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Электронная книга - «Amor, Curiosidad, Prozac Y Dudas». Краткое содержание книги:

Luc?a Etxbarr?a ha construido una novela sobre la dif?cil b?squeda de la identidad femenina al margen de convenciones absurdas y esterotipadas, con un estilo personal?simo, esculpido a golpe de gui?os y ambivalencias en el lenguaje de lo cotidiano.
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La tristeza se extiende como una mancha de aceite, lenta e imborrable. No encuentro un estropajo para fregarme el alma. Llevo un mes sin dejar de llorar y apenas puedo comer. Todas las noches me meto en la cama y lloro, lloro, lloro y lloro. Lloro en silencio lágrimas saladas que resbalan por mis mejillas como gotas de lluvia en un cristal. Mi matrimonio se está yendo a pique y Borja aguanta la situación como puede, y yo pienso que lo hace, sobre todo, por el niño, y puede que también por pena, porque al fin y al cabo, yo lo sé, Borja es buena persona y es lógico que le parta el alma verme así. Al principio le intuía más preocupado. Pero ahora se le nota algo cambiado, y se le ve, sobre todo, desilusionado. Cuando Borja vuelve del trabajo se encuentra a su mujer metida en la cama, ojerosa, demacrada y taciturna, y a veces se me pasa por la cabeza si Borja no se dará cuenta, aunque sólo sea un poco, de lo que pasa, si no se dará cuenta de que lo mío es más serio de lo que parece. Pero, no sé, él no dice nada.

Me levanto todas las mañanas a las siete, despierto al niño, le lavo, le visto y lo hago todo de forma mecánica. Me esfuerzo en volver a sentir aquella energía cálida y envolvente que sentía antes cuando le bañaba, aquella sobredosis de cariño que se me salía por los poros, que se me escapaba por las puntas de los dedos como una corriente eléctrica, pero ya no es lo mismo. Sigo queriendo a mi hijo tanto o más que antes, eso es innegable, una madre siempre es una madre, vamos, creo yo, pero el caso es que ahora, por las mañanas, siento una infinita pereza, unas ganas incontrolables de volver a la cama a llorar. Preparo el desayuno como puedo. He perdido el entusiasmo, la alegría que me inspiraba enjabonar las piernecitas regordetas del bebé. Oigo los ruidos que hace Borja cuando se despierta, como de costumbre, media hora más tarde que yo, cuando se encamina cansinamente hacia el baño, arrastrando los pies dentro de sus zapatillas de felpa. Luego desayunaremos juntos en la cocina, Borja leerá el periódico y yo mordisquearé pedacitos de tostada y mientras intentaré que el niño se trague su potito Bledine. Antes insistía mucho en que se lo acabara entero, pero ahora, no sé, como que cada vez me da más igual. Cuando acabemos de desayunar terminaré de vestir al niño y Borja se marchará con el crío en brazos y camino del trabajo lo dejará en la guardería, pero, eso sí, antes de irse, en la puerta, me besará en la mejilla como ha venido haciendo de lunes a viernes todas las mañanas durante los últimos cuatro años, porque mi marido es una buena persona, aunque bastante previsible, eso sí. Y cuando la puerta se cierre, regresaré a la cama, me tumbaré y me pondré a llorar. Tengo un manantial inagotable que me brota desde dentro del estómago y del que surgen lágrimas y más lágrimas cristalinas que parecen pequeños caramelitos de anís.

Antes se me ocurrían millones de cosas que hacer, y las mañanas se me pasaban volando. Limpiaba la casa, iba a hacer la compra, llamaba a mamá, contestaba cartas, pintaba cenefas, tejía maceteros, regaba plantas, cosía almohadones, restauraba muebles, colgaba cuadros, fijaba estanterías… tenía la casa hecha una bombonera. Entre unas cosas y otras siempre estaba ocupadísima. No, no trabajaba, ni falta que me hacía. En mi opinión Rosa y Cristina podían quedarse con sus monsergas feministas.

¡Cuántas veces les había oído decir que ellas no podrían vivir sin trabajar, que se aburrirían, que se asfixiarían entre cuatro paredes, que se volverían locas…! Pamplinas. Puro cuento. Entre la casa y el niño, decía yo cuando hablaba del tema con mamá, a poco que te esmeres no te queda un minuto libre, y debía de ser verdad, porque por entonces yo nunca me aburría.

Sé que suena absurdo, pero a mí me gustaba hacer la casa, no sé, siempre me ha parecido relajante limpiar, fregar y abrillantar. Me gustaba quitar el polvo del salón y ver cómo mi imagen se reflejaba en la mesa de caoba, y me gustaba limpiar los grifos de la cocina y comprobar cómo bastaba con una bayeta y un poco de Cristasol para arrancar destellos a una superficie opaca, y, no sé, parecerá tonto, pero a mí me parece que hay algo de relajante y tranquilizador en el acto de poner orden, de arreglar cosas, de transformar el caos en pulcritud. Mi marido se empeñaba en que tuviéramos una chica interna, pero yo no quería, porque al fin y al cabo durante años yo lo había limpiado todo en casa, y, además, mi casa era mía y no me apetecía tener una filipina, o una polaca, o peor aún, una dominicana, o cualquier extranjera que ni siquiera iba a entender lo que yo le dijera, instalada en mi nido como un pájaro cuco.

Pero hace ya un mes que he dejado de dedicarme a la casa y he prescindido de mi antigua costumbre de ir al mercado a diario, porque ahora prefiero hacer la compra una vez por semana, ir al supermercado y llenar un carrito hasta los bordes, y ahorrar tiempo. Eso significa que en casa ya no se come pescado fresco ni ensaladas, pero no parece que mi Borja se dé cuenta. Él llega tan cansado por las noches que casi ni presta atención a lo que cena.

He olvidado también mi antigua obsesión por la limpieza. No sé, antes practicaba un ritual diario compuesto de numerosos pasos sucesivos: hacía las camas, quitaba el polvo, ponía la lavadora, planchaba la colada, pasaba el plumero por las estanterías, aspiraba todas las alfombras y la moqueta del dormitorio, ahuecaba uno por uno los almohadones de los sofás del comedor y restregaba las superficies de los baños hasta dejar los grifos y los espejos relucientes. Pero ahora como que me he dado cuenta de que el trabajo de la casa puede estirarse hasta lo indecible o reducirse al máximo, y el resultado, en la práctica, siempre es el mismo. La chica viene, y con lo que ella hace basta con que yo le dedique media hora diaria a la cocina y otra media hora a los baños, y a veces ni eso, para que la casa esté bien. Desde luego, Borja no ha apreciado la diferencia. Así que dispongo de siete horas diarias para llorar a gusto, llorar lágrimas y lágrimas transparentes y saladas, ahora que el niño se pasa la mayor parte del tiempo en la guardería y que Borja ya no viene a casa a la hora de comer. Sí, lo cierto es que podría aprovechar de alguna manera todo ese tiempo libre. Podría tomar clases de aerobic, o de pintura, o aprender francés, o incluso dedicarme a los arreglos florales. Hasta ahora no había caído en la cuenta de que me sobra tanto tiempo, y creía que la casa no me dejaba un minuto libre, y lo creía de verdad, estaba tan convencida de eso como de pequeña, con las monjas, lo estaba de que Dios existía; pero ahora sé que el trabajo de la casa no es tan absorbente, y tampoco estoy muy segura de que exista Dios, y si existe, que ya no lo sé, desde luego no se preocupa mucho por ninguno de nosotros. Es más fácil creer en Dios cuando eres pequeña y la vida se limita a ir y venir del colegio y jugar con tus muñecas. Luego de mayor, cuando ves todas las cosas malas que hay en el mundo, ya no te resulta tan fácil eso de ser católica, y por muy bonitas que sean las estatuas de la virgen con su manto azul y su corona de estrellas y las flores de mayo, no sé, como que se te pasa. Me parece que yo dejé de creer a los doce años. Yo era buena, era una buena chica, sigo siéndolo, y Dios no tenía ninguna razón para tratarme mal.

A los doce años perdí al hombre más importante de mi vida, mi padre, y conocí al segundo hombre que me marcaría y me convertiría en lo que soy, Antonio. Yo quería mucho a mi padre, muchísimo. Mi padre era un señor alegre que siempre estaba gastando bromas, y, no sé, tampoco es que yo quiera meterme con mamá, que me ayuda muchísimo y es mi mejor amiga, y que siempre está al otro lado del teléfono por si la necesito, pero lo cierto es que mi madre es bastante seria y reservada y nos venía muy bien tener a alguien que canturreara e hiciera chistes. Yo le quería mucho a pesar de que él nunca me hiciera demasiado caso, a pesar de que bebiese más de lo debido, a pesar de que no se llevase bien con mi madre; no podía evitarlo, un papá siempre es un papá para su hija, y no le perdono que se largase así, de repente, sin volver a dar señales de vida. Alguna vez escuché a la tía Carmen decir algo acerca de que había otra mujer. No sé si la había, ni lo sé ni quiero saberlo, ni ahora querría volver a ver a mi padre aunque él sí quisiera. Nunca, nunca, nunca podré perdonarle lo que nos hizo, y sé que odiar no es cristiano, pero, como ya he dicho, probablemente yo ya tampoco lo sea, aunque durante todos estos años he procurado que no se me note.

Hasta que mi padre se marchó siempre habíamos veraneado en Fuengirola, pero después de que se fuera empezamos a pasar los veranos con los abuelos, los padres de mamá, en San Sebastián, en un caserón enorme que olía a polvo y humedad. Allí, en San Sebastián, conocí a Antonio. Antonio tenía su pandilla, y yo, la mía. Todo chicos, todo chicas, porque entonces no estaba bien visto eso de mezclarse y nos contentábamos con ir cada uno por nuestro lado y dirigirnos miraditas en el parque, en los coches de choque, en el malecón. Éramos alevines de las mejores familias de San Sebastián, educados en colegios carísimos de estricta educación católica, expertos jugadores de tenis vestidos con ropa comprada en Zarauz, sobria pero de la mejor calidad. Fue natural que, al cabo del tiempo, ambas pandillas empezáramos a salir juntas, a compartir los paseos por el parque y por el malecón, y que al final algunos de sus miembros acabaran más o menos emparejados. Karmele y Kepa, Borja y Nerea, Antonio y yo. Antonio y yo.

De todos aquellos primeros amoríos de verano sólo el nuestro se mantuvo más allá de las dos semanas de rigor, y nuestra relación aguantó nueve meses de separación con la llama mantenida a fuerza de muchas cartas mías y unas pocas de Antonio; y volvió a renacer al verano siguiente, con la misma intensidad o incluso mayor que en aquel primer verano de los doce años. Porque durante aquellos nueve meses yo no había hecho otra cosa que pensar en Antonio. En Madrid apenas salía, no hacía sino ir del colegio a casa y de casa al colegio, y los fines de semana al club de tenis y a misa, y aunque en el club había algunos chicos que intentaban tirarle los tejos a aquella Anita prepúber, toda ñoñerías y sonrojos de colegio de monjas, que era yo entonces, ninguno, en mi opinión, podía compararse a Antonio, ni siquiera Gonzalo, mi primo, que sería muy guapo, eso sí, pero a mí no me decía nada, todo el día en su cuarto escuchando aquellos discos tan raros. Además, no estaba bien, o eso creía yo entonces, que una chica que salía con un chico en serio se fijara en otro, por mucho que el primero residiese a cuatrocientos kilómetros de distancia.

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