Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
- Автор: Кларк Артур Чарльз
- Год: 1979
- Язык: испанский
- Переводчик: Francisca Graelis Reynoso
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]». Краткое содержание книги:
Algunos escorpios cuidaban los grandes troncos que se elevaban hacia la superficie para recoger los rayos del invisible sol; otros corrían por el lecho marino acarreando rocas, hojas… y sí, también primitivas, pero inconfundibles redes y cestas. Así que los escorpios sabían fabricar herramientas; pero aun eso no probaba su inteligencia. Algunos nidos de pájaros estaban hechos de manera mucho más cuidadosa que esos artefactos de aspecto más bien burdo, construido aparentemente con tallos y frondas de las omnipresentes algas.
« Me siento como un visitante del espacio, situado sobre una aldea de la Edad de Piedra en la Tierra, en el momento en que el hombre descubría la agricultura », pensó Loren. ¿Ese ser (o esa cosa) podría haber deducido la existencia de inteligencia humana después de un examen semejante? ¿O el veredicto habría sido: conducta puramente instintiva?
La sonda se había adentrado tanto en el claro, que el bosque circundante ya no era visible, aunque los troncos más próximos no podían estar a más de cincuenta metros. Fue entonces cuando un norteño ingenioso pronunció el nombre que sería inevitable en lo sucesivo, incluso en los informes científicos: « La Zona Céntrica de Escorpia. »
Parecía ser, a falta de términos mejores, un área residencial y comercial. Una zona rocosa, de unos cinco metros de altura, serpenteaba a través del claro, y su fachada estaba horadada por numerosos agujeros oscuros apenas lo bastante anchos para admitir un escorpio. Aunque estas pequeñas cuevas estaban distribuidas de forma irregular, eran de un tamaño tan uniforme que difícilmente podían ser naturales, y el efecto total era el de un edificio de apartamentos diseñado por un arquitecto excéntrico.
Los escorpios iban y venían por las entradas; « como oficinistas de una de las antiguas ciudades, antes de la era de las telecomunicaciones », pensó Loren. Sus actividades le resultaban tan absurdas como, probablemente, lo habrían sido para ellos el comercio de los humanos.
—¡Vaya! — Exclamó uno de los otros observadores del Calypso —. ¿Qué es eso? En el extremo de la derecha… ¿Puede aproximarse?
La interrupción procedente del exterior de su esfera de consciencia le sobresaltó, y arrastró momentáneamente a Loren del lecho marino al mundo de la superficie otra vez.
Su visión panorámica se inclinó abruptamente con el cambio de actitud de la sonda. Ahora volvía a estar nivelada y se dirigía lentamente hacia una pirámide rocosa aislada, que tenía unos diez metros de altura — a juzgar por el tamaño de los dos escorpios que estaban en su base—y estaba horadada con una única entrada a una cueva.
Loren no notó nada inusual en ello; poco a poco se fue dando cuenta de ciertas anomalías: elementos discordantes que no terminaban de encajar en el ahora familiar escenario de Escorpia.
Todos los demás escorpios habían estado muy ocupados correteando, pero estos dos se encontraban inmóviles, excepto por el continuo balanceo de sus cabezas, adelante y atrás. Y había algo más.
Estos escorpios eran grandes. Era difícil juzgar así las escalas y, hasta que varios de los animales se cruzaron velozmente, Loren no estuvo seguro de que este par era casi un cincuenta por ciento más voluminoso que la media.
—¿Qué están haciendo? — susurró alguien.
— Ya te lo diré —respondió otra voz—. Son guardias… Centinelas.
Una vez dicho esto, la conclusión era tan obvia que nadie lo dudó.
— Pero, ¿qué están custodiando?
—¿La reina, si es que tienen? ¿El Primer Banco de Escorpia?
—¿Cómo podemos descubrirlo? El trineo es demasiado grande para entrar… aunque nos dejaran intentarlo.
Fue en este punto cuando la discusión se volvió académica. El robot sonda había girado para situarse a menos de diez metros de la cima de la pirámide, y el operador mandó una breve ráfaga con uno de los propulsores de control para detener su descenso.
El sonido, o la vibración, debió de alertar a los centinelas. Ambos se volvieron al mismo tiempo y Loren tuvo una súbita visión terrorífica de ojos agrupados, papilas ondulantes y pinzas gigantescas. « Me alegro de no estar realmente allí, aunque lo parezca — se dijo—. Y es una suerte que no sepan nadar. »
Pero si bien no sabían nadar, sí sabían trepar. Con velocidad asombrosa, los escorpios escalaron la pared de la pirámide y en pocos segundos llegaron a su cumbre, a sólo unos pocos metros debajo del trineo.
— Larguémonos de aquí antes de que salten — dijo el operador—. Esas pinzas podrían cortar nuestro cable como si fuera un pedazo de algodón.
Era demasiado tarde. Un escorpio saltó desde la roca, y segundos después su garra atrapaba uno de los patines del tren del trineo.
Los reflejos humanos del operador fueron igualmente veloces y controlaban una tecnología superior. En el mismo instante conectó la marcha atrás completa e hizo girar el brazo del robot hacia abajo para atacar. Y, lo que fue quizá más decisivo, encendió los focos.
El escorpio debió de quedar completamente cegado. Sus pinzas se abrieron en un gesto casi humano de estupefacción y cayó al lecho marino antes de que la mano mecánica del robot pudiera entregarse al combate.
Durante una fracción de segundo, Loren también quedó ciego ya que sus gafas submarinas ennegrecieron. Luego, los circuitos automáticos de la cámara se ajustaron al aumento de nivel de luz, y tuvo un primer plano asombrosamente claro del confundido escorpio justo antes de que desapareciera de su campo de visión.
De algún modo, no le sorprendió en lo más mínimo ver que llevaba dos bandas de metal debajo de su garra derecha.
Mientras el Calypso volvía a Tarna, Loren repasó esta escena final, y sus sentidos estaban aún tan concentrados en el mundo submarino, que no llegó a sentir la suave onda de choque mientras ésta pasaba junto al barco. Pero luego se dio cuenta de los gritos y la confusión que le rodeaban y sintió que la cubierta escoraba al cambiar bruscamente de rumbo el Calypso. Se quitó las gafas submarinas y parpadeó bajo la brillante luz del sol.
Por un momento permaneció totalmente ciego; luego, mientras sus ojos se ajustaban a la luminosidad, vio que estaban a sólo unos centenares de metros de la costa bordeada de palmeras de la Isla Sur. « Hemos chocado contra un arrecife — pensó—Brant no oirá nunca el final de este… «
Y entonces vio algo que se elevaba por el horizonte del este, algo que nunca habría soñado que presenciaría en la pacífica Thalassa. Era la nube en forma de hongo que había perseguido como una pesadilla a los hombres durante dos mil años.
¿Qué estaba haciendo Brant? En teoría, debía dirigirse a tierra; en cambio, hacía virar el Calypso en el círculo de giro más pequeño posible, dirigiéndose hacia alta mar. Pero parecía haber tomado el mando, mientras todos los demás que se hallaban en cubierta miraban con la boca abierta hacia el este.
—¡Krakan! — susurró uno de los científicos norteños, y, por un momento, Loren pensó que estaba utilizando meramente la manida palabra thalassana. Luego comprendió, y un profundo sentimiento de alivio le inundó. Duró muy poco tiempo.
— No — dijo Kumar, con aspecto más alarmado de lo que Loren habría creído posible—. Krakan, no: mucho más cerca. El Hijo de Krakan.
La radio del barco emitía ahora continuos pitidos de alarma, entre los que se intercalaban solemnes mensajes de aviso. Loren no tuvo tiempo de captar ninguno de ellos cuando vio que algo muy extraño ocurría en el horizonte. No estaba donde tenía que estar.