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Электронная книга - «Amor, Curiosidad, Prozac Y Dudas». Краткое содержание книги:

Luc?a Etxbarr?a ha construido una novela sobre la dif?cil b?squeda de la identidad femenina al margen de convenciones absurdas y esterotipadas, con un estilo personal?simo, esculpido a golpe de gui?os y ambivalencias en el lenguaje de lo cotidiano.
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– 0 sea, que no -la corta Gema.

– Supongo que no. -Me lo pienso un segundo-. No.

– No -confirma Line.

– Y, dime, ¿es muy diferente? -pregunto yo.

– ¿El qué? -Gema, a la gallega, responde con una pregunta.

– El qué va a ser… Follar con un tío y follar con una tía.

– Sí y no. A ver, cómo te explico… -El éxtasis debe de estar subiéndole. Si no ¿a qué viene semejante talante comunicativo? En otras circunstancias me habría mandado a la mierda-. En una relación con un hombre está claro desde el principio que nunca se llegará a una comprensión absoluta. Con los hombres se parte de la contraposición, y con las mujeres de la identificación. Con las mujeres es quizá más ingenuo, los roles no están preestablecidos, ni en la cama ni fuera de ella, y todo se hace más fácil. Hay muchas cosas que un hombre no puede comprender porque simplemente no sabe lo que significa ser mujer. Y hay otra diferencia muy grande: los hombres no tienen pechos, y las mujeres no tienen los músculos de los hombres…

– Y te ahorras eso de la felación, que es bastante incómodo, a no ser que tengas la boca muy grande… -Line interrumpe el formativo discurso de Gema.

– 0 que él la tenga muy pequeña -completo yo.

– A mí me echa un poco para atrás. ¿Sabe bien? -Line, siempre tan directa.

– ¿El qué? -pregunta Gema.

– El qué va a ser… comérselo a una tia, coño -responde Line.

– Mujer, depende, pero en general, sí. Sí, sabe bien, pregúntaselo a cualquier tío. Además, el sexo de una tía visto desde cerca es muy bonito. Parece una flor. Una orquídea. Y es blandito, da gusto jugar con él. Qué quieres que te diga, a mí me resulta mucho más desagradable tener que chupársela a un tío, que a veces te atragantas y no puedes ni respirar…

– Y que hay mucho guarro que no se lava… -Line de nuevo. -Yo lo que detesto es cuando te agarran la cabeza con las manos y te obligan a meterte el aparato hasta la campanilla, y tú ahí, medio asfixiada, que vas notando cómo te falta el aire -explico yo.

– Pues eso con una tía no te va a pasar. -Gema sentando cátedra.

– No, si al final acabarás por convencerme. Además, después del modo en que me ha tratado Iain casi se me han quitado las ganas de relacionarme con más.

En ese momento nos fijamos en un par de maderos que están de pie en la acera, haciendo un control. Han aparcado el coche a un lado de la calle y están parando a algunos automóviles. Se ha formado un embotellamiento importante.

– ¿Esto qué es? -pregunta Line.

– Un control. Terroristas, seguro. Me juego la vida a que ha habido un atentado -predice la agorera de Gema.

– Para mí que es un control de alcoholemia -opino. Los maderos nos hacen señas de que nos detengamos, supongo que porque el viejo cuatro latas de Gema, lleno de pegatinas, tiene bastante mala pinta. Una panda de pijos engominados pasan a nuestro lado en un Golf GTI. A ellos, claro, no les paran.

Uno de los maderos le dice a Gema que salga del coche. Line y yo contemplamos cómo el tipo le pide el carnet de conducir y los papeles del vehículo. Gema, muy calmada, los saca de la guantera y se los enseña.

El madero nos mira a Line y a mí y nos hace una seña. Ahora nos toca a nosotras salir del coche. Lo hacemos. El tío abre mi bolso y lo primero que saca es la pitillera de plata que me regaló Iain (por cierto, yo no fumo. El listo de Iain se lució con el regalito). La abre y se encuentra la bolsita.

Me doy cuenta de lo estúpidas que hemos sido. Ni se nos había pasado por la cabeza que la madera pudiera ponerse a controlar a la gente que salía del Planeta X para pillar éxtasis. Yo ya había oído que eso se hacía, pero siempre había pensado que se apostaban a la puerta de las macrodiscotecas del extrarradio, en Atica o el Central, no en pleno centro de Madrid. Aunque, en realidad, que hagan un control aquí es lo más lógico, porque el Planeta X es un nido de pastilleros y farloperos, como todo el mundo sabe. Maderos incluidos, por lo visto.

Oigo un zumbido en los oídos. Se trata de la sangre, que se me agolpa en las sienes.

– ¿Esto qué es? -pregunta el madero.

– Pastillas.

– Ya veo. ¿Alguna de vosotras tiene más pastillitas de éstas? -añade él, dirigiéndose a Gema y Line.

Line y Gema no abren la boca. Nos advierte que van a registrarnos de todas formas, así que más vale que soltemos lo que llevamos. Será más rápido y menos humillante, dice.

Gema saca su bolsa del bolsillo de los vaqueros. Yo sé que Line se ha metido la bolsita dentro de las Doctor Martens, no porque temiera ningún registro, sino porque la bolsa ya no le cabía en su minúsculo bolsito en forma de corazón, donde había metido a presión las pinturas, las llaves, el tabaco y el monedero; y el modelito de esta noche -un pichi de vinilo rosano tiene bolsillos.

El policía se dirige a Line:

– A ver, rubita, tú también. Tus pastillas.

– Yo no llevo nada -asegura Line. Y él repite que más vale que entregue el material ahora si no quiere buscarse más problemas de los que ya tiene, y que van a registrarla de todas formas.

Line duda por un instante, luego se sienta en la acera y comienza a desabrocharse las Doctor Martens. No resulta una tarea fácil, porque son de esas de caña alta, abrochadas hasta el tobillo.

– Tendrá usted que esperar un momento -avisa-. Las tengo por aquí, en alguna parte.

El madero, impaciente, le dice que se dé prisa, que no tiene todo el día.

Line se quita el calcetín rosa eléctrico. Con el frío de la mañana resulta un poco absurdo ver a Line con el pie desnudo. Nada. De ahí no sale nada parecido a una bolsa de pastillas.

– Me parece que me he equivocado de bota. Deben de estar en el pie derecho -dice Line, dedicándole al madero su mejor sonrisa y encogiendo los hombros.

Esperamos unos cinco minutos hasta que logra quitarse la otra bota y por fin aparece la condenada bolsita. Luego otros diez minutos hasta que se calza de nuevo. El atuendo de Line será todo lo moderno que ella quiera, pero, desde luego, no está pensado para una noche de pasión salvaje, a no ser que se trate de un polvo rápido, contra la pared, subiéndose el pichi hasta el pecho y dejándose las botas puestas, y está claro que tampoco está diseñado para enfrentarse a un registro policial. No hay más que ver la cara de los maderos.

Uno de ellos, señalando la bolsita, nos pregunta dónde hemos comprado las pastillas.

– En una fiesta -digo.

– En el Planeta X -dice Gema. Ella ha dicho la verdad y yo he tratado de salvarme el curro.

– En una fiesta en el Planeta X -amplío yo, intentando remediar la situación.

El madero se mete en el coche y habla con alguien por radio. No hace otra cosa que recltar números. Algo así como «Alfa 33, Alfa 33, registrado un doscientos veintinueve en la calle San Bernardo, cambio y corto… Negativo… Doscientos veintinueve.» Resulta evidente que está utilizando alguna clave. Acaba y nos hace aparcar el cuatro latas.

– Me temo que tendréis que acompañarme a la comisaría para prestar declaración -le dice a Gema.

Nos han metido en una furgoneta de la policía, que arranca. Conduce un madero jovencito. Nosotras tres vamos agolpadas en la parte trasera del coche, separadas de los dos policías que nos llevan por una reja metálica. Como perritos. No nos han esposado. Yo siempre había pensado que cuando te llevaban a comisarla te esposaban. La idea me daba cierto morbo, por aquello de que sólo he utilizado esposas para follar. No me queda claro si debemos considerarnos detenidas o no. Se me pasan por la cabeza terroríficas imágenes de brutalidad policial, interrogatorios con un flexo apuntándote a la cara, palizas propinadas con toallas mojadas para no dejar marcas, sórdidas celdas sin agua ni sanitario… De pronto, sin comerlo ni beberlo, nos hemos convertido en delincuentes y paseamos por el lado salvaje de la vida.

– Hace falta tener mala suerte -suspiro.

– Vosotras tres, calladitas -suelta el madero que conduce.

– Vale, vale, que ya nos callamos -responde Line. Continuamos el trayecto en el mayor de los silencios. La verdad es que apenas pasamos cinco minutos en la furgoneta, porque nos llevan directamente a la comisaría de la Luna, que está prácticamente al lado de donde nos han recogido.

Al llegar a comisaría nos separan. A mí me llevan a una habitación pequeña en la que un policía bajito, sentado frente a una máquina de escribir, anota mi nombre, dirección y número de carnet de identidad. Parece muy joven. Quizá más joven que yo. Todo lo que me habían sacado del bolso aparece extendido en la mesa, delante de éclass="underline" cartera, llaves, el estuche de las gafas, un lápiz de labios, un monedero. Todo menos la pitillera de plata que me había regalado Iain y que contenía las pastillas.

Me pregunta mi profesión.

– Estudiante -contesto. No sé por qué me da vergüenza decir camarera. Influencia de mis hermanas, supongo.

Y en ese momento, zas, noto una sensación familiar que me hace cosquillas en el estómago, y bulle y burbujea como una aspirina efervescente dentro de mí, y va subiendo, poquito a poco, burbujitas, burbujitas espumosas, hacia mi cabeza. Oli, no… El pulso se me acelera y empiezo a respirar de forma entrecortada, inspiración, espiración, me falta oxígeno, boqueo como un pez fuera del agua, noto que las piernas empiezan a temblarme, las articulaciones me hormiguean, y las manos, soy incapaz de estarme quieta y ESTÁN ENTRÁNDOME UNAS GANAS MUY TONTAS DE REíRME. Carlos Tantangao, esta vez no has hecho honor a tu nombre. Esto es MDMA puro. El mejor que he probado nunca.

El madero saca un cigarro y me ofrece uno. No lo acepto, porque no fumo, pero le doy las gracias muy amablemente.

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