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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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En primer lugar, es imposible precisar la causa de la muerte y las razones de la presencia del cuerpo en el terreno del antiguo monasterio. ¿Accidente? ¿Asesinato? ¿Suicidio? Según los primeros testimonios, el estado del cadáver no permite pronunciarse al respecto y todavía no se conocen los resultados de la autopsia, efectuada en el hospital Jean-Minjoz de Besançon.

Según fuentes bien informadas, se sabe que Sylvie Simonis, virtuosa relojera que trabajaba por cuenta propia para los prestigiosos talleres de Locle, en Suiza, había desaparecido desde hacía una semana. Nadie había denunciado el hecho. Mujer discreta, por no decir enigmática, Sylvie Simonis iba y venía entre Suiza y Francia regularmente; a veces permanecía varias semanas en su casa de Sartuis montando sus relojes, sin dar señales de vida.

Si se trata de un caso criminal, ¿existe un vínculo entre este asesinato y el de Manon en 1988? Es muy pronto para arriesgar una hipótesis, pero en Sartuis e incluso en Besançon, los rumores aumentan.

Por su parte, el Servicio de Investigación de la gendarmería de Sartuis, así como Corine Magnan, la magistrada designada por el tribunal de Besançon, parecen dispuestos a mantener una absoluta discreción. En ese sentido, la juez de instrucción ya ha advertido a nuestro corresponsaclass="underline" «Tenemos intención de trabajar en este caso con completa objetividad, al margen de polémicas y de indiscreciones. No toleraré ninguna injerencia de los medios de comunicación ni ningún tipo de presión».

Todos recuerdan que ya en 1988, la investigación del asesinato de la niña había sido llevada a cabo en el más estricto secreto, hasta el extremo de que fue imposible para nosotros, los periodistas informar sobre la evolución del caso. Las razones de esta censura informativa son conocidas: el revuelo causado por el caso Gregory, [1] a pocos kilómetros de nuestro departamento, donde la omnipresencia de los medios de comunicación perturbó el desarrollo de la investigación. Sin embargo, esperamos tener acceso a la información hoy, a fin de poder ofrecérsela a todos…

El artículo terminaba con una defensa del derecho de los periodistas a informar. Alcé los ojos y reflexioné. Quizá ese era el caso que buscaba. El «asunto horrible». La obsesión de Luc. Pero seguía sin haber ninguna alusión a Satán.

Y sobre todo, había un detalle que no encajaba.

Releí el artículo y luego volví al de L’Est républicain.

El texto del 28 de junio mencionaba un «cadáver cubierto de musgo y en estado de avanzada descomposición». En el del 29 se decía que la mujer había sido identificada inmediatamente por los bomberos. Era contradictorio. O bien el cuerpo estaba descompuesto y era irreconocible o bien estaba intacto y era identificable.

Extendí mi búsqueda al mes de julio en Le Courrier du Jura. Ni una sola línea. Ninguno de los dos rotativos había vuelto a mencionar el caso. Intenté localizar a los autores de los artículos. Ninguno de los dos estaba presente en el periódico y por teléfono era imposible conseguir sus señas.

Conseguí las de la oficina de la AFP, la Agence France-Presse, de Besançon. Me atendió una voz joven y dinámica. Sin duda un becario. Me presenté y abordé el caso Simonis.

– ¿Está investigándolo? -preguntó el periodista en tono entusiasta.

– Solo me informo. ¿Qué puede decirme al respecto?

– Yo redacté el primer artículo. Un auténtico petardo mojado. El descubrimiento de un cadáver cerca de un monasterio; parecía sabroso, ¿no es cierto? Sobre todo por la víctima: ¡Sylvie Simonis! Sin embargo, los gendarmes no nos dieron la menor información. Me puse en contacto con la juez, nada. El forense, ni pío. Incluso fui a Notre-Dame-de-Bienfaisance. No me dejaron entrar.

– ¿A qué se debía ese silencio?

– Querían hacernos creer que se trataba de un accidente de escalada. Que no había nada fuera de lo habitual. Para mí, ocurrió todo lo contrario. Callaron porque descubrieron algo.

– ¿Qué?

– Ni idea. Pero la hipótesis del accidente no se sostiene. Primero: Sylvie Simonis no era precisamente una deportista. Segundo: se pretendió que había desaparecido desde hacía una semana. En ese caso, ¿por qué estaba el cuerpo en esas condiciones?

– ¿El cuerpo estaba muy descompuesto?

– Parece ser que proliferaban los gusanos.

– ¿Usted lo vio?

– No. Pero pude hablar con los bomberos.

– Un artículo de Le Courrier du Jura dice que los del servicio de urgencias reconocieron su rostro.

Soltó una risa juvenil.

– ¡Eso es lo más alucinante! ¡El cuerpo estaba al mismo tiempo descompuesto e… intacto!

– ¿Y eso?

– Las partes inferiores estaban realmente podridas pero el torso parecía conservarse mejor. ¡Y el rostro intacto! Como si… -dijo titubeando-, como si la mujer hubiera muerto varias veces, ¿comprende? ¡En momentos distintos!

Lo que mi interlocutor describía era imposible. Y esa anomalía podía ser el punto de partida de Luc.

– ¿Se sabe al menos si fue un asesinato?

– No. En todo caso, no nos han dicho nada. Aunque comprendo que sean discretos. Sylvie Simonis es un tema tabú en la región.

– ¿Por el asesinato de la niña?

– ¡Evidentemente! ¡Es el caso Gregory del Jura! Catorce años más tarde, ni rastro del culpable y por las calles de Sartuis siguen circulando las hipótesis más demenciales.

– ¿Cree que los dos casos están relacionados?

– Seguro. Y más teniendo en cuenta que el papel de Sylvie en el caso de Manon no estaba muy claro.

– ¿Es decir?

– En cierto momento, ella misma fue sospechosa del asesinato. Pero fue exculpada. Tenía una coartada perfecta. Ahora, doce años más tarde, resulta que muere y las autoridades corren un tupido velo sobre la investigación. ¡Para mí que han descubierto un caso enorme!

Un cuerpo cerca de un monasterio. Una mujer muerta en varias etapas. Una niña asesinada. Un supuesto infanticidio. En una historia de ese calibre había sitio para el diablo. Volví sobre otro hecho que no encajaba:

– Si el caso le apasiona tanto, ¿por qué no ha escrito usted otros artículos? ¿Por qué nadie ha escrito ni una palabra al respecto?

– No teníamos la menor información.

– Semejante censura ya es una noticia. Un tema para un artículo.

– Nos dieron instrucciones.

– ¿Qué instrucciones?

– Puesto que no había nada que contar, era mejor no hurgar en la mierda. Sería perjudicial para la región. Sartuis está a siete kilómetros del salto de Doubs. Imagine qué sucedería si sale a relucir que hay cadáveres en el río. ¡Y en plena temporada turística!

Pasé al tuteo.

– ¿Cómo te llamas?

– Joël. Joël Shapiro.

– ¿Qué edad tienes?

– Veintidós años.

– Creo que iré a verte, Joël. Al fin y al cabo, la temporada turística se ha terminado.

24

En el 36, me esperaba el caos habitual en mi casillero. Actas, informes de escuchas, telegramas de la prefectura, comunicados de prensa… Cogí todo el papeleo y lo tiré sobre mi escritorio. Me senté, envolví en una piel de camello las dos automáticas de Doudou y las guardé bajo llave en uno de los cajones de mi escritorio.

Cogí el teléfono fijo. Antes que nada, llamé a Laure para disculparme por haberme marchado tan precipitadamente después de la misa. Tras las habituales fórmulas de cortesía, dudé un momento antes de susurrar:

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[1] Se refiere al asesinato, en 1984, del pequeño Gregory Villemin, un caso en el que la madre fue acusada y luego sobreseída. (N. de la T.)

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