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Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:

Cuatro mujeres chinas se reúnen regularmente en San Francisco para jugar al mah-jong, disfrutar de la comida china y contarse historias relacionadas con su pasado.
A la muerte de su madre, June Woo debe ocupar su puesto en esos nostálgicos encuentros. A partir de ahí, June no sólo redescubrirá la figura de su difunta madre, sino las diversas vivencias de esas valientes mujeres que se enfrentan al desinterés que sus hijas demuestran por su cultura de origen.
Un libro vigoroso y lleno de magia que nos descubre lo que puede unir y salvaguardarse entre distintas generaciones, entre dos conceptos de vida radicalmente distintos.
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***

Ahora sé que en ningún momento esperé encontrar a Bing, como sé ahora que jamás encontraré la manera de salvar mi matrimonio. Pero mi madre me dice que debo seguir intentándolo.

– ¿Para qué? -replico-. No hay ninguna esperanza. No hay ningún motivo para que siga intentándolo.

– Porque debes hacerla -dice ella-. Ni la esperanza ni la razón tienen nada que ver con esto. Se trata de tu destino. Es tu vida, lo que debes hacer.

– ¿Qué debo hacer entonces?

– Eso tienes que averiguado tú misma -responde mi madre-. Si alguien te lo dice, no lo estás intentando.

Y sale de la cocina, dejándome ahí sola para que reflexione en eso.

Pienso en Bing, en cómo supe que corría peligro y cómo dejé que ocurriera su accidente. Pienso en mi matrimonio, en los signos que percibí. Sí, vi los signos, pero me limité a dejar que las cosas sucedieran. Y pienso en que el destino está formado a medias por las expectativas y a medias por la falta de atención. Pero, de algún modo, cuando pierdes algo que amas, interviene la fe. Tienes que prestar atención a lo que has perdido. Tienes que deshacer la expectativa.

Mi madre sigue prestando atención a lo que perdió. Sé que ve esa Biblia bajo la pata de la mesa. Recuerdo que la vi escribir algo en ella antes de que la hiciera servir como una cuña.

Levanto la mesa y saco la Biblia. La pongo sobre la mesa y paso rápidamente las páginas, porque sé que ahí está lo que busco. En la página anterior al inicio del Nuevo Testamento hay una sección con el rótulo «Fallecimientos», y ahí es donde escribió «Bing Hsu», a lápiz y con trazo ligero, fácilmente borrable.

JING-MEI WOO

Dos clases

Mi madre creía que en los Estados Unidos puedes ser cualquier cosa que te propongas, puedes abrir un restaurante, trabajar para el gobierno y obtener una buena pensión al jubilarte, comprar una casa sin apenas entregar dinero a cuenta, hacerte rico, ser famoso de la noche a la mañana.

– Por supuesto, también puedes ser un prodigio -me dijo cuando tenía nueve años-. Puedes ser la mejoren lo que quieras. ¿Qué sabe tía Lindo? Su hija sólo es la mejor tramposa.

Mi madre cifraba en los Estados Unidos todas sus esperanzas. Llegó a este país en 1949, tras perderlo todo en China, sus padres, su hogar, su primer marido y dos hijas, dos bebés gemelos. Pero jamás miró atrás con pesar. Las cosas mejorarían en muchos aspectos.

***

No encontramos en seguida la clase de prodigio más adecuada. Al principio mi madre pensó que yo podría ser una Shirley Temple china. Mirábamos viejas películas de Shirley por televisión, como si fuesen material de adiestramiento. Mi madre me tocaba el brazo y decía:

– Ni kan (Fíjate).

Y yo veía a Shirley bailando un zapateado o cantando una canción de marineros o frunciendo los labios hasta formar una O muy redonda mientras decía: «Oh, Dios mío».

– Ni Kan -repetía cuando los ojos de Shirley se inundaban de lágrimas-. Ya sabes cómo hacerlo. ¡Para llorar no se necesita talento!

Poco después de que a mi madre se le ocurriera la idea de que debería imitar a Shirley Temple, me llevó a una escuela de peluquería en el distrito de Mission y me puso en manos de una alumna que apenas podía sostener las tijeras sin que le temblara la mano. En vez de salir de allí con unos rizos grandes y espesos, lo hice con una masa irregular de lanilla negra y crespa. Mi madre me llevó a rastras al baño y trató de alisarme el pelo mojándolo.

– Pareces una china negra -se lamentó, como si yo hubiera hecho aquel desaguisado a propósito.

La instructora de la escuela de peluquería tuvo que podar aquellos húmedos mechones para igualarme de nuevo el cabello.

– Últimamente Peter Pan es muy popular -le aseguró a mi madre.

A hora tenía el pelo corto como el de un chico, con un flequillo ladeado cinco centímetros por encima de las cejas. Ese corte de pelo me gustaba, me estimulaba a esperar ilusionada mi futura fama.

La verdad es que al principio estaba tan excitada como mi madre, tal vez incluso más. Me representaba esa faceta de niña prodigio con muchas imágenes diferentes, que me probaba como prendas de vestir, para ver cuál me sentaba mejor. Unas veces era una refinada bailarina, de pie al lado del telón, en espera de escuchar la música que me haría avanzar deslizándome sobre las puntas de los pies. Otras veces era el Niño Jesús, alzado del pesebre de paja y llorando con sagrada indignación, o era Cenicienta, bajando de la calabaza convertida en carroza con una centelleante música de dibujos animados llenando la atmósfera.

Imaginaba todas esas cosas con la sensación de que pronto llegaría a ser perfecta. Mis padres me adorarían, mi comportamiento sería irreprochable, jamás me enfurruñaría por nada.

Pero a veces el componente prodigioso de mi personalidad se volvía impaciente. «Si no te das prisa y me sacas de aquí», me advertía, «voy a desaparecer para siempre, y entonces nunca serás nada».

Cada noche, después de la cena, mi madre y yo nos sentábamos en la cocina, ante la mesa de formica. Ella me sometía a nuevas pruebas, tomando sus ejemplos de relatos sobre niños sorprendentes que había leído en el Créalo o no de Ripley, La buena ama de casa, Reader's Digest y una docena más de revistas que guardaba amontonadas en nuestro dormitorio. Esas revistas se las regalaban las personas cuyas casas iba a limpiar y, como limpiaba muchas casas cada semana, teníamos un gran surtido. Las hojeaba todas, buscando relatos sobre niños notables.

La primera noche se sirvió de la anécdota de un niño de tres años que conocía las capitales de todos los estados y hasta de la mayor parte de países europeos. La revista citaba a un maestro según el cual el pequeño también sabía pronunciar correctamente los nombres de las ciudades extranjeras.

– ¿Cuál es la capital de Finlandia? -me preguntó mi madre, mirando la revista.

Yo sólo conocía la capital de California, porque Sacramento era el nombre de la calle de Chinatown donde vivíamos.

– ¡Nairobi! -conjeturé, diciendo la palabra más extranjera que se me ocurrió. Ella comprobó si ésa era una posible pronunciación de «Helsinki» antes de mostrarme la respuesta correcta.

Las dificultades de las pruebas fue en aumento: tenía que multiplicar mentalmente, encontrar la reina de corazones en una baraja, tratar de mantenerme vertical sobre la cabeza sin usar las manos, predecir las temperaturas diarias en Los Angeles, Nueva York y Londres.

Una noche tuve que leer una página de la Biblia durante tres minutos y luego decirle todo lo que recordaba.

– Ahora Josafat tenía riquezas y honores en abundancia y… Eso es todo lo que recuerdo, mamá.

Al ver una vez más la decepción reflejada en el rostro de mi madre, algo empezó a morir dentro de mí. Detestaba aquellas pruebas, las esperanzas que alimentábamos y las expectativas fallidas.

Aquella noche, antes de acostarme, me miré en el espejo sobre el lavabo, y al ver mi propio rostro devolviéndome la mirada, pensé que siempre tendría aquella cara ordinaria y me eché a llorar. ¡Qué niña tan triste y tan fea! Emití unos sonidos agudos, como un animal enloquecido, e intenté arañar el rostro del espejo.

Y entonces vi lo que parecía mi elemento prodigioso, porque nunca hasta entonces había visto semejante rostro. Contemplé mi imagen reflejada, parpadeando para poder verla con más claridad. La niña que me miraba estaba furiosa, llena de energía. Aquella niña y yo éramos la misma persona. Tuve nuevos pensamientos, unos pensamientos obstinados, o más bien cargados de negativas. Me prometí que no permitiría a mi madre cambiarme. No sería lo que no era.

En lo sucesivo, cada vez que mi madre me sometía a sus pruebas, yo actuaba abúlicamente, con la cabeza apoyada en un brazo, fingiendo que me aburría. Pero no necesitaba fingir, pues me aburría de veras. Me aburría tanto que empecé a contar las veces que sonaban las sirenas de niebla en la bahía, mientras mi madre me preguntaba otras cosas. Aquel sonido era consolador y me recordaba la vaca que salta a la luna.

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