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Электронная книга - «El Palacio de la Medianoche». Краткое содержание книги:

El Palacio de la Medianoche. Ambientada en la Calcuta de los años treinta, El Palacio de la Medianoche comienza una noche oscura en la que un teniente inglés lucha por salvar las vidas de dos niños de una amenaza impensable. A pesar de las insoportables lluvias del monzón y el terror que lo asedia en cada esquina, el joven británico logra ponerlos a salvo, pero no sin perder su propia vida… Años más tarde, cuando los dos niños, Ben y Sheere, están en víspera de celebrar su decimosexto cumpleaños, la amenaza reaparece en sus vidas y esta vez no los dejará escapar tan fácilmente. Con la ayuda de sus valientes amigos, los dos hermanos deberán desafiar el terror que los acecha en las sombras de la noche y enfrentarse al enigma más aterrador de la historia de la ciudad de los palacios.
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La escalera de caracol se izaba en el centro de un conducto que parecía formar una linterna similar a las que habían estudiado en grabados de ciertos castillos franceses, construidos a orillas del río Loira. Alzando la vista, los muchachos podían experimentar la sensación de encontrarse en el interior de un gran caleidoscopio, coronado por un rosetón catedralicio de cristales multicolores que transformaba la luz de la Luna y la descomponía en cientos de haces azules, escarlatas, amarillos, verdes y ámbar.

Al llegar al primer piso, comprobaron que las agujas de luz que emergían de la corona de la linterna proyectaban dibujos y figuras cambiantes, que recorrían lentamente las paredes de la sala como imágenes de un primitivo cinematógrafo espectral.

– Mirad eso -dijo Ben señalando una gran superficie que se extendía a una altura de un metro sobre el suelo y ocupaba un rectángulo de casi cuarenta metros cuadrados.

Los tres se acercaron hasta ella y descubrieron lo que parecía ser una inmensa maqueta de Calcuta, reproducida con un grado de detalle y realismo que, al contemplarla de cerca, producía la ilusión de estar sobrevolando la verdadera ciudad. Pudieron reconocer el trazado del Hooghly, el Maidán, Fort William, la ciudad blanca, el templo de Kali al Sur de Calcuta, la ciudad negra e incluso los bazares. Sheere, Ian y Ben contempla-ron maravillados aquella extraordinaria miniatura durante un largo espacio de tiempo, cautivados por la belleza y el encantamiento que producía su observación.

– Ahí está la casa -señaló Ben. Todos se unieron a él y comprobaron que en el corazón de la ciudad negra se alzaba una fiel reproducción de la casa en la que se encontraban. Las luces multicolores de la linterna barrían las calles de aquella miniatura como haces caídos del cielo a cuyo paso se revelaban los secretos ocultos de Calcuta.

– ¿Qué es lo que hay detrás de la casa? -preguntó Sheere.

– Parece una vía de tren -apuntó Ian. -

Lo es -confirmó Ben, siguiendo su trazado hasta que su mirada descubrió la silueta angulosa y majestuosa de la estación de Jheeter’s Gate, tras un puente de metal que cruzaba el Hooghly.

– Esa vía lleva hasta a la estación del incendio -dijo Ben-. Es una vía muerta.

– Hay un tren parado en el puente -observó Sheere.

Ben rodeó la maqueta para aproximarse hasta la reproducción del ferrocarril y lo examinó detenidamente. Un incómodo cosquilleo le recorrió la espalda. Reconocía aquel tren. Lo había visto la noche anterior, aunque él lo había tomado por una pesadilla. Sheere se acercó a él en silencio y Ben advirtió que había lágrimas en sus ojos.

– Ésta es la casa de nuestro padre, Ben -murmuró Sheere-. La construyó para no-sotros, para que fuera nuestra.

Ben rodeó a Sheere con sus brazos y la apretó contra sí. Ian le observaba desde el otro extremo de la sala y desvió la mirada. Ben acarició el rostro de Sheere y la besó en la frente.

– De ahora en adelante -dijo-, siempre será nuestra casa.

En aquel momento el pequeño tren detenido sobre el puente encendió sus luces y, lentamente, sus ruedas empezaron a girar sobre los raíles.

Mientras Mr. De Rozio consagraba en silencio sepulcral todos sus poderes de análisis y su astucia de zorro documentalista a los informes del Juicio que el coronel Hewelyn había puesto tanto empeño en sepultar, Seth y Michael hacían lo propio con una extraña carpeta que contenía planos y numerosas anotaciones a mano del propio Chandra. Seth la había encontrado en el fondo de una de las cajas que contenían los efectos del ingeniero. Tras su desaparición, en vista de que ningún familiar o institución los había reclamado y atendiendo a la relevancia pública del personaje, habían ido a perderse en el limbo de los archivos del museo, cuya biblioteca estaba compartida en consorcio con diversas insti-tuciones científicas y académicas de Calcuta, entre ellas el Instituto de Ingeniería Superior, del que Chandra Chatterghee había sido uno de los más ilustres y controvertidos miem-bros. La carpeta estaba encuadernada con sencillez y respondía a una única leyenda cali-grafiada en tinta azul sobre la portada: El Pájaro de Fuego.

Seth y Michael habían obviado el hallazgo para no distraer al orondo bibliotecario de la tarea que acaparaba sus talentos y para la cual su pericia de viejo diablo archivador era insustituible. Con tal espíritu, se habían retirado al otro extremo de la sala se habían entre-gado al análisis de los documentos en silencio.

– Estos dibujos son formidables -susurró Michael, admirando el trazo del ingeniero en diversos grabados que mostraban objetos mecánicos cuya función concreta le resultaba arcana e insondable.

– Estemos por lo que tenemos que estar -reprendió Seth-. ¿Qué dice del Pájaro de Fuego?

– Las ciencias no son mi fuerte -empezó Michael-, pero que me maten si todo esto no es el despiece de una gran maquinaria incendiaria.

Seth observó los planos sin comprender un ápice de lo que significaban. Michael se anticipó a sus cuestiones.

– Esto es un tanque de aceite o algún tipo de combustible -señaló Michael sobre los planos-. A él está unido este mecanismo de succión. No es más que una bomba de ali-mentación, como la de un pozo. La bomba suministra el combustible para mantener este círculo de llamas. Una especie de piloto de fuego.

– Pero esas llamas no deben de medir más que unos centímetros -objetó Seth-. No veo el poder incendiario por ningún sitio.

– Observa esta conducción. Seth vio a lo que se refería su amigo: una especie de tu-bería similar al cañón de un fusil.

– Las llamas afloran en el perímetro de la boca del cañón.

– ¿Y?

Mira este otro extremo -dijo Michael-. Es un tanque, un tanque de oxígeno.

– Química elemental -murmuró Seth, atando cabos.

– Imagínate lo que sucedería si ese oxigeno saliese escupido a presión por el conduc-to y atravesara el círculo de llamas -sugirió Michael.

– Un cañón de fuego -corroboró Seth. Michael cerró la carpeta y miró a su amigo. -¿Qué clase de secreto tenía que ocultar Chandra para diseñar un juguete así para un carnicero como Hewelyn? Es como regalarle un cargamento de pólvora al emperador Nerón…

– Eso es lo que tenemos que averiguar -dijo Seth-. Y pronto.

Sheere, Ben e Ian siguieron el recorrido del tren a través de la maqueta en silencio hasta que la pequeña locomotora se detuvo justo tras la miniatura que reproducía la casa del ingeniero. Las luces se extinguieron lentamente y los tres amigos permanecieron inmóviles y expectantes.

– ¿Cómo demonios se mueve este tren? -preguntó Ben-. Tiene que sacar la ener-gía de algún sitio. ¿Existe algún generador de electricidad en esta casa, Sheere?

– No que yo sepa -repuso su hermana.

– Tiene que haberlo -afirmó Ian-. Busquémoslo.

Ben negó en silencio. -No es eso lo que me preocupa -dijo Ben-. Suponiendo que lo haya, no conozco ningún generador que se conecte solo. Y más después de años de inactividad.

– Tal vez esta maqueta funcione con otro tipo de mecanismo -sugirió Sheere sin demasiada convicción.

– Tal vez haya alguien más en la casa -repuso Ben.

Ian maldijo su suerte mentalmente. -Lo sabía… -murmuró abatido. -¡Espera! -exclamó Ben. Ian miró a su amigo y vio que señalaba de nuevo hacia la maqueta. El tren había reemprendido el movimiento y rehacía su camino en dirección inversa.

– Está volviendo a la estación -observó Sheere. Ben se acercó lentamente hasta el extremo de la maqueta y se detuvo junto al tramo de vía que el tren empezaba a enfilar.

¿Qué te propones? -preguntó Ian. Su amigo no respondió y extendió su brazo progresivamente hacia la vía, mientras la locomotora se aproximaba por momentos. Cuando el tren cruzó frente a él, asió la locomotora y la alzó en el aire, desenganchándola de los vagones. El resto del convoy fue perdiendo velocidad paulatinamente hasta detenerse en la vía. Ben se acercó a la luz de la linterna y examinó la pequeña locomotora. Sus diminutas ruedas giraban cada vez más lentamente.

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