El Palacio de la Medianoche
- Автор: Сафон Карлос Руис
- Серия: Trilogia de la Niebla #2
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Palacio de la Medianoche». Краткое содержание книги:
– ¡Alfabetos! -afirmó Ben-. Cada rueda tiene un alfabeto grabado. Griego, latino, arábigo y sánscrito.
– Fabuloso -suspiró Ian-. Esto será pan comido…
– No desesperéis -intervino Sheere-. La clave es sencilla. Basta componer una palabra de cuatro letras con los diferentes alfabetos.
Ben la observó detenidamente.
– ¿Cuál es esa palabra?
– Dido -respondió la muchacha.
– ¿Dido? -preguntó Ian-¿Qué significado tiene?
– Es el nombre de una reina de la mitología fenicia -explicó Ben.
Sheere asintió e Ian sintió celos del brillo que parecía fluir entre las miradas de ambos hermanos.
– Sigo sin entenderlo -objetó Ian-. ¿Qué pintan los fenicios en Calcuta?
– La reina Dido se lanzó a una pira funeraria ardiente para apaciguar la ira de los dioses, en Cartago -explicó Sheere-. Es el poder purificador del fuego… También los egipcios tenían su mito, el ave fénix.
– El mito del pájaro de fuego -añadió Ben. -¿No es ése el nombre del proyecto mi-litar del que hablaba Seth? -preguntó Ian.
Ben asintió. -Este asunto me está empezando a poner los pelos de punta -afirmó Ian-. ¿No pensaréis en serio entrar ahí dentro? ¿Qué vamos a hacer ahora?
Ben y Sheere intercambiaron una mirada decidida. -Muy simple -contestó Ben-. Vamos a abrir esta puerta.
Los párpados del orondo bibliotecario Mr. De Rozio empezaban a tener la consistencia de losas de mármol ante los cientos de documentos que le rodeaban. El océano de palabras y cifras que había rescatado de los archivos del ingeniero Chandra Chatterghee había emprendido una sinuosa danza caprichosa que parecía susurrarle una irresistible canción de cuna.
– Chicos, creo que habría que dejarlo hasta mañana por la mañana -empezó Mr. De Rozio.
Seth, que había estado temiendo ese anuncio durante largo rato, afloró en el acto de entre el maremagnum de carpetas y exhibió una sonrisa sacramental.
– ¿Dejarlo ahora, Mr. De Rozio? -objetó amablemente Seth-.¡Imposible! No podemos abandonar ahora.
– Es sólo cuestión de segundos el que me desplome sobre la mesa hijo, replicó De Rozio-. Y Shiva, en su infinita bondad, me ha otorgado un peso que, en la última com-probación efectuada el pasado mes de febrero, oscilaba entre las 250 y 260 libras. ¿Sabes lo que es eso?
Seth sonrió jovialmente. -Unos 120 kilogramos -calculó. -Exacto confirmó De Rozio-. ¿Has intentado mover alguna vez a un adulto de 120 kilos, hijo?
Seth meditó la cuestión.
– No tengo constancia de ello en este momento. Sin embargo…
– ¡Un momento! -exclamó Michael desde algún punto invisible de la sala atestada de carpesanos, cajas y pilas de papel amarillento-. ¡He encontrado algo!
– Espero que sea una almohada -protestó De Rozio, incorporando su imponente masa con fastidio.
Michael apareció tras una columna de estanterías polvorientas portando una caja repleta de pliegos de papel y sellos timbrados que el tiempo había descolorido sin piedad. Seth alzó las cejas y rogó por que el hallazgo valiese la pena.
– Creo que es el sumario de un juicio por una serie de asesinatos -dijo Michael-. Estaba bajo un pliego de citaciones a nombre del ingeniero Chandra Chatterghee.
– ¿El juicio a Jawahal? -saltó Seth visiblemente excitado.
– Déjame ver -ordenó De Rozio-.
Michael depositó la caja sobre el escritorio del bibliotecario. Una nube de polvo amarillento inundó el cono de luz dorada que proyectaba la lamparilla eléctrica. Los grue-sos dedos del bibliotecario repasaron cuidadosamente los documentos, mientras sus ojos diminutos escrutaban su contenido. Seth observó el rostro del bibliotecario con el corazón encogido a la espera de alguna palabra o signo clarificador. De Rozio se detuvo en una hoja que parecía llevar diversos sellos y la acercó a la luz.
– Vaya, vaya -murmuró el bibliotecario para sí.
– ¿Qué es, señor? -suplicó Seth-. ¿Qué ha encontrado?
De Rozio alzó la mirada y blandió una amplia sonrisa felina.
– Tengo en mis manos un documento firmado por el Coronel Sir Arthur Hewelyn. En él, alegando razones de estado mayor y secreto militar, ordena sobreseer el procedimiento judicial Nº 089861 /A de la sala cuarta del Tribunal Mayor de justicia de la ciudad de Calcuta, en el que se inculpa al ciudadano Lahawaj Chandra ingeniero, de presunta implicación, encubrimiento y/o ocultamiento de pruebas en una investigación de asesinato, y trasladarlo a la corte suprema de justicia militar del ejército de Su Majestad quedando anuladas todas las resoluciones previas así como las pruebas aportadas por la defensa y el ministerio fiscal en la vista. Fecha: 14 de septiembre de 1911.
Michael y Seth contemplaron, atónitos a Mr. De Rozio, sin acertar a pronunciar palabra.
– Bien, hijos -concluyó De Rozio-, ¿Quién de vosotros sabe hacer café? Ésta puede ser una noche muy larga…
La cerradura de las cuatro ruedas de alfabeto emitió un crujido casi inaudible y, tras unos segundos, la masa férrea de la puerta se abrió lentamente en dos láminas, dejando escapar con una exhalación el aire que había permanecido atrapado en el interior de la casa durante años.
Ian palideció en la sombra. -Se ha abierto -susurró tembloroso-.
– Siempre el gran observador -comentó Ben-.
– No es momento para bromas -replicó Ian-. No sabemos lo que hay ahí dentro.
Ben extrajo su caja de fósforos y la agitó en el aire haciéndolos sonar.
– Eso es sólo una cuestión de tiempo -afirmó-. ¿Quieres ser el primero en entrar?
Ian le ofreció una sonrisa recalcitrante. -Te cedo los honores replicó.
– Yo iré primero -dijo Sheere, adentrándose en la casa sin esperar la respuesta de los dos amigos.
Ben se apresuró a prender otro fósforo y seguir sus pasos. Ian echó un último vistazo al cielo nocturno, como si temiese que aquella fuese su última oportunidad para contemplarlo, y tras inspirar profundamente, se sumergió en el interior de la casa del ingeniero. Un instante después, la puerta se cerró a sus espaldas con la misma suavidad y precisión con que les había franqueado el paso.
Los tres muchachos se detuvieron el uno junto al otro y Ben alzó la cerilla en alto. Ante sus ojos se desplegó un impresionante espectáculo que excedía las ensoñaciones que ninguno de ellos había albergado respecto a aquel lugar.
Se encontraban en una sala sostenida por gruesas columnas bizantinas y coronada por una bóveda cóncava cubierta por un fresco monumental. En él se podían apreciar cientos de figuras de la mitología hindú formando una interminable crónica en imágenes que constituían círculos concéntricos alrededor de una figura central esculpida en relieve sobre la pintura: la diosa Kali.
Las paredes de la sala estaban formadas por estantes atestados de libros que dibujaban dos semicírculos de más de tres metros de altura. El suelo estaba cubierto por un mosaico de brillantes esmaltes negros y puntas de cristal de roca, lo que conseguía crear la ilusión de un firmamento de constelaciones y estrellas. Ian observó detenidamente el trazado a sus pies y reconoció la configuración de las varias figuras celestes que Bankim les había explicado en el St. Patricks.
– Seth tendría que ver esto… -susurró Ben. En el extremo de la sala, más allá de aquella alfombra de estrellas que representaba el universo conocido, una escalera de cara-col ascendía en espiral al segundo piso de la casa.
Antes de que pudiera advertirlo, la llama del fósforo le quemó los dedos a Ben y los tres muchachos quedaron de nuevo en la oscuridad absoluta. Los caminos de constelaciones a sus pies, sin embargo, seguían brillando como el firmamento nocturno.
– Es increíble -murmuró Ian para sí mismo.
– Espera a ver el piso de arriba -replicó la voz de Sheere a unos metros de él.
Ben encendió una nueva cerilla y los dos amigos comprobaron que la muchacha ya les esperaba junto a la escalera en espiral. Sin mediar palabra, Ben e Ian la siguieron.