Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «El maestro de Petersburgo». Краткое содержание книги:

Este es otro de los libros traducidos al castellano del escritor sudafricano. En 1869 un novelista ruso exiliado vuelve a St. Petersburgo para recoger los efectos personales de su hijastro muerto. El novelista se ve envuelto en un mundo de sospechas revoluci?n y peligro cuando descubre que la polic?a zarista ha descubierto entre sus enseres ciertos papeles incriminatorios. En este libro de alto contenido psicol?gico, Coetzee recrea la mente de Feodor Dostoievski (autor de Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov). El gran novelista est? obsesionado con descubrir si la muerte de su hijastro fue un asesinato o un suicidio, encontr?ndose sumergido en la subcultura violenta revolucionaria de la Rusia de 1869. Lo que Coetzee nos muestra es un retrato psicol?gico entremezclado con la trama t?pica de un Thriller.
1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 51
Перейти на страницу:

– ¿Y…?

– Y reconozca que es la regla, y no la excepción, sufrir y llorar la pérdida. Y pregúntese si se duele por Pavel o si se duele más bien por usted mismo.

La pérdida. Se instala entre ambos una distancia glacial.

– No lo he perdido Pavel, no está perdido -dice entre dientes.

Ella se encoge de hombros.

– Si no está perdido, usted ha de saber dónde está. Ciertamente, no se encuentra en esta habitación.

Mira a su alrededor. Ese amontonarse las sombras en un rincón, ¿no podría ser la huella del aliento de la sombra de su espíritu?

– Nadie vive en un sitio para marcharse sin dejar nada suyo en él -susurra.

– No, claro que no. Siempre se deja algo por donde uno pasa. Eso es lo que ya le dije esta tarde. Pero lo que él haya dejado no está en esta habitación. Él se ha ido de aquí, y aquí no lo podrá encontrar. Hable con Matryona. Haga las paces con ella antes de marcharse. Su hijo y ella estuvieron muy unidos. Si él ha dejado huella, tiene que haber sido en la niña.

– ¿Y en usted?

– Yo le tenía mucho cariño, Fiodor Mijailovich. Fue un joven bueno y generoso. En calidad de hijo suyo, de usted, su vida no fue nada fácil. Estaba solo, inseguro de sí mismo, tuvo que luchar por encontrar su camino. De todo eso me di perfecta cuenta. Pero yo no soy de su generación. Conmigo no podía hablar como hablaba con Matryona. Los dos juntos podían ser como niños -hace una pausa-. Muchas veces tenía la sensación, y déjeme señalarlo ahora, ya que estamos siendo sinceros el uno con el otro, de que el niño que Pavel llevaba dentro tuvo que dejar de serlo cuando aún era demasiado pronto, sin haber tenido tiempo suficiente de jugar. No sé si se le habrá ocurrido pensar en esto, puede que no, pero todavía me sorprende su enfado con él por algo tan trivial como es el hecho de dormir hasta tarde.

– ¿Por qué le sorprende?

– Porque esperaba de usted una mayor simpatía. Usted es un artista, ¿no? Hay niños que sueñan de noche, y otros en cambio esperan a la mañana para soñar. Debería pensarlo dos veces antes de despertar a un niño que está soñando. Cuando Pavel estaba con Matryona, el niño que había en él encontraba de nuevo una ocasión para salir a la superficie. Ahora me alegro de que ocurriese, me alegro de que no perdiera la oportunidad.

Vuelve a él una imagen de Pavel tal como era a los siete años, con su abrigo a cuadros grises, su gorro calado hasta las orejas y las botas demasiado grandes para su talla, correteando por la nieve, gritando como un loco. En esa imagen descuella por la esquina algo más, algo que rechaza.

– Pavel y yo nos conocimos en Semipalatinsk cuando él ya tenía siete años -dice-. Yo no le caí bien. Yo era simplemente el desconocido con el cual iban a vivir su madre y él, era el hombre que iba a arrebatarle a su madre.

Su madre, la viuda. El hijo de una viuda.

Lo que ha rechazado en todo momento, lo que ha querido quitar de en medio, lo que regresa con insistencia mientras habla, es lo que solamente puede calificar de trasgo, un ser pequeño y deforme, pelirrojo, con la barba roja también, no más alto que un niño de tres o cuatro años. Pavel sigue corriendo y gritando por la nieve; las rodillas le chocan una con otra como si fuera un potrillo. En cuanto al trasgo, permanece a un lado, mirándolo todo. Lleva un jubón color herrumbre, con el cuello abierto. No parece que tenga frío.

– … difícil para un niño… -Anna Sergeyevna dice algo a lo que él solo puede atender a medias.

¿Quién es ese trasgo? Escruta su cara con más empeño. Se sobresalta cuando lo entiende. La piel cubierta de cráteres, las huellas de la viruela hinchadas y endurecidas por el frío, la barba rala que crece entre las pústulas… es de nuevo Nechaev, un Nechaev empequeñecido, un Nechaev que en Siberia persigue los orígenes de su hijo. ¿Qué sentido tiene esa visión? Gime suavemente para sus adentros, y Anna Sergeyevna se calla en el acto.

– Lo siento -dice a modo de disculpa, pero es verdad que la ha ofendido.

– Seguro que tiene cosas que hacer -dice ella-. Aún no ha preparado su equipaje.

A pesar de sus disculpas, se marcha.

12 Isaev

Es conducido al mismo despacho que la otra vez, pero el oficial que lo recibe sentado ante su mesa no es Maximov. Sin presentarse siquiera, este hombre le indica una silla.

– ¿Se llama? -dice.

Da su nombre.

– Pensé que me iba a recibir el consejero Maximov.

– Ya llegaremos a eso. ¿Ocupación?

– Escritor.

– ¿Escritor? ¿Qué clase de escritor?

– Escribo libros.

– ¿Qué clase de libros?

– Relatos. Cuentos.

– ¿Para niños?

– No, no particularmente para niños. Pero aspiro a que los niños puedan leerlos.

– ¿Nada indecente?

– ¿Nada indecente? -sopesa la pregunta-. No, nada que pudiera ofender la sensibilidad de un niño- contesta al fin.

– Bien.

– Claro que el corazón tiene sus lugares oscuros añade con reluctancia-. Uno no siempre lo sabe.

Por vez primera, el hombre levanta la mirada de sus papeles.

– ¿Qué quiere decir?

Es más joven que Maximov. El ayudante de Maximov, tal vez.

– Nada. Nada.

El hombre deja la pluma sobre la mesa.

– Vayamos al asunto que nos ocupa, el fallecimiento de Ivanov. ¿Conocía usted a Ivanov?

– No lo entiendo. Pensé que me habían citado por algo relacionado con los papeles de mi hijo…

– Cada cuestión a su debido tiempo. Primero, Ivanov. ¿Cuándo tuvo su primer encuentro con él?

– Hablé con él por primera vez hará… una semana. Estaba perdiendo el tiempo, como si no tuviera nada mejor que hacer, ante la puerta de la casa en la que actualmente estoy alojado.

– Calle Svechnoi, sesenta y tres.

– Calle Svechnoi, sesenta y tres, sí. Hacía bastante frío y le ofrecí que se resguardara. Pasó la noche en mi habitación. Al día siguiente me enteré de que hubo un asesinato y de que él era sospechoso. Fue solo más tarde cuando…

– ¿Ivanov era sospechoso? ¿Sospechoso de asesinato? ¿Entiendo bien lo que me está diciendo? ¿Dice usted que Ivanov era un asesino? ¿Por qué lo cree?

– ¡Por favor, permítame terminar! Por todo el edificio corrió un rumor en ese sentido. A menos que la niña que me repitió el rumor no lo hubiese entendido del todo, claro. No lo sé. ¿Qué más da, si está muerto? Me sorprendió y me abrumó que una persona como él fuese asesinada. Era absolutamente inofensivo.

– Pero no era lo que parecía ser, ¿verdad?

– ¿Quiere decir un mendigo?

– No era un mendigo, ¿o sí?

– En cierto modo, no, no lo era. Pero si se piensa bien, o si se piensa de otro modo, sí que lo era, desde luego.

– No me habla usted con claridad. ¿Quiere decir acaso que usted no estaba al corriente de las responsabilidades de Ivanov? ¿Por eso le sorprendió lo ocurrido?

– Me sorprendió que alguien pudiera poner en grave peligro su alma inmortal al asesinar a un don nadie inofensivo.

El funcionario lo mira sardónicamente.

– Un don nadie, ya… ¿Es así como lo llaman en cristiano?

En este momento, Maximov en persona entra en la sala, al parecer con mucha prisa. Lleva bajo el brazo un montón de cartapacios sujetos con badulaques de un rosa desvaído. Los deja sobre la mesa, saca un pañuelo y se seca la frente.

– ¡Qué calor hace aquí! -murmura-. Gracias -añade, dirigiéndose a su colega. ¿Ha terminado?

Sin decir palabra, el hombre recoge sus papeles y se marcha. Suspirando, secándose aún la cara, Maximov ocupa su sillón.

– Lo lamento mucho, Fiodor Mijailovich. Muy bien: el asunto de los papeles de su hijastro. Mucho me temo que vamos a vernos obligados a conservar uno de ellos, a saber, el listado de las personas que han de ser, como dicen nuestros amigos, liquidadas. Estoy seguro de que estará usted de acuerdo si le digo que de ninguna manera conviene que circule ese papel, ya que solo causaría alarma. Además, a su debido tiempo formará parte de las pruebas que se aduzcan en el juicio contra Nechaev. En cuanto al resto de los papeles, son suyos. Hemos terminado con ellos y, por así decir, ya les hemos sacado todo el jugo.

»De todos modos, antes de entregárselos definitivamente, hay una cosa más que me gustaría decirle, siempre y cuando me haga usted el honor de prestar atención.

»Si yo meramente me tuviera por un funcionario en cuyo deber y en cuyo camino se hubiera cruzado usted por azar, le devolvería estos papeles sin más historias. Soy también, si me permite usted decirlo así, alguien que tiene buena voluntad, alguien que tiene su propio interés muy en consideración. Y por ello tengo serias reservas a la hora de entregárselos. Permítame expresarle esas reservas. Se trata de que aún le aguardan a usted nuevos descubrimientos sin duda dolorosos, descubrimientos además innecesarios. Si fuera posible que aceptase usted mi humilde consejo, yo podría indicarle una serie de páginas en concreto en las que más le valdría no detener su mirada. Claro está que, conociéndolo como yo lo conozco, es decir, tal como se conoce a un escritor por el hecho de haber leído sus libros, es decir, de una manera íntima y sin embargo ilimitada, doy por supuesto que mis esfuerzos tendrán solamente el efecto contrario, y mucho me temo que aviven su curiosidad. Por consiguiente, permítame decirle tan solo lo siguiente: no me culpe por haber leído esos papeles, que esa es, al fin y al cabo, la responsabilidad que me encomienda la Corona, y no se irrite conmigo por haber predicho con toda corrección (si es que así fuera) cuál iba a ser su manera de reaccionar antes estos papeles. A menos que se produzca un giro imprevisto en el curso de los acontecimientos, usted y yo no tendremos más que tratar. No hay razón por la cual no deba usted pensar que yo he dejado de existir, así como puede decirse que deja de existir el personaje de un libro tan pronto lo cerramos y lo devolvemos a su anaquel. Por mi parte, le puedo asegurar que mis labios están sellados. Nadie me oirá decir una sola palabra sobre este triste episodio.

1 ... 26 27 28 29 30 31 32 33 34 ... 51
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)