El maestro de Petersburgo
- Автор: Coetzee J. M.
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El maestro de Petersburgo». Краткое содержание книги:
Ella lo mira con extrañeza.
– Pues ¿cómo pensaba usted, si no?
Él contiene el deseo de darle una rápida respuesta.
– Teniendo por padre a un escritor, ¿qué otra cosa se podía esperar? -sigue ella.
– Escribir no es cosa de familia.
– Tal vez no. Yo no soy quién para juzgarlo, pero nadie le obligó a escribir para intentar ganarse la vida. Puede que solo fuese una forma de aproximarse a su padre, de alcanzarlo.
Él hace un gesto de exasperación: ¡yo también lo hubiese querido sin relato ninguno!, piensa.
– Nadie tiene que ganarse a pulso el cariño de su padre -dice por el contrario.
Ella titubea antes de volver a hablar.
– Hay algo que quisiera advertirle, Fiodor Mijailovich. Pavel convirtió en figura de culto a su padre: idealizó a Alexander Isaev, quiero decir. No se lo diría si no supusiera que antes o después encontrará rastros de ese culto entre sus papeles. Debe usted ser tolerante. A los niños les agrada idealizar a sus padres. La misma Matryona…
– ¿Idealizar a Isaev? Isaev era un alcohólico, un mal esposo, un don nadie. Su propia esposa, la madre de Pavel, al final ya no lo aguantaba. Lo habría abandonado, de no ser porque él murió sin darle tiempo. ¿Cómo es posible idealizar a una persona así?
– Viéndolo de forma borrosa, por supuesto. A Pavel le costaba mucho verlo a usted de forma borrosa. Si me permite que se lo diga, usted es demasiado inmediato para él.
– Eso es porque fui yo el que tuvo que criarlo día a día. Yo lo quise como a un hijo, y como a un hijo lo traté cuando todos los demás le dieron de lado.
– No exagere. Sus padres no le dieron de lado: simplemente murieron. Además, si usted ejerció el derecho de elegirle a él por hijo, ¿por qué no iba él a tener derecho de elegir a su padre?
– ¡Porque él era mucho mejor que Isaev! Esto de que los jóvenes den la espalda a sus padres, a sus casas, a su crianza, solo porque no son de su agrado, terminará por convertirse en una de las peores lacras de nuestro tiempo. Poco a poco no habrá nada que les satisfaga, nada, salvo ser hijos de Stenka Razin o de Bakunin.
– Está usted diciendo tonterías. Pavel no escapó de su casa: usted sí que escapó de él.
Cae un enojoso silencio. Cuando llegan a la calle Gorojovaya, él se disculpa y la deja.
Caminando de un extremo a otro del paseo fluvial, medita sobre lo que le ha dicho ella. Sin dudarlo, él ha permitido que emergiese algo vergonzante y muy suyo, de modo que le invade el resentimiento por el hecho de que ella fuese testigo de ese trance. Al mismo tiempo, le da vergüenza esa mezquindad. Se siente atrapado en un dilema moral que le resulta conocido, tan familiar, de hecho, que ya no lo altera, razón por la cual debería ser tanto más vergonzante. Pero hay otra cosa que también le incomoda, igual que la punta de un clavo que empieza a asomar por la punta del zapato, si bien no puede o no quiere definirla.
Hay aún cierta tensión en el aire cuando vuelve a la vivienda. Matryona se ha levantado de la cama. Lleva el abrigo de su madre por encima del camisón, pero va descalza.
– ¡Me aburro! -gimotea una y otra vez. A él no le presta ninguna atención. Aunque se sienta con ellos a la mesa, no prueba bocado. Despide un olor agrio; estornuda, y de vez en cuando tiene un incontenible acceso de tos seca.
– No deberías estar levantada, mi niña -comenta él con dulzura.
– A mí no me digas qué he de hacer, que tú no eres mi padre-le replica.
– ¡Matryosha! -la recrimina su madre.
– ¿Qué? ¿Lo es o no lo es? -insiste ella, y acto seguido calla y adopta un gesto arisco.
Después de que él se haya retirado, Anna Sergeyevna llama a la puerta de su habitación y entra. Él se levanta con cautela.
– ¿Cómo está?
– Le he dado la medicina que compró usted, y parece más descansada. Tendría que guardar cama, pero es una chiquilla muy obstinada, y yo no puedo impedirle que se levante. Pero he venido a pedirle disculpas por lo que le dije, y también a preguntarle qué planes tiene para mañana.
– No tiene por qué disculparse. La culpa la tengo yo. He hecho una reserva para el tren de mañana por la noche, pero aún estoy a tiempo de cambiarla.
– ¿Por qué iba a cambiarla? Mañana tendrá los papeles que tanto desea. ¿Por qué iba a quedarse más de lo estrictamente necesario? Al fin y al cabo, no querrá convertirse en el eterno huésped. ¿No hay un libro que se titula así?
– ¿El eterno huésped? No, no que yo sepa. Además, todas las decisiones pueden modificarse, incluidas las de mañana. No hay nada definitivo. Claro que en este caso no está en mis manos esa modificación.
– ¿En manos de quién está?
– En las suyas.
– ¿En mis manos? ¡Desde luego que no! Sus decisiones están solamente en las manos de usted, yo nada tengo que ver en lo que usted decida. Por la mañana no podré verlo; tengo que madrugar, porque es día de mercado. Puede dejarme la llave puesta por dentro.
Así ha llegado el momento. El respira hondo. Tiene la mente en blanco. A partir de ese blanco empieza a hablar rindiéndose a las palabras que afluyen a sus labios, yendo allí adonde le lleven.
– En el transbordador, cuando me llevó usted a ver la tumba de Pavel- dice, las miré a Matryosha y a usted cuando estaban sujetas a la barandilla, mirando de frente la neblina. ¿Se acuerda que aquel día era espesa la neblina? Y me dije entonces: «Ella lo devolverá. Ella es -respira hondo otra vez- una conductora de almas». No es esa la palabra que se me ocurrió en el momento, pero ahora sé que es la palabra adecuada.
Ella lo contempla inexpresiva. Él le toma la mano entre las suyas.
– Lo quiero de vuelta -dice-. Tiene usted que ayudarme. Quiero besarle en los labios.
A la vez que pronuncia cada palabra se da cuenta de lo enloquecidas que son todas ellas. Diríase que entra y sale de la locura como entra y sale una mosca por una ventana abierta.
Ella se ha puesto tensa, lista para huir. Él la sujeta con más fuerza, la retiene.
– Es la verdad. Es así como la considero. Pavel no llegó aquí por casualidad. En alguna parte estaba escrito que había de ser conducido… hacia la noche.
Cree y no cree en lo que está diciendo. Se le pasa por la mentes un fragmento de un recuerdo, un cuadro que ha visto en una galería, ni siquiera sabe dónde: una mujer vestida de oscuro, con severidad, de pie ante una ventana, con un niño al lado. Los dos miran el cielo cubierto de estrellas. Más vividamente que la imagen recuerda las volutas sobredoradas del marco.
La mano de ella está inerte entre las suyas.
– Está en su poder -prosigue, siguiendo todavía a las palabras como si fueran faros, escrutando por dónde han de llevarle. Usted puede devolvérmelo, aunque no sea más que un minuto. Solo un minuto.
Recuerda ahora qué seca le pareció cuando se encontraron por vez primera: como una momia, secos huesos envueltos en los trozos de lienzo que se harán polvo en cuanto uno los toque. Cuando ella le habla, la voz se le quiebra en la garganta.
– Lo quiere usted tanto -dice- que sin duda lo verá de nuevo.
Él le suelta la mano. Como si fuera una cadena de huesos, ella la retira. ¡No me tome el pelo! Eso es lo que le entran ganas de decirle.
– Usted es un artista, un maestro. Está a su alcance, y no al mío, devolverlo a la vida.
Maestro. Es una palabra que él asocia al metal, al temple de las espadas, a la forja de las campanas. Un maestro herrero, el maestro de una fundición. Maestro de la vida: extraña expresión, aunque él está preparado para reflexionar sobre ello. Dará cobijo a todas las palabras y a todas las expresiones, sin que importe cuan extrañas, cuan extraviadas sean, siempre y cuando haya alguna posibilidad de que formen un anagrama de Pavel.
– Estoy muy lejos de ser un maestro -dice-. Me recorre de lado a lado una grieta. ¿Qué se va a hacer con una campana agrietada? Una campana agrietada no tiene arreglo.
Es verdad lo que dice. Pero al mismo tiempo recuerda que una de las campanas de la catedral de la Trinidad de Sergiyev está rajada, y que lo está desde antes de los tiempos de Catalina la Grande. Nunca la han descolgado para fundirla. Todos los días se la oye tañer por toda la ciudad. La gente la llama «la pata de palo de San Sergio».
Ahora nota una cierta exasperación en la voz de ella.
– Lo lamento por usted, Fiodor Mijailovich, pero conviene que recuerde que no es usted el primer padre que ha perdido un hijo. Pavel vivió veintidós años. Piense, pues, en todos los hijos que han muerto en la más tierna infancia…