El maestro de Petersburgo
- Автор: Coetzee J. M.
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El maestro de Petersburgo». Краткое содержание книги:
Dicho esto, solo con el dedo corazón de la mano derecha, Maximov empuja el cartapacio por encima de la mesa, el cartapacio sorprendentemente grueso que contiene los papeles de Pavel.
Él se pone en pie, toma su cartapacio, hace una leve inclinación y ya se dispone a marchar cuando Maximov habla de nuevo.
– Si me permite que lo retenga un minuto más, aunque por una cuestión algo distinta: ¿no habrá tenido por casualidad algún contacto con la banda de Nechaev durante el tiempo que ha pasado aquí en Petersburgo, verdad?
¡Ivanov! ¡Nechaev! Así pues, esa es la razón de que le hayan convocado. Pavel, los papeles, los reparos y la puntillosidad de Maximov… ¡no eran más que una cuestión colateral, una añagaza!
– No entiendo qué relación pueda tener conmigo su pregunta -responde con rigidez. No entiendo con qué derecho me hace esa pregunta, ni qué derecho le asiste a esperar que yo conteste.
– ¡Ningún derecho! Puede usted descansar tranquilo, que no se le acusa de nada. Solamente era una pregunta. En cuanto a la relación que tenga con usted, nunca hubiese dicho que fuera algo tan difícil de adivinar. Habiendo hablado de su hijastro como ha hablado conmigo, deduje, quizá ahora sí que le sería más llevadero hablar de Nechaev. Y es que en nuestra conversación del otro día me dio la impresión de que lo que usted opta por decir muchas veces tiene un doble sentido. Era como si cada palabra llevase otra palabra oculta bajo ella, para entendernos. ¿Qué piensa al respecto? ¿Estaba yo equivocado?
– ¿Qué palabras? ¿Qué hay tras ellas?
– Eso es algo que usted tendrá que decir.
– Se equivoca. Yo no hablo con adivinanzas. Todas y cada una de las palabras que utilizo quieren decir lo que dicen. Pavel es Pavel, no Nechaev.
Con esto, se da la vuelta y se dispone a marchar. Tampoco lo llama de nuevo Maximov.
Por las sinuosas callejas del barrio de Moskovskaya lleva la carpeta hasta el número 63 de la calle Svechnoi, sube al tercer piso, a su habitación, y cierra la puerta.
Desata la cinta. El corazón le martillea de forma desagradable. Que en sus prisas hay algo desabrido es algo que no puede negar. Es como si acabara de ser devuelto a la adolescencia, a las largas y sudorosas tardes que pasaba en el dormitorio de su amigo Albert, ojeando los libros sustraídos de los anaqueles del tío de Albert. El mismo terror de que alguien lo sorprendiera con las manos en la masa (un terror en sí mismo delicioso), ese mismo enfrascarse de manera apasionada.
Recuerda que Albert le enseñó a dos moscas en pleno acto de la copulación, el macho encaramado a la espalda de la hembra. Albert tenía las moscas en la palma de la mano. «Mira», le dijo. Pellizcó con delicadeza una de las alas del macho entre las yemas de sus dedos, y dio un levísimo tirón. El ala se desprendió del cuerpo sin que la mosca prestase la menor atención. Le arrancó luego la otra. La mosca, con su rara espalda desprovista de extremidades, siguió a lo suyo. Con un gesto de desagrado, Albert arrojó la pareja de moscas al suelo y las aplastó.
Imaginó cómo sería mirar los ojos de la mosca frente a frente mientras las alas le eran arrancadas: estuvo seguro de que ni siquiera parpadearía, y puede que ni siquiera lo viese. Era como si, mientras durase el acto, su alma se introdujera en la hembra. La idea le hizo estremecerse; le dieron ganas de aniquilar a todas las moscas de la tierra.
Una respuesta infantil frente a un acto que no entendía, un acto que temía, porque a su alrededor, entre susurros y sonrisas, todos parecían insinuar que un buen día también de él se esperaría que lo realizase. «¡No lo haré, no lo haré!», quiere exclamar el niño entre jadeos. «¿Que no harás el qué?», contestan quienes lo contemplan, de improviso boquiabiertos, desconcertados. «Santo Dios, ¿de qué habla este niño tan raro?»
La carpeta contiene un diario encuadernado en cuero, cinco cuadernos pautados, de escolar, unas veinte o veinticinco hojas sueltas, aunque sujetas entre sí, un fajo de cartas atadas con un cordel y algunos panfletos impresos: folletones con textos de Blanqui y de Ishutin, un ensayo de Pisarev. Le resulta más inesperado el De Officis de Cicerón, extractos del original con una traducción al francés. Lo hojea. En la última página, con una caligrafía que no reconoce, se encuentra dos anotaciones: Salus populi suprema lex esto y, debajo, en una tinta más clara, talis pater qualis filius.
Un mensaje, o mensajes. Pero ¿de quién a quién?
Toma el diario y, sin leerlo, pasa con el pulgar las páginas como si airease una baraja. La segunda mitad está sin escribir. Con eso y con todo, el cuerpo de lo escrito no es despreciable. Echa un vistazo a la fecha de la primera entrada, el 29 de junio de 1866, día de la onomástica de Pavel. El diario tuvo que ser un regalo, sí, pero ¿de quién? No logra recordarlo. 1866 destaca en su memoria por ser exclusivamente el año de Anya, el año en que conoció a la que iba a ser su mujer, el año en que se enamoró de ella. 1866 fue un año en el que Pavel fue ignorado del todo.
Como si fuese a tocar un plato muy caliente, recién sacado del horno, alerta y listo para retroceder, da lectura a esa primera entrada. Es una narración, un tanto elaborada por cierto, de lo que hizo Pavel a lo largo de ese día. Es obra de un diarista aún novato. No hay acusaciones, no hay denuncias. Aliviado, cierra el libro. Cuando llegue a Dresde, se promete, cuando tenga tiempo, lo leeré entero.
En cuanto a las cartas, son todas suyas. Abre la más reciente, la última que remitió antes de la muerte de Pavel. «Envío cincuenta rublos a Apollon Grigorevich -lee-. Es todo lo que por el momento podemos permitirnos. Te ruego que no presiones a A. G. para que te dé más dinero. Has de aprender a vivir con los medios de que dispones.»
Son las últimas palabras que dijo a Pavel, ¡y qué mezquinas palabras! ¡Es eso lo que leyó Maximov! No es de extrañar que le advirtiese que no leyera. ¡Qué ignominia! Le gustaría quemar la carta, borrarla de la historia.
Busca entre los papeles el cuento que Maximov le leyó en voz alta. Maximov tenía razón: como personaje, el joven héroe, Sergei, deportado a Siberia por haber encabezado una revuelta estudiantil, es un fiasco. Pero el cuento es más largo de lo que Maximov le había hecho creer. Durante varios días, después del asesinato del pérfido terrateniente, Sergei y su María huyen de los soldados, se refugian en graneros, en establos, con la ayuda de los campesinos que les dan cobijo y alimento, y que reciben los interrogatorios de sus perseguidores fingiendo desconocimiento, estupidez absoluta. Al principio duermen el uno al lado del otro en casta camaradería, pero el amor crece con fuerza entre los dos, un amor que se expresa no sin sentimiento, no sin convicción. Pavel claramente prepara una escena pasional. Hay una página en la que abundan las tachaduras, en la cual Sergei confiesa a Marfa, con genuino ardor juvenil, que ella es para él mucho más que una simple compañera de lucha, que le ha robado el corazón; en vez de ese pasaje, Pavel parece haberse inclinado por una secuencia mucho más interesante, en la cual Sergei confiesa a Marfa la historia de su infancia solitaria, sin hermanos ni hermanas, y le habla de su juvenil torpeza con las mujeres. La secuencia termina con el balbuceo de Marfa al iniciar su propia confesión. Le dice: «Puedes… puedes.».