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Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:

Cuatro mujeres chinas se reúnen regularmente en San Francisco para jugar al mah-jong, disfrutar de la comida china y contarse historias relacionadas con su pasado.
A la muerte de su madre, June Woo debe ocupar su puesto en esos nostálgicos encuentros. A partir de ahí, June no sólo redescubrirá la figura de su difunta madre, sino las diversas vivencias de esas valientes mujeres que se enfrentan al desinterés que sus hijas demuestran por su cultura de origen.
Un libro vigoroso y lleno de magia que nos descubre lo que puede unir y salvaguardarse entre distintas generaciones, entre dos conceptos de vida radicalmente distintos.
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Y ella volvió a darme la misma respuesta: «Yiding». Debía hacerla, porque eran mis hermanos. Mis hermanas ya cuidaron de mí cuando era pequeña. De lo contrario, ¿cómo aprendería a tener responsabilidad? ¿Cómo apreciaría lo que mis padres hicieron por mí?

Matthew, Mark y Luke tenían doce, diez y nueve años respectivamente, eran lo bastante mayores para no parar de divertirse ruidosamente. Ya estaba Luke enterrado en la arena, de la que sólo le sobresalía la cabeza, y ahora empezaban a construir un castillo de arena encima de él. Pero Bing tenía cuatro años, se excitaba fácilmente y con la misma facilidad se aburría e irritaba. No quería jugar con los demás hermanos porque lo habían hecho a un lado, amonestándole: «No, Bing, lo derribarás».

Así pues, Bing deambuló por la playa, caminando rígidamente como un emperador destronado, recogiendo fragmentos de roca y trozos de madera de acarreo que lanzaba con todas sus fuerzas a las olas. Fui tras él, imaginando marejadas y preguntándome qué haría si aparecía una. De vez en cuando le decía: «No te acerques demasiado al agua, vas a mojarte los pies», y pensaba en cómo me parecía a mi madre, siempre preocupada más allá de lo razonable pero, al mismo tiempo, hablando del peligro como si fuese menor de lo que era realmente. La preocupación me rodeaba, como el muro de la cala, haciéndome creer que lo había tenido todo en cuenta y que la seguridad del pequeño era absoluta.

Mi madre tenía la superstición de que los niños están expuestos a ciertos peligros en determinados días, que dependen de su fecha de nacimiento. La explicación estaba en un librito chino titulado Las veintiséis puertas malignas, en cada una de cuyas páginas figuraba la ilustración de algún peligro terrible que aguardaba a los niños inocentes. A los lados había una descripción en chino, pero como yo no sabía leer los ideogramas, tenía que contentarme con el significado de la imagen.

En cada ilustración aparecía el mismo niño, trepando a la rama rota de un árbol, de pie junto a una puerta que se viene abajo, resbalando en un baño de madera, entre los dientes de un perro que lo ha arrebatado, huyendo de un rayo. Otro personaje presente en todas las ilustraciones era hombre que parecía disfrazado de lagarto y tenía un gran pliegue en la frente, o quizá se trataba de dos cuernos redondeados. Es una de las imágenes el hombre lagarto de pie junto a un puente curvo, riendo mientras veía caer al pequeño por encima del pretil, con los pies ya en el aire.

Ya era muy inquietante pensar que un niño pudiera correr cualquiera de aquellos peligros, y aunque la fecha de nacimiento correspondía sólo a uno, a mi madre le preocupaban todos. El motivo era su incapacidad de trasladar las fechas chinas basadas en el calendario lunar, a las fechas del calendario gregoriano. Así pues, tenerlos todos presentes era la única manera de estar absolutamente segura de que podía prevenir cada uno de ellos.

El sol se había movido y ahora se cernía sobre el otro lado del muro de la cala. Todo estaba en su lugar. Mi madre se afanaba para impedir que cayera arena en la manta, eliminaba la arena de los zapatos y volvía a colocarlos en los ángulos de la manta. Mi padre seguía en el extremo del arrecife, lanzaba pacientemente el anzuelo y esperaba que el nengkan se manifestara en forma de pescado. Veía unas figurillas a lo lejos, en la playa, y sabía que eran mis hermanas por las cabezas morenas y los pantalones amarillos. Los gritos de mis hermanos se mezclaban con los de las gaviotas. Bing había encontrado una botella de gaseosa vacía y la usaba para cavar en la arena cerca del oscuro muro de la cala. Yo estaba sentada en la arena, donde terminaban las sombras y empezaba la parte soleada.

Bing golpeaba la roca con la botella de gaseosa.

– No lo hagas tan fuerte -le grité-. Abrirás un agujero en la pared, te caerás en él e irás a parar a China.

Me reí cuando él me miró como si pensara que era cierto. Se levantó y echó a andar hacia el agua. Puso el pie en el arrecife, tanteando, y le advertí:

– Bing.

– Voy a ver a papá -protestó él.

– Entonces no te separes de la pared, apártate del agua. Cuidado con los peces malos.

Le observé mientras avanzaba por el arrecife, casi pegado a la rocosa pared de la cala. Todavía le veo, tan claramente que casi tengo la sensación de que puedo hacer que se quede ahí para siempre.

Le veo de pie al lado del muro, a salvo, llamando a mi padre, el cual le mira por encima del hombro. ¡Cuánto me alegra que mi padre vaya a vigilarle un rato! Bing empieza a andar y entonces algo tira del sedal de mi padre y él lo enrolla tan rápido como puede.

Oigo gritos. Alguien ha tirado arena a la cara de Luke y éste ha emergido de su tumba de arena y se ha arrojado sobre Mark, al que ahora está vapuleando. Mi madre me pide a gritos que los detenga. En cuanto he separado a Luke y Mark, alzo la vista y veo que Bing avanza solo hacia el borde del arrecife. En la confusión de la pelea, nadie se percata. Soy la única que ve lo que Bing está haciendo.

El pequeño da uno, dos, tres pasos. Su cuerpecillo se mueve con mucha rapidez, como si hubiera visto algo maravilloso al borde del agua, y pienso: Se va a caer. Lo estoy esperando, y en el mismo momento en que lo pienso, sus pies ya están en el aire, en un instante de equilibrio, antes de caer al agua y desaparecer sin dejar siquiera una onda en la superficie.

Me arrodillé, mirando el lugar donde había desaparecido, sin moverme, sin decir nada. Lo que acababa de ocurrir no tenía sentido. Me pregunté si debería correr al agua e intentar sacarle. ¿Debería gritar a mi padre? ¿Podría incorporarme con suficiente rapidez? ¿Podía hacer que todo retrocediera y prohibirle a Bing que fuera a reunirse con mi padre en el arrecife?

Entonces regresaron mis hermanas y una de ellas preguntó dónde estaba Bing. Se hizo el silencio durante unos segundos y luego hubo gritos y revuelo de arena cuando todos pasaron por mi lado hacia el borde del agua. Me quedé allí, incapaz de moverme, mientras mis hermanos apartaban frenéticamente maderas de deriva para ver qué había detrás. Mis padres intentaban separar las olas con las manos.

Estuvimos allí muchas horas. Recuerdo las embarcaciones de búsqueda, la puesta de sol y la oscuridad. Jamás había visto una puesta de sol como aquélla: una brillante llama anaranjada que rozaba el borde del agua y luego se abría en abanico, calentando el mar. Cuando oscureció, se encendieron los fanales amarillos de las barcas y mi madre se arrojó al agua. No había nadado en toda su vida, pero la fe en su nengkan la convenció de que podía hacer lo mismo que hacían aquellos norteamericanos. Podía encontrar a Bing.

Cuando los hombres de la partida de rescate la sacaron finalmente del agua, seguía con su nengkan intacto. El agua fría empapaba su pelo y sus ropas, pero permaneció en pie, serena y majestuosa como una reina de las sirenas que acabara de salir del mar. La policía suspendió la búsqueda, nos acompañaron al coche y nos enviaron a llorar a casa.

Había supuesto que mis padres y hermanos me matarían a azotes. Sabía que era culpable, porque no había vigilado al pequeño como era debido, y, no obstante, le había visto. Pero nos sentamos en la sala a oscuras y les oí, uno tras otro, susurrando sus pesares.

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