El Palacio de la Medianoche
- Автор: Сафон Карлос Руис
- Серия: Trilogia de la Niebla #2
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Palacio de la Medianoche». Краткое содержание книги:
– Está bien -dijo Siraj nervioso-. Explicaré lo que nosotros hemos averiguado y un segundo después saldré a buscar a Isobel. Sólo a esa cabezota se le podría ocurrir salir de excursión nocturna esta noche, sola y sin decir a dónde iba. -¿Cómo has podido dejarla, Ian? Roshan salió en ayuda de Ian y colocó su mano sobre el hombro de Siraj. No se discute con Isobel -recordó Roshan-. Se escucha. Explica lo del jeroglífico y luego nos vamos los dos a por ella.
– ¿Jeroglífico? -preguntó Sheere. Roshan asintió. -Hemos encontrado la casa, Sheere- explicó Siraj-. Mejor dicho, sabemos dónde está
El rostro de Sheere se iluminó súbitamente y su corazón empezó a latir con fuerza. Los muchachos se acercaron al fuego y Siraj extrajo una hoja de papel en la que aparecían copiados unos versos en la inconfundible caligrafía del endeble muchacho.
– ¿Y eso? -preguntó Seth.
– Un poema -repuso Siraj.
– Léelo -Indicó Roshan.
«La ciudad que amo es oscura y profunda.
Casa de miserias, hogar de espíritus malditos a quien nadie abre sus puertas ni corazón.
La ciudad que amo vive en el crepúsculo, sombra de maldad y glorias olvidadas de fortunas vendidas y almas en penuria.
La ciudad que amo no ama a nadie ni conoce reposo, torre izada al infierno incierto de nuestro destino, del embrujo de una condenación escrita en sangre, gran baile de engaños e infamias, bazar de mi tristeza…»
Los siete muchachos guardaron silencio tras la lectura del poema y por un segundo sólo el sonido del fuego y la voz lejana de la ciudad silbaron en el viento.
– Conozco esos versos -murmuró Sheere-. Pertenecen a uno de los libros de mi padre. Vienen al final de mi cuento favorito, la historia de las lágrimas de Shiva.
– Exacto -corroboró Siraj-. Hemos pasado la tarde entera en el Instituto Bengalí de Industria. Es un edificio increíble, casi en ruinas, que apila pisos y pisos de archivos y salas enterradas en polvo y basura. Había ratas y estoy seguro de que si fuésemos de noche podríamos averiguar que algo, se esconde…
– Ciñámonos a lo esencial, Siraj -cortó Ben-. Por favor.
– De acuerdo -convino Siraj dejando para otro momento su entusiasmo por el misterioso lugar-. En esencia, tras horas de investigación (que no voy a contar, visto el clima), hemos dado con un legajo de documentos que perteneció a tu padre y que estaba bajo la custodia del Instituto desde 1916, fecha del accidente de Jheeter’s Gate. Entre ellos había un libro autografiado por él y, aunque no nos han permitido llevárnoslo, sí hemos podido examinarlo. Y hemos tenido suerte.
– No veo en qué -objetó Ben. -Tú deberías ser quien antes lo viese. Junto al poe-ma, alguien, supongo que el padre de Sheere, había dibujado a pluma una casa -replicó Siraj con una sonrisa misteriosa mientras le tendía el papel con el poema-.
Ben examinó los versos y se encogió de hombros.
– No veo más que palabras -dijo finalmente.
– Estás perdiendo facultades, Ben. Lástima que Isobel no este aquí para verlo -bromeó Siraj-. Lee de nuevo. Con atención.
Ben siguió las instrucciones y frunció el ceño. -Me rindo. Estos versos no tienen cuadratura o estructura aparente. Es sólo prosa cortada a capricho.
– Exacto -corroboró Siraj. ¿Y cuál es la norma de ese capricho? Dicho de otro modo, ¿Por qué corta los versos en el punto en que lo hace si podría elegir cualquier otro?
– ¿Para separar palabras? -aventuró Sheere. -O para unirlas… -murmuró Ben para sí.
– Toma la primera palabra de cada verso y construye una frase -Indicó Roshan.
Ben observó de nuevo el poema y miró a sus compañeros.
– Lee -Indicó Siraj- sólo la primera palabra.
– «La casa a la sombra de la torre del gran bazar»-leyó Ben.
– Existen por lo menos seis bazares sólo en el Norte de Calcuta -Indicó Ian.
– ¿Cuántos de ellos tienen una torre capaz de proyectar una sombra que llegue hasta las casas edificadas alrededor? -preguntó Siraj.
– No lo sé -respondió Ian. -Yo sí -repuso Siraj-. Dos: el Syambazaar y el Machuabazaar, al Norte de la ciudad negra.
– Aun así -Indicó Ben-, la sombra que una torre puede dibujar durante un día se esparciría a lo largo de un abanico de un mínimo de 180 grados, cambiando a cada minuto. Esa casa podría estar en cualquier lugar del Norte de Calcuta, que es lo mismo que decir en cualquier lugar de la India.
– Un momento -interrumpió Sheere-. El poema habla del crepúsculo. Dice textualmente «La ciudad que amo vive al crepúsculo».
– ¿Habéis comprobado eso? -preguntó Ben. -Por supuesto -respondió Roshan-. Siraj fue al Syambazaar y yo, al Machuabazaar, unos minutos antes de que se pusiera el Sol.
– ¿Y bien? -apremiaron todos.
– La sombra de la torre del Machuabazaar se pierde en un antiguo almacén abandonado -explicó Siraj.
– ¿Roshan? -preguntó Ian.
El muchacho sonrió, tomó un palo a medio quemar de la hoguera y trazó la silueta de una torre sobre los restos de ceniza.
– Como la aguja de un reloj, la sombra de la torre del Syambazaar acaba a las puertas de una amplia verja metálica tras la que hay un espeso patio de palmeras y maleza. Sobre las copas de las palmeras pude entrever la atalaya de una casa.
– ¡Eso es fantástico! -exclamó Sheere.
Ben, sin embargo, no dejó de advertir la expresión inquieta que parecía haberse apoderado del rostro de Roshan.
– ¿Cuál es el problema, Roshan? -preguntó Ben
Roshan negó lentamente y se encogió de hombros.
– No lo sé -respondió-. Había algo en esa casa que no me gustó.
– ¿Viste algo? -preguntó Seth. Roshan negó. Ian y Ben se miraron a un tiempo, sin pronunciar palabra.
– ¿Se le ha ocurrido a alguien pensar que todo esto podría no ser más que una trampa? -preguntó Roshan.
Ian y Ben intercambiaron de nuevo una mirada tácita y asintieron. Ambos estaban pensando lo mismo.
– Nos arriesgaremos -dijo Ben, vistiendo su voz con todo el convencimiento que fue capaz de fingir.
Aryami Bosé encendió de nuevo el fósforo y lo aproximó al extremo de la vela blanca que yacía frente a ella. La luz parpadeante de la llama tiñó de contornos inciertos la oscura sala mientras sus manos temblorosas la acercaban al cirio. La vela prendió lentamente y un aura de claridad se esparció en torno a ella. La anciana sopló sobre el fósforo y la pequeña vara de madera se extinguió desprendiendo un espectro de humo azulado que ascendió lentamente hacia la penumbra. El suave roce de una corriente de aire le acarició los cabellos de la nuca y Aryami se volvió. Una bocanada de aire, fría e impregnada de un hedor ácido y penetrante, agitó su manto y extinguió la llama de la vela. La oscuridad la envolvió de nuevo y la anciana escuchó dos golpes secos sobre la puerta de la casa. Aryami apretó los puños y observó que los contornos del umbral filtraban una tenue claridad rojiza. La llamada se repitió, esta vez con más fuerza. La anciana sintió cómo una película de sudor frío afloraba a los poros de su frente.
– ¿Sheere? -llamó débilmente.
El sonido de su voz se extravió en un eco mortecino en la oscuridad de la casa. No hubo respuesta y, segundos después, los dos golpes se repitieron una vez más.
Aryami tanteó a ciegas la repisa sobre el hogar en el que los restos moribundos de algunas brasas desprendían la única claridad que le servía de guía. Derribó varios objetos hasta que sus dedos palparon la larga funda metálica del puñal que guardaba allí. Extrajo el arma y observó el brillo dorado de la hoja serpenteante a la lumbre de las brasas. Una cuchilla de luz asomó bajo la puerta de la casa. Aryami inspiró profundamente y se dirigió lentamente hacia allí. Se detuvo frente a la puerta y escuchó el sonido del viento entre las hojas de la maleza del patio en el exterior.