya Alfonso. Padre confía en él, pero nunca escuchará nada de lo que yo pueda decir. Me desprecia.
Ella apartó apenas la cabeza como si mis palabras hubiesen sido una bofetada, y luego me miró con una incredulidad que superaba la mía.
– Tu padre siempre te ha admirado. Siempre me ha dicho que si hubieras nacido varón, hubieses sido el hombre que él habría deseado ser.
Sentí una furia mezclada con cierto anhelo. «Entonces, ¿por qué nunca me lo dijo? ¿Por qué siempre me trató con tanto desprecio? ¿Por qué se deleitó haciéndome daño?»Mi lucha interior debió de reflejarse en mi rostro, porque mi madre acudió a mi lado y me sujetó la mano en una muestra de cariño.
– Ven -dijo, en un tono que consolaba y confería coraje-. Yo os llevaré al interior. Deja que tu hermano lleve el peso de la conversación, y todo irá bien.
Los tres volvimos a la habitación.
– Majestad -anunció mi madre, sin hacer caso de mi enfado por el uso del término-. Mirad, vuestros hijos han venido a visitaros.
El ex rey Alfonso II se había mostrado regio y controlado cuando habíamos entrado todos juntos. Pero en esos momentos, mientras estaba sentado en su trono imaginario y miraba hacia la bahía de Mesina, sus hombros, en otro tiempo muy rectos, estaban un tanto encorvados, y en sus ojos había una inquietante vaguedad.
– El Vesubio -comentó con el entrecejo fruncido ante el panorama-. Esta ventana tiene una pésima vista; no alcanzo a ver el Vesubio. Tendremos que contratar a un arquitecto para que le ponga remedio.
– Por supuesto -asintió donna Trusia-. Majestad, don Alfonso y doña Sancha han venido a veros. -Se apartó, y le hizo un gesto a mi hermano.
– Majestad -declaró Alfonso, con la voz clara y sonora-, debo hablar con vos de un asunto de extrema urgencia.
Mi padre soltó un gruñido, y por fin apartó la mirada de la ventana para fijarse en su hijo menor.
– Alfonso. Parece que te has convertido en un hombre.
– Sí, señor.
– ¿Ya te has casado?
– No. -Mi hermano hizo una pausa-. Hay grandes problemas en Nápoles, padre. Los barones se han rebelado, y los franceses nos han invadido. Nuestras tropas necesitan fondos con urgencia; debemos utilizar el tesoro de la Corona. Es la única forma de mantener seguro el trono.
La mirada de mi padre se fijó en mí.
– Sancha, te casaste con el pequeño bastardo del Papa. Dime, ¿ya tiene barba?
Sentí que me dominaba la furia, pero contuve mi lengua; yo también sentía una profunda pena al ver a aquel hombre reducido a ese estado. La fría y despiadada crueldad de mi padre había destruido su reino, y lo había separado de su familia y su cordura. Solo mi madre permanecía leal.
– Ya es mayor -respondí en voz baja.
Mi padre asintió, luego miró de nuevo a través de la ventana la costa extranjera.
– ¿Cuánto se necesita? -preguntó por sorpresa.
– Una gran cantidad -contestó mi hermano-. Pero solo me llevaré lo que sea necesario.
– Está el asunto de la llave… -murmuró mi padre. Señaló a Alfonso para que se acercara, luego advirtió que mi madre y yo estábamos cerca-. Las mujeres deben marcharse -ordenó.
Mi madre se inclinó; yo la imité, luego salí con ella para reunirme con los hermanos, que esperaban ansiosos en el pasillo.
– Confiad en Alfonso -les informó Trusia-. Creo que tendremos éxito.
Su instinto no se equivocó. Solo un momento más tarde, mi hermano salió de la sala solo y sonriente. En su mano, sostenía una llave dorada.
La llave abría la cerradura del armario donde mi padre había ocultado el tesoro. Reflexioné en cómo la gentileza y la paciencia de mi madre y mi hermano habían conseguido nuestra salvación, allí donde la ira y las exigencias habían fracasado. Una vez más, decidí ser menos tozuda, ser más parecida a mi amable hermano.
Ferrandino y el tío Federico discutieron si debían dejar los fondos suficientes para mantener a mi padre cómodo en su locura; Federico no quería dejar nada, pero al final, se obedecieron los deseos del rey. Ferrandino le entregó a mi madre una suma razonable, con la instrucción de que debía administrarla con frugalidad.
Solo pasamos unas pocas e inquietas semanas en Mesina. Durante ese tiempo, el embajador español nos trajo tres noticias a cuál más sorprendente. La primera, que ya habíamos esperado y temido, era que nuestras agotadas fuerzas en el Castel dell'Ovo se habían rendido a los franceses: el huevo de Virgilio se había roto.
La segunda tranquilizó muchísimo a Jofre, y nos puso a todos de buen humor. Nunca había perdonado al papa Alejandro que se hubiera rendido al rey Carlos con tanta facilidad ni que le entregara a su hijo, César, para que cabalgase con los franceses como rehén. Sin embargo, César y Alejandro eran astutos; antes de que el ejército pudiese entrar en Nápoles, César había escapado en plena noche, y se había llevado con él todos los despojos de guerra que pudo. Esto lo hizo tras sobornar a un grupo de soldados de Carlos para que lo ayudasen.
El tercer mensaje llegó con sorprendente rapidez después del segundo. Al enterarse de la creación de la Santa Liga -con su formidable ejército que superaba en número al suyo- Carlos VIII se había asustado y se había retirado de Nápoles a las pocas semanas de invadirlo; solo había dejado atrás una reducida guarnición. (Esta noticia hablaba todavía más de la astucia del Papa y de César. Este último se había marchado antes de que el rey Carlos se enterase de la creación de la Liga.) Ferrandino obtuvo un gran placer al enterarse de que el re Petito era un hombre vicioso, que había tratado tan mal a nuestros rebeldes barones que ellos habían vuelto sus espadas contra los franceses y ahora pedían el regreso de la casa de Aragón.