Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Научная фантастика » Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]

Электронная книга - «Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]». Краткое содержание книги:

Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 55
Перейти на страницу:

—¿Cómo reaccionaron?

— Parecían satisfechos, y sorprendidos, de que realmente estuviera ahí. Naturalmente, hicieron una copia.

— Les deseo buena suerte; la necesitarán. Y podrías decirles esto: en una ocasión, alguien dijo que el propósito auténtico de la PC no es algo tan trivial como la exploración del universo. Algún día, necesitaremos sus energías para detener el colapso del cosmos en el agujero negro primordial… y para iniciar el siguiente ciclo de existencia.

Hubo un tremendo silencio; luego, Joan LeRoy rompió el encantamiento.

— Eso no sucederá durante esta administración. Volvamos al trabajo. Aún tenemos megabytes que recorrer antes de que podamos dormir.[2]

No todo era trabajo, y había momentos en que Kaldor no tenía más remedio que marcharse de la sección de biblioteca del Primer Aterrizaje para relajarse. Entonces, deambulaba por la galería de arte, seguía la visita guiada por ordenador a la Nave Madre (nunca seguía la misma ruta dos veces: trataba de cubrir tanto terreno como le fuera posible). No dejaba que el museo le transportara hacia atrás en el tiempo.

Había siempre una larga fila de visitantes (la mayor parte estudiantes, o niños con sus padres) en las exposiciones de Terrama. A veces, Moses Kaldor se sentía algo culpable de usar su situación privilegiada para pasar al primer lugar de la cola. Se consolaba con el pensamiento de que los thalassanos tenían toda la vida para disfrutar de estos panoramas del mundo que nunca conocieron; él sólo disponía de unos meses para revisar su hogar perdido.

Encontró muy difícil convencer a sus nuevos amigos de que Moses Kaldor no había estado jamás en los lugares que veían a veces juntos. Todo lo que veían estaba, como mínimo, a ochocientos años de su propio pasado, puesto que la Nave Madre había salido de la Tierra en 2751 y él había nacido en 3541. Sin embargo, de vez en cuando se sorprendía al reconocer algo, y algún recuerdo volvía con fuerza casi insoportable.

La representación « Terraza de Café » era la más extraña y la más evocadora. Él se sentaba a una mesa pequeña, bajo un toldo y bebía vino o café mientras la vida de una ciudad desfilaba frente a él. En tanto siguiera sentado a la mesa, no había forma alguna de que sus sentidos pudieran distinguir entre la representación y la realidad.

En microcosmos, las grandes ciudades de la Tierra eran devueltas a la vida. Roma, París, Londres, Nueva York… En verano e invierno, de noche y de día, veía cómo iban a sus asuntos los turistas y los hombres de negocios, los estudiantes y los enamorados. Frecuentemente, al darse cuenta de que les estaban filmando, le sonreían a través de los siglos, y era imposible no corresponderles.

Otros panoramas no mostraban seres humanos, ni siquiera alguno de los productos del hombre. Moses Kaldor volvía a mirar, como había hecho en aquella otra vida, el humo descendente de las Cataratas Victoria, la luna alzándose sobre el Gran Cañón, las nieves del Himalaya o las montañas de hielo de la Antártida. A diferencia de las vistas de ciudades, estas cosas no habían cambiado en el millar de años transcurrido desde que fueron filmadas. Y aunque habían existido desde mucho antes que el hombre, no le habían sobrevivido.

28. El bosque sumergido

El escorpio parecía no tener prisa; le costó unos pausados diez días viajar cincuenta kilómetros. Un hecho curioso fue revelado rápidamente por la radio sonar que había sido incorporada, no sin dificultades, al caparazón del enojado bicho. El camino que siguió a lo largo del lecho marino era totalmente recto, como si supiera con precisión a dónde iba.

Cualquiera que fuese su punto de destino, parecía que lo había encontrado a una profundidad de doscientos cincuenta metros. Después siguió moviéndose, pero dentro de un área muy limitada. Esto continuó durante dos días más; luego, las señales del rastreador ultrasónico se detuvieron de súbito en mitad de una pulsación.

Que el escorpio había sido devorado por algo aún más grande y desagradable que él era una explicación demasiado ingenua. El rastreador se encontraba dentro de un cilindro de metal resistente; cualquier disposición concebible de dientes, pinzas o tentáculos precisaría varios minutos (como mínimo) para destruirlo, y continuaría funcionando perfectamente en el interior de cualquier criatura que se lo hubiera tragado entero.

Esto dejaba sólo dos posibilidades, y la primera fue rechazada con indignación por los miembros del Laboratorio Submarino de la Isla del Norte.

— Cada componente por separado tenía un auxiliar — dijo el director—. Lo que es más, hubo una pulsación de diagnóstico sólo dos segundos antes; todo era normal. De modo que no puede haber sido un fallo del equipo.

Eso dejaba únicamente la explicación imposible. El rastreador había sido desconectado. Y para hacerlo, era necesario quitar una barra de seguridad.

No podía ocurrir por accidente; sólo una rara intromisión… o un acto deliberado.

El Calypso, de casco gemelo de veinte metros de longitud, no era simplemente el barco más grande de Thalassa, sino también el único especializado en investigaciones oceanográficas. Normalmente, tenía la base en la Isla Norte y a Loren le divertían las burlas bienintencionadas entre su tripulación científica y sus pasajeros tarneses, a los que fingían tratar como ignorantes pescadores. Por su parte, los de la Isla Sur no perdían ninguna oportunidad de alardear ante los norteños de que ellos eran los que habían descubierto los escorpios. Loren no les recordó que esto no era exactamente lo que había ocurrido.

Volver a ver a Brant fue una leve sorpresa, aunque Loren debía de haberlo esperado, dado que aquél era responsable en parte del nuevo equipo del Calypso. Se saludaron con fría cortesía, sin hacer caso de las miradas curiosas o divertidas de los demás pasajeros. Había pocos secretos en Thalassa; para entonces, ya todos sabían quién ocupaba la principal habitación de invitados de la casa de los Leonidas.

El pequeño trineo submarino situado sobre la cubierta de popa habría resultado familiar para casi cualquier oceanógrafo de los últimos dos mil años. Su armazón llevaba tres cámaras de televisión, una bolsa hecha de alambre para guardar muestras recogidas por el brazo dirigido por control remoto, y una disposición de propulsores marinos que le permitían moverse en cualquier dirección. Una vez sumergido por un lado, el robot explorador podía enviar sus imágenes e información a través de un cable de fibra óptica no mucho más grueso que la mina de un lápiz. La tecnología era de varios siglos atrás… y todavía perfectamente adecuada.

Al fin, la línea de la costa había desaparecido y, por primera vez, Loren se encontró rodeado por completo de agua. Recordó su angustia durante aquel primer viaje con Brant y Kumar cuando se alejaron apenas un kilómetro de la playa. En esta ocasión le agradó descubrir que se sentía un poco más tranquilo a pesar de la presencia de su rival. Tal vez se debía a que estaba en una embarcación mucho más grande…

— Es extraño — dijo Brant—, nunca he visto algas tan al oeste.

Al principio, Loren no veía nada; luego notó la mancha oscura enfrente, bajo el agua. Pocos minutos después, el barco avanzaba con precaución a través de una masa suelta de vegetación flotante; el capitán redujo la velocidad.

— De todos modos ya casi estábamos — dijo—. No tiene sentido atascar las válvulas con esas cosas. ¿Verdad, Brant?

Brant ajustó el cursor en la pantalla e hizo una lectura.

— Sí… Estamos a sólo cincuenta metros del lugar en que perdimos el rastreador. Profundidad: doscientos diez. Lancemos el pescado por la borda.

— Espera un momento — dijo uno de los científicos norteños—. Hemos empleado mucho tiempo y dinero en esa máquina, y es única en el mundo. ¿Y si se queda enredada en esas malditas algas?

вернуться

2

2 (1) We still have megabytes to go before sleep. Stopping by woods on a Shrowy Evening. Cita muy libre de los últimos versos del famoso poema de Robert Trost
1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 55
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)