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Электронная книга - «Amor, Curiosidad, Prozac Y Dudas». Краткое содержание книги:

Luc?a Etxbarr?a ha construido una novela sobre la dif?cil b?squeda de la identidad femenina al margen de convenciones absurdas y esterotipadas, con un estilo personal?simo, esculpido a golpe de gui?os y ambivalencias en el lenguaje de lo cotidiano.
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Antonio y yo nos quedamos a solas por primera vez en quince años.

– Estás verdaderamente guapa -dijo él. Debido al ruido tenía que acercarse tanto para hablar que yo podía sentir su aliento cálido en el cuello. Y yo pensé, ahora o nunca, Ana, es posible que en años no vuelva a presentarse una oportunidad como ésta.

– Antonio -dije-, ¿te acuerdas alguna vez de aquella noche, hace quince años, cuando me llevaste a aquel bosquecillo en el camino de Orio…?

– Quince años… -dijo él, luciendo aquella sonrisa legendaria a la que la mala vida había hecho perder su aura Profidén-. Hostia, no ha pasado tiempo ni nada… A saber dónde estábamos hace quince años…

¿Era posible que él no se acordara? Quizá sencillamente no quería recordarlo.

– Yo estaba borracha. Tú también, creo. Dejé de ser virgen aquella noche.

Él me miró fijamente, con los ojos muy abiertos.

– ¿Qué estás diciendo?

– Pensé que te acordarías. Estoy segura de que te acuerdas. -Mi voz sonaba firme y transparente a pesar de todos los whiskles, a pesar del estruendo de la música, a pesar de que brotaba de una cueva recóndita donde mi desesperación se había mantenido agazapada durante años.

Él me miró con expresión vacía y a continuación desvió sus ojos hacia la pista, apuró su vaso de un trago y luego las palabras le rezumaron cansinas de la boca, como arrastrándose.

– No sé de qué me hablas.

Empecé a sospechar que quizá decía la verdad, que para él, quizá, el episodio entre los eucaliptos sólo constituía un vago recuerdo, no sé, al fin y al cabo Antonio había tenido muchísimas chicas en aquella época y quién sabe cuántas habían desaparecido con él entre los árboles… No sé, quizá fuese verdad lo que había oído decir de él, que se había vuelto alcohólico, que apenas le quedaba medio hígado, que la cabeza no le funcionaba.

Pero yo recordaba aquel episodio perfectamente, segundo a segundo. Cómo nos tendimos en el suelo mojado, cómo él me desabrochó la blusa y comenzó a manosearme los pechos, cómo después me bajó las bragas y me metió la mano entre las piernas, cómo de pronto me encontré con que le tenía encima, con los pantalones bajados, intentando meterme su cosa, cómo intentaba penetrarme sin conseguirlo del todo porque yo forcejeaba debajo de él y me revolvía todo lo que podía y bastante trabajo tenía él intentando sujetarme las manos con un brazo y su propio miembro con el otro mientras yo culebreaba debajo de él como una anguila, luchando por desasirme de su abrazo, y cómo por un instante logré soltar una mano y aproveché para arañarle la cara, y cómo inmediatamente sentí un mazazo de hierro en la cara, y la sangre que fluía a borbotones por la nariz, y cómo le notaba encima de mí, inmovilizándome, pesado como una condena, atenazándome de tal manera que me faltaba el aire, y cómo me sujetaba las muñecas con la fuerza de una llave inglesa, y cómo yo hacía lo imposible por desasirme de nuevo, cómo ponía los cinco sentidos en mover todos los miembros a la vez para que él no lograra penetrarme, pero él era mucho más fuerte que yo, y yo lo sabía, lo sabía bien, nunca había conseguido ganarle echando un pulso y cómo, cuando le tuve lo suficientemente cerca, le mordí la cara con toda la rabia de un perro acorralado, y cómo le oí gritar de dolor, y cómo, por toda respuesta, él me sujetó con más fuerza aún y me acometió con una embestida directa, fulminante, y cómo sentí que había dejado a su paso todo mi interior en carne viva, y como me presionaba las manos contra el suelo con tanta fuerza que creí que acabaría por enterrarlas, cómo millones de pequeñas piedrecitas se me clavaban en los nudillos, cómo aquello pareció durar horas, aunque quizá sólo fueran quince minutos, y cómo sentía el sabor correoso de la sangre en la boca y cómo me parecía que de un momento a otro me estallarían las cuerdas vocales, y cómo podía escuchar mis propios gemidos, afilados como cuchillas de afeitar, tan chirriantes que me costaba reconocerlos como míos, y cómo me dolía la espalda, y cómo me dolían las muñecas, y sobre todo, sobre todo, cómo me dolía entre las piernas, un dolor agudísimo, como si estuvieran introduciéndome un hierro candente, un dolor que me perforaba como una aguja al rojo vivo, que se me iba metiendo dentro, muy dentro, más allá de músculos y tendones, más allá de capas de grasa y de filetes de carne, en el centro mismo de mis terminaciones nerviosas, en el núcleo exacto de mi alma, y cómo progresivamente él empezó a jadear cada vez más fuerte hasta que al final se desplomó sobre mí, gimiendo.

Cuando se levantó me quedé sentada en la tierra, encogida sobre mí misma. Él me agarró del brazo y me obligó a ponerme de pie. Me llevó a rastras hasta la moto. En todo el camino a casa no cruzamos una palabra. Me dejó en el portal y subí por las escaleras convencida de que yo tenía la culpa de todo por haberle acompañado hasta el maldito bosquecillo.

Contemplando a Antonio acodado en la barra, convertido en una sombra de lo que una vez había sido, aferrado a su vaso de whisky con la misma desesperación con que un bebé se aferra al pezón de su madre, comprendí perfectamente la postura de esos filósofos que opinan que Dios existe pero que le damos igual, que se limitó a dejarnos en la tierra y que se ha desentendido de nosotros. Y de la misma manera hay gente que nos crea, que nos convierte en las personas que somos, gente cuyas acciones marcan el resto de nuestras vidas de forma que nunca volveremos a ser como antes, y que, sin embargo, no se responsabilizan de nosotros. Antes de que Antonio pasara por mí, yo había sido una persona, y después de aquello me convertí en otra totalmente diferente. Y allí estaba Antonio para demostrarlo, completamente ajeno al hecho de que una vez había sido una tormenta que devastó a su paso todas las flores, dejando tras de sí la mala hierba, las zarzas y los cardos, las ortigas, los espinos.

Borja apareció de repente entre la masa. Mi marido me cogió del brazo.

– Este sitio es horrible -dijo.

– A mí me gusta -respondió Antonio, aunque su voz apagada no denotaba excesivo entusiasmo.

– Anda, que si hay que fiarse de lo que te guste a ti… -replicó Borja. Completamente cierto: a Antonio le gustaban unas cosas rarísimas.

Volvimos a casa sin hablar demasiado, tuvimos que coger un taxi porque estábamos demasiado borrachos para conducir. Al llegar a casa me disculpé aduciendo cansancio y me fui directamente a la cama. Abrí el botiquín y encontré una caja de polaramines. El médico me los había recetado un año antes para combatir un brote de alergia, pero entonces apenas seguí el tratamiento más de tres días porque las pastillas me daban sueño. Así que me metí cuatro pastillas de golpe con un trago de agua del grifo y me fui a la cama.

Soñé con cuchillos y serpientes, con murciélagos y sangre, con gusanos y brasas ardiendo, soñé que una enorme sombra oscura me perseguía y yo no podía correr porque las piernas se hacían cada vez más pesadas, y de pronto miraba las piernas, las mismas piernas que no podían correr, y veía goterones de sangre negra que resbalaban perezosamente por mis muslos.

Soñé con un pequeño delfín negro que era apenas más grande que la palma de mi mano. El delfín vivía dentro del lavabo, pero yo sabía que algún día crecería y pronto llegaría el día en que no cabría en el lavabo, y poco después tampoco cabría en la bañera, y me obsesionaba pensando en cómo lograría mantenerlo vivo dentro de mi cuarto de baño, cómo lo alimentaría, cómo me las arreglaría para llevarlo hasta el mar el día en que creciera, y entretanto, poco a poco, el agua del lavabo iba tiñéndose de rojo.

Desperté sudando. Borja dormía plácidamente a mi lado. Eran las siete. Parpadeé varias veces para recuperar el contacto con la realidad. Tenía la boca seca, como si hubiera masticado tiza, y la cabeza me pesaba más que la mala conciencia.

Me restregué los ojos y vi cómo entraba por la ventana la primera luz de la mañana y bañaba el cuarto de un suave color melocotón. En la casa se respiraba una calma total.

Me dirigí hacia el cuarto de baño y comprobé que no había ningún delfín en el lavabo. Abrí el botiquín y cogí la cala de ovoplex, y luego fui sacando una por una las diminutas pastillitas blancas, empujándolas con la uña, haciéndolas salir de su pequeña celda plastificada y dejándolas caer en la taza del retrete, mientras caían las contaba, una, dos, tres, cuatro… viernes, sábado, domingo, lunes, y creo que en realidad se trataba de un ritual, no sé, me parece que invocaba la protección de la diosa de la fertilidad, aunque quizá entonces yo no supiese bien lo que estaba haciendo, pero sabía, eso sí, que iba a quedarme embarazada.

Borja y Antonio no se levantaron hasta el mediodía. A mí se me escapó el cuchillo mientras preparaba la ensalada y me hice un tajo en el dedo que ensució de sangre el blanco mostrador de la cocina. Pero no sentí dolor. Veía la sangre fluir como si fuese ajena, y me embobaba contemplando las gotas caer sobre una mancha roja que se hacía cada vez más grande. Tardé un rato en darme cuenta de lo extensa que se estaba haciendo la mancha de sangre y pensé que quizá no debería haber tomado las pastillas. Me sentía tan lenta…

Durante el desayuno creía flotar. No estaba en el comedor, me sentía como si estuviese sumergida en una piscina de agua caliente. Ni Antonio ni Borja hablaban mucho, evidentemente como consecuencia de una resaca seria, y el sol entraba por la ventana y reflejaba una aureola alrededor de la rubia cabeza de Antonio, y Antonio, por un momento, rejuveneció lustros y se convirtió en un querubín perezoso que jugaba con las miguitas de pan. Toda la escena poseía un aire irreal, una atmósfera de cosa soñada.

Antonio se marchó apenas una hora después. Le dio tiempo a darse una ducha rápida y a hacer las maletas. Cuando se despedía hizo amago de besarme en la mejilla, pero yo aparté la cara y le tendí la mano.

La ecografía dijo que era una niña, pero pasaron nueve meses y nació un niño, y el parto se presentó sin complicaciones y todo el mundo dijo que se trataba de un bebé precioso, y en particular Borja, que estaba encantado con la idea de tener un varoncito; pero yo sentí una íntima e inconfesable decepción, sutil y peligrosa como una tela de araña, porque había deseado una niña con todas mis fuerzas, porque había ordenado con mimo los patuquitos y las rebequitas de color rosa, y había entretenido las tardes buscando nombres de hada y de princesa que podrían sentarle bien a una niña. Pero no podía explicarle a nadie lo que sentía porque me habrían acusado de inhumana y lo sabía, pero muy dentro, muy dentro de mí misma, sentía que haber dado a luz a un niño era algo así como pactar con el enemigo.

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